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Nos unimos a Dios y caminamos hacia el Cielo

Espiritualidad - Mística

Nos unimos a Dios y caminamos hacia el Cielo

Alianza

Pacto o unión entre personas, grupos sociales o estados para lograr un fin común. Nos habla la Biblia de la alianza de Dios con su pueblo peregrino siendo Moisés el guía.

Caminamos

La Nueva Alianza hoy influye sobre nosotros. Es una elección gratuita de Dios; el hombre la recibe. En esta alianza se da la recapitulación de todas las cosas en Cristo; su generosidad divina; la revelación plena con la muerte y resurrección de Cristo; nuestra esperanza renace en la Nueva Alianza, donde destaca sobre todo la Eucaristía. Nosotros aceptamos y nos comprometemos en esta nueva Alianza y de esta manera es para nosotros real.

Camino

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie puede ir al Padre, sino por mí”. Jn. 14,5, 6. “Sin mí no podéis hacer nada”. Jn. 15,5. Hemos de seguir la palabra de Jesucristo, sus enseñanzas y consejos, adecuarnos a su doctrina.

Mc. 1:3 ”Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas”.

Jesús es el camino, pero muchos son los caminos del Señor, las vías de espiritualidad. ¿Por qué pensar que el seguido por nosotros es el único o es el mejor?

La voluntad de Dios es el camino hacia la entrada en el Reino de Dios. Dos entradas: o bien entro en el Reino de Dios, o bien viene a mí. Entraré en él para alabar a Dios. Y dice Jesús: “El Reino de Dios, en medio de vosotros está.”

Del salmo 25: Muéstrame, oh Dios, tus caminos; enséñame tus sendas. Todas las sendas de Dios son misericordia y verdad. Mis ojos están siempre hacia Dios, Porque él sacará mis pies de la red. Mírame, y ten misericordia de mí, Porque estoy solo y afligido.

Él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios. “Por Dios”, por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas. Puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin. (León XIII).

Mi Dios, el que mi camino caminas. (Agustín)

Cielo

Caminamos hacia la Patria celestial; nuestro destino definitivo que siempre hemos de tener presente. Vivimos con esta gran esperanza.

Por mucho que imaginemos, nunca podremos comprender qué es el Cielo. “Seremos semejantes a Dios porque veremos cómo es Él” (1 Jn 3,2) Ap. 19, 7-22) como un océano de gozo. Y el alma en él, perdida como la esponja en el mar. Empapada por todas las partes de la dicha de Dios. Jamás podremos agotar este océano de felicidad porque es infinito, por ser Dios mismo quien nos da tal placer y alegría.

Entonces desaparecen la fe y la esperanza, al quedar sustituidas por la visión y posesión eterna de Dios. Y permanecerá en el grado más perfecto la caridad; permanecerán también las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo en el estado más puro. Desaparecerán todos los aspectos de lucha y temor. Las virtudes no serán ya esfuerzo, sino paz y fruición.

Allí toda nuestra actividad consistirá en alabar, adorar, admirar, gozar de Dios, como en un amén y aleluya dichosos... Será un gozo siempre nuevo, intenso, mas lleno de paz; como un eterno reposo, contemplando lo más cautivador que podemos imaginar. Reposo en Dios eternamente poseído. El primer instante de la visión divina dura para siempre, como una eterna juventud.

Le aman con amor de complacencia, alegrándose y gozándose de que Dios sea Dios, infinitamente feliz en sí mismo, y cuyas perfecciones son tan absolutas y excelsas que nada absolutamente le falta y nada pueden añadirle las criaturas todas. Los bienaventurados se sienten dichosos al ver a Dios infinitamente feliz, y gozan de esto mil veces más que de su propia felicidad.

Le aman también con un amor perfecto de benevolencia y quisieran aumentar su felicidad infinita, si les fuera posible. Arden en deseo de que todas las criaturas amen y glorifiquen a Dios, y es de creer que, por modos desconocidos ahora, se pasarán la eternidad trabajando en extender la gloria de Dios por todos los ámbitos de la Creación.

Le aman con amor de amistad al sentirse correspondidos por Dios con infinita ternura de Padre de Amigo: “ya no os llamaré siervos, sino amigos”. (Jn. 15,15)

Le aman con amor de concupiscencia, en cuanto es el bien infinito, que constituye su propia felicidad, pero depuradísima de todo egoísmo e imperfección. Porque ven claramente que Dios quiere que se gocen en Él, poniendo en este goce su propia felicidad y perfección.

Esta caridad debe durar eternamente. Será un amor por el que el alma se superará a sí misma, amará incesantemente a Dios por sí mismo, saldrá de sí, por decirlo de alguna manera. Será el éxtasis ininterrumpido del amor. Será un amor hecho de admiración, de respeto, de gratitud; el amor del niño que se sumerge en la mirada amorosa y en la ternura del Padre y que quiere para su Padre todo lo que le conviene, mientras que el padre le hace partícipe de su propia felicidad. Dios nos dirá: “Entra en el gozo de tu Señor”.

El pensamiento del cielo dulcifica las amarguras de esta vida. San Pablo ya nos lo decía que los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. (2Cor. 4,17) (Mt. 25,21)

José María Lorenzo Amelibia

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