“No me interesa la religión porque tengo recuerdos terribles”
Esta frase me decía una señora hace varios años: no sé si creía o no; pero lo cierto es que a su hijo no lo había bautizado: yo lo preparé para este sacramento y ella acudió; y en el lunch posterior me confesó su rechazo a nuestra fe, pero algo le quedaba…
Y como está señora, muchos. Algunos llegan a apostatar. Otros, no. Otros hemos superado aquellos traumas de predicaciones terroríficas, de decirte de continuo algunos educadores: “Te vas a condenar, por ser tan malo”. Aquellos sermones en que oíamos exclamar al predicador: “Un niño se condenó porque calló por vergüenza un pecado mortal”. Pero ¿puede ser capaz un niño de diez años de cometer un pecado mortal? Creo con seguridad que es imposible.
Lo cierto es que hasta bien entrada la década de los sesenta todavía quedaban resabios jansenistas en nuestra educación religiosa. El Concilio Vaticano II fue un hito en la Historia de la Iglesia que ha contribuido a darnos una imagen más conciliadora de Dios con el hombre, el Dios de la misericordia, del amor, el Padre.
Es hora de ir cambiando la mentalidad religiosa. No se trata de perder la conciencia de pecado, ni de ensanchar la manga de tal manera que todo cuanto hacemos nos parezca maravilloso con tal de tener fe y esperanza. No. Alegrarnos de Dios que es Padre, infinitamente Padre; como millones y millones de padres que quieren a sus hijos, así nos ama Él. Y Él nos ofrece su misericordia, su perdón, su acogida: sale al encuentro de nosotros como el padre del Hijo Pródigo.
Es hora de olvidarse de aquellos sermones terroríficos, de aquel miedo que exacerbaba la imaginación de niños, adolescentes y adultos. Hemos de ir a Dios con alegría, con entusiasmo. Es bueno el santo temor de Dios: algo parecido al temor que tenemos de molestar a nuestros seres queridos, esposa, padres, hijos, hermanos, amigos.
Es una pena: todavía quedan personas alejadas de los sacramentos por el resquemor de los años de formación. Ojalá lean estas líneas y se acerquen con gozo de nuevo a la práctica religiosa.
Y casi me dan más pena aún, ciertos clérigos con la misma mentalidad semi jansenista de antaño. Ellos mismos viven como estigmatizados por la sensación de continuo pecado. ¿No terminan de darse cuenta? Que el Verbo de Dios se hizo hombre para abrirnos las puertas del Cielo, para amarnos, para enseñarnos el amor, el perdón y la misericordia.
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