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¿Es misericordioso liberar del celibato y prohibir el ministerio?

Papa y obispos: “miren con ojos sinceros al hermano” sacerdote

que pide ser liberado del celibato, pero no del ministerio

Buena ocasión para revisar la discutida ley del celibato

La “Misericordiae Vultus”, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, debe tener también incidencia en los problemas que provoca la ley del celibato y en el trato que la Iglesia da a obispos y sacerdotes, que no han podido con esta ley. El inicio de la bula tiene la clave:

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre: con su palabra, con sus gestos y con toda su persona (Dei Verbum, 4) revela la misericordia de Dios” (n. 1).

Mirar a Jesús es más urgente que mirar la ley eclesiástica. Inspirarse en el respeto de Jesús sobre este delicado asunto, en su libertad para llamar y elegir apóstoles sin este requisito, en la valoración de lo humano como digno y querido por Dios... tendría que ser el criterio básico para revisar esta ley tan discutida históricamente.

Sabemos que el control eclesiástico sobre la sexualidad es uno de los abusos más fuertes y agrios habidos en la Iglesia a través de su larga historia. El celibato clerical obligatorio para el ministerio ha contribuido a centrar la moral obsesivamente en el sexo. Gracias a Dios, nos vamos liberando progresivamente. Ya reconocemos parvedad de materia, y, por tanto, que no todo desorden sexual es pecado grave, ya decidimos responsablemente los hijos, se avanza en el respeto a la orientación sexual personal, la anticoncepción puede ser buena éticamente, etc...

¿Es misericordioso liberar del celibato y prohibir el ministerio?

No hay comunión eclesial entre pastores, teólogos y fieles sobre la conveniencia de tal ley. Ni sobre el poder de la autoridad eclesial para coartar un derecho fundamental humano. Pero la existencia de esta ley en la Iglesia católica occidental está vigente. Nadie puede negar el hecho de que miles de clérigos han pedido, tras un tiempo variable de observancia, ser liberados de la carga. La inmensa mayoría pide ser eximidos sólo del celibato. La Iglesia, junto con la liberación del celibato, les impone la prohibición de ejercer el ministerio para el que están consagrados por el Espíritu. ¿Es conforme con la misericordia divina, manifestada en Jesús, esa prohibición? ¿Así se “retiene todo lo bueno” (1Tes 5,22) que ellos tienen en su conciencia y avalan muchas comunidades cristianas?

Los casos concretos despiertan increpación y rebeldía

No ha sido la obediencia a la ley celibataria la que ha inspirado el “servicio” pastoral de dirección y presidencia de la comunidad a presbíteros y obispos. Se han visto obligados por la ley, no por la fe, a dejar su ministerio. De aquí ha surgido la rebeldía de muchos contra la ley. Ha sido el Espíritu de Dios quien les ha sostenido “la fe que se traduce en amor” (Gál 5, 6) a la comunidad. Ahí están los numerosos testimonios de sacerdotes ejemplares, infieles a la ley –por considerarla dañina a su humanidad-, pero fieles a la fe. Así lo formula Daniel Orozco:

“En esos dos años de ministerio lo tenía todo: una parroquia estupenda, veía frutos en mi labor, con mis compañeros de curso y demás sacerdotes había buena relación; pero seguía sintiendo el vacío de fondo, ese eco que me repetía desde lo hondo que no era del todo feliz, que renunciaba a una vida conyugal y familiar, esa desazón que nada ni nadie parecía llenar. Intensificaba la oración, cuidaba la fraternidad presbiteral, veía a los amigos ... Nada... Sí, transmitir el evangelio, ayudar a vivirlo en mí y en quienes me rodeaban me encantaba pero vivir célibe me dejaba vacío, cada día un poco más ...

Esto no se pasaba, ya no eran crisis, era una constante. Mi corazón me estaba hablando otra cosa desde hacía mucho tiempo y no estaba haciendo caso. Dios mismo me hacía darme cuenta de que no podía seguir engañándome y engañándole a él y a todos; por muchos grupos, catequesis y homilías que pronunciase; aunque la gente me quisiese y alabase mis palabras o mis acciones; aunque Dios me diese muestras de su amor y fuese a veces instrumento suyo y testigo de su bondad con las personas...

Gracias a este encuentro (con el Movimiento pro Celibato Opcional), he comprobado que el camino que Dios me ha mostrado no es una locura mía. Mi vocación había sido siempre ser cura casado; y yo no me había dado cuenta. Por eso esa lucha interior, por eso esa vivencia ambivalente. Sí, ya sé que eso no existe hoy en la Iglesia Católica Romana, pero en su momento tampoco existieron los monjes, los eremitas o los laicos consagrados. Es la vocación que Dios quiere de mí…

Rufo González

José María Lorenzo Amelibia

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