Cuando ayudar se convierte en nuestra zona de confort
Nadie va a terminar esta guerra conduciendo una ambulancia hasta Ucrania. Nadie va a detener un misil con una caja de ayuda humanitaria. Pero podemos hacer algo profundamente humano: decirles a quienes sufren que no están solos. Podemos plantarnos frente a la indiferencia y decir: a mí sí me importa tu vida. Eso también es resistencia
Vamos avanzando hacia Ucrania. Kilómetro tras kilómetro. Somos un grupo de conductores solidarios que hemos dejado por unos días nuestras casas, nuestras obligaciones y nuestras rutinas para llevar vehículos y ayuda humanitaria a un pueblo que continúa sufriendo ataques cada día. La mayoría está utilizando sus días de vacaciones.
Mientras conducimos, el mundo sigue su curso.
Y a veces tengo la sensación de que nosotros vamos en una dirección y una parte del mundo va exactamente en la contraria.
El cansancio de la guerra ha ido borrando esa realidad de los titulares. Nos acostumbramos a escuchar que han caído misiles, que hay muertos, heridos, familias que han perdido sus casas. Lo terrible es que aquello que se repite acaba corriendo el riesgo de parecernos normal. Pero no es normal.
Nunca puede ser normal acostumbrarnos al sufrimiento de los demás.
Hoy, durante el camino, ocurrió una cosa muy pequeña que me hizo pensar. Invité a un café a uno de los voluntarios que conduce con nosotros. Cuando quise pagárselo me dijo, más o menos: «Tenemos un pacto. Yo te devolveré este café de otra manera: dame siempre la oportunidad de seguir ayudando en esta causa». Me quedé pensando en aquella frase. Porque vivimos obsesionados con nuestra famosa zona de confort. Nos dicen que hay que salir de ella para crecer, arriesgarse, descubrir cosas nuevas. ¡Pero cuánto cuesta!
Pero quizá existe otra posibilidad mucho más hermosa: convertir la solidaridad en nuestra zona de confort. Llegar a sentirnos cómodos ayudando. Sentirnos en casa cuando compartimos. Descubrir que aquello que más nos llena no es acumular, sino entregar; no es proteger únicamente lo nuestro, sino abrir espacio para los demás.
El papa Francisco recordaba una frase del libro de los Hechos de los Apóstoles: «Hay más alegría en dar que en recibir». Y añadía que el amor fraterno multiplica nuestra capacidad de alegría.
En Evangelii gaudium fue todavía más provocador: «Uno no vive mejor si… se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad». Para Francisco, salir al encuentro de los demás no empobrece nuestra vida: la ensancha. Y eso es precisamente lo que estoy viendo estos días.m: Personas normales haciendo cosas extraordinarias sin considerarse extraordinarias.
Llevamos en nuestro corazón el dolor de muchísima gente, pero también llevamos sus esperanzas. Y, curiosamente, son esas esperanzas las que nos sostienen cuando aparecen el cansancio, los kilómetros o las dificultades
Conductores que hacen miles de kilómetros. Personas que han dado dinero. Gente que ha conseguido vehículos. Otros que han cargado cajas, buscado material, hecho llamadas o sencillamente nos han dicho: «Contad conmigo».
Nadie va a terminar esta guerra conduciendo una ambulancia hasta Ucrania. Nadie va a detener un misil con una caja de ayuda humanitaria. Pero podemos hacer algo profundamente humano: decirles a quienes sufren que no están solos. Podemos plantarnos frente a la indiferencia y decir: a mí sí me importa tu vida. Eso también es resistencia.
Llevamos en nuestro corazón el dolor de muchísima gente, pero también llevamos sus esperanzas. Y, curiosamente, son esas esperanzas las que nos sostienen cuando aparecen el cansancio, los kilómetros o las dificultades.
Seguimos avanzando hacia Ucrania. No tenemos miedo. Tenemos ganas de llegar, ganas de ayudar y, sobre todo, ganas de encontrarnos con nuestros amigos ucranianos y abrazarlos.
Seguimos avanzando hacia Ucrania. No tenemos miedo. Tenemos ganas de llegar, ganas de ayudar y, sobre todo, ganas de encontrarnos con nuestros amigos ucranianos y abrazarlos
Porque quizá lo más importante que llevamos no cabe en ningún vehículo. Es poder mirarlos a los ojos y decirles:
Estamos aquí. No os hemos olvidado. Seguimos con vosotros.
Y seguiremos estando siempre al lado de quienes defienden la vida, la dignidad y la paz.
Ojalá algún día descubramos que la zona de confort más gratificante no consiste en tenerlo todo para nosotros.
Quizá la verdadera comodidad del corazón comienza cuando descubrimos que somos mucho más felices cuando compartimos lo que somos y lo que tenemos con los demás.
Y entonces sucede algo inesperado: vamos a ayudar a otros… y terminamos descubriendo que también ellos nos están ayudando a nosotros a ser más humanos.
