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La marcha siempre es fatigosa

Crecemos caminando; siempre en marcha. Parece que nuestra andadura jamás llegará a su fin. Y avanzamos en edad. Los años pasan y recibimos el viento del sur que nos deja sin fuerza; y el cierzo que hiela nuestro paso transcendente. Todo son dificultades.

Años en la vía. Destierro del espíritu. Sol y hambre. Nieves y granizos. Golpes en nuestra existencia. Cargas propias en la espalda. Y un brazo extendido para empujar al amigo que no puede resistir. Arboles a la orilla del camino apuntan hacia arriba. Hermano, elévate en la esperanza.

Vamos creciendo en edad. Ahora se aceptan situaciones y problemas imposibles en nuestra primera juventud. En el trayecto de nuestra carrera vamos recibiendo golpes de cincel. En dolor se despoja del amor propio nuestro espíritu. Junto a nosotros Él: nuestro Padre. -"No temáis, soy yo". (Escuchamos a nuestro oído). Y conocemos que el discípulo no puede ser menos que su maestro en trabajo y sufrimiento. Por eso miramos a Cristo más que a nosotros mismos.

Todo vamos realizando en la oscuridad de la fe. La presencia de la Trinidad en nuestras almas no suple el acto vivo de fe. Nada sustituye a esta virtud brillante y oscura. Caminamos. Y como los de Emaús llevamos cerca la Gran Compañía. Y obra sin cesar en nosotros su labor transformante. Nos sostiene en la esperanza. Nuestra marcha es lenta por la noche. Todo aparece como a tientas. Y en la mayor oscuridad sentimos el destello de su presencia: "No temáis; soy yo."

El nos ayuda a perseverar. A ofrecer el hombro a la carga del compañero. A mantener la mirada fija en las estrellas. Porque es de noche y el amanecer próximo no tendrá ya ocaso.

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