Desde el búnker, en medio de los ataques
Ayer, cuando entregamos ambulancias y generadores cerca de la primera línea, no llevábamos solo vehículos. Llevábamos posibilidad de vida. Llevábamos electricidad para un quirófano. Llevábamos una oportunidad para que un herido no muriera desangrado en una carretera oscura
Cuatro años de guerra. Esta noche, bajo tierra. Rostros que no dejan dormir y explosiones que urgen a permanecer en el búnker
“Dos explosiones en la región de Kyiv.”
“Alarma aérea en la capital.”
“Aumenta el número de UAV.”
“Posible amenaza balística.”
Las notificaciones llegan una detrás de otra. El lenguaje es técnico. Frío. Preciso. Habla de misiles, trayectorias, porcentajes de probabilidad. Pero debajo de cada dato hay vidas.
Esta noche el búnker del hotel está más lleno que nunca. Solo adultos. Rostros serios. Silencios profesionales. Algunos hablan en voz baja en distintos idiomas. Otros consultan mapas, actualizaciones, canales oficiales. Se percibe la tensión de quienes analizan la guerra desde la estrategia.
Pero yo no puedo separar los datos de los rostros.
Porque hoy he mirado a los heridos.
He visto cuerpos rotos.
He visto miembros amputados.
He visto cicatrices recientes y otras que ya son memoria permanente.
He visto miradas tristes, dolorosas, apagadas… y al mismo tiempo agradecidas.
Uno de ellos no tenía ya la misma expresión que corresponde a su edad. La guerra le había robado años en semanas. Otro apenas podía incorporarse en la camilla, pero cuando supo que las ambulancias y los generadores habían llegado a la primera línea, apretó mi mano con una fuerza inesperada. No dijo mucho. Solo: “Gracias”.
Ese “gracias” pesa.
Pesa más que cualquier misil nombrado en los informes. Pesa más que cualquier cifra estratégica.
Cuatro años de guerra. Cuatro años de ataques masivos. Cuatro años de ciudades castigadas, de mujeres violadas en territorios ocupados, de jóvenes mutilados antes de haber empezado a vivir.
Y, sin embargo, este pueblo no claudica.
Cuatro años de guerra. Cuatro años de ataques masivos. Cuatro años de ciudades castigadas, de mujeres violadas en territorios ocupados, de jóvenes mutilados antes de haber empezado a vivir. Y, sin embargo, este pueblo no claudica
Ayer, cuando entregamos ambulancias y generadores cerca de la primera línea, no llevábamos solo vehículos. Llevábamos posibilidad de vida. Llevábamos electricidad para un quirófano. Llevábamos una oportunidad para que un herido no muriera desangrado en una carretera oscura.
Los rostros de los heridos me acompañan ahora aquí abajo, en este búnker donde suenan alertas y mensajes técnicos. Sus cuerpos desgarrados son la verdad que ningún análisis geopolítico puede maquillar.
La guerra no es un mapa. No es un titular.
No es una notificación en el móvil.
La guerra es un cuerpo sin piernas. Es una mirada que ya no brilla igual. Es una madre que no reconoce a su hijo cuando vuelve del frente. Y, sin embargo, también es dignidad.
La guerra es un cuerpo sin piernas. Es una mirada que ya no brilla igual. Es una madre que no reconoce a su hijo cuando vuelve del frente. Y, sin embargo, también es dignidad
Una dignidad silenciosa que me conmueve y me desarma. Una dignidad que no grita venganza, sino que agradece una ambulancia. Que no pide odio, sino ayuda para seguir viviendo.
Esta noche, bajo tierra, me pesan muchas reflexiones.
Me pesa que el mundo se acostumbre.
Me pesa que la fatiga informativa convierta el horror en rutina.
Me pesa que cuatro años puedan parecer “normalidad”. No lo es. No puede serlo.
Cada explosión que anuncian las alertas tiene un eco en un hospital. Cada UAV que sobrevuela tiene un impacto en una sala de urgencias. Cada amenaza balística termina, casi siempre, en un cuerpo que alguien tendrá que coser.
Y la pregunta ya no es política. Es humana: ¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a mirar las notificaciones y seguir adelante? ¿O vamos a comprometernos de verdad con la vida?
Y la pregunta ya no es política. Es humana: ¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a mirar las notificaciones y seguir adelante? ¿O vamos a comprometernos de verdad con la vida?
Ayudar no es abstracto. Es financiar rehabilitación. Es sostener hospitales. Es enviar generadores cuando intentan dejar a un país en la oscuridad. Es acompañar psicológicamente a quienes no vuelven a dormir sin sobresaltos. Es no abandonar.
Los heridos de hoy me han dado más que yo a ellos. Me han recordado que la dignidad es más fuerte que el terror. Que incluso con el cuerpo roto, el alma puede mantenerse en pie.
Esta noche Kyiv está bajo alerta.
Pero lo que más me inquieta no es el sonido de las sirenas.
Es la posibilidad de que el mundo deje de escuchar.
Y eso no lo podemos permitir.
Nota:
Los UAV, son: Drones de ataque (como los Shahed), cargados con explosivos. Drones de reconocimiento, que vigilan y transmiten coordenadas. Drones que corrigen el tiro de la artillería