¿Cómo se manifiesta el hombre de la posmodernidad?
A los rasgos generales del hombre de nuestros días se unen los que proceden de la mentalidad posmoderna. De esta manera, la persona de siempre, víctima de la crisis cultural, se manifiesta con una conducta en parte positiva y en parte negativa.
El yo humano de la posmodernidad
Siguiendo el pensamiento de la Fides et Ratio de Juan Pablo II, comprobamos cómo el yo humano actual refleja en su mentalidad y conducta muchos de los criterios que influyen en nuestra época posmoderna, por ejemplo:
-la impotencia ante el ser. La fenomenología de la crisis de los valores tiene una raíz profunda en la misma razón humana que, en palabras de la Fides et Ratio, «se ha doblegado sobre sí misma, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser» (FeR 5). A esta raíz podemos añadir otra complementaria que consiste en «el desentenderse en el modo cómo se comprende y se expresa la realidad, sin verificar las posibilidades que tiene la razón para descubrir su esencia» (FeR 84);
-la actitud escéptica ante la verdad. Fruto de esas raíces dañadas han sido el agnosticismo y el relativismo que conducen al escepticismo ante la verdad y a la indiferencia ética como manifestación del nihilismo (FeR 5; 81). Predomina la persuasión de que no hay verdades absolutas y de que toda verdad es contingente y revisable. Más aún, se llega a la convicción de que toda certeza es síntoma de inmadurez y de dogmatismo;
-el sentirse árbitro de toda conducta moral. El hombre concede a la conciencia el privilegio «de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia» (FeR 98);
-el agarrarse a lo provisional y fugaz. Para el hombre contemporáneo inmerso en la crisis de valores pasó el tiempo de las certezas y se consuela con «aprender a vivir en una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y fugaz» (FeR 91b);
-la desconfianza ante los grandes interrogantes. Fruto también de la misma carencia metafísica ha sido la desconfianza en el poder de la mente humana. Son muchos los que renuncian a «la esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales preguntas [...] sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social» (FeR 5);
-la confusión ante el sentido a la vida. La multiplicación de criterios diversos sobre la vida y sobre el mundo ha producido una fragmentación del saber que impide buscar el sentido de la vida. Una de las conclusiones más dramáticas de la crisis consiste en que el hombre de finales del segundo milenio no encuentra sentido a la vida;
-la pérdida de valores ante la opción fundamental. De estos criterios se deduce que tampoco hay valores que merezcan una adhesión total y para siempre. A partir de la segunda revolución individualista, vino la caída de las utopías con el rechazo de las formulaciones generales como la idea de hombre, de libertad, comunidad libre, pueblo, ser supremo, etc., para quedarse con lo singular, finito y concreto.
-el valorarse como autosuficiente y dueño de su futuro. Otra manifestación de la crisis radica en la visión antropológica exaltada. El hombre actual está «convencido de ser dueño absoluto de sí mismo y que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas» (FeR 107).