La libertad del Evangelio también consiste en saber dónde poner el corazón
"La Iglesia se parece mucho a un gran abanico. En algunos temas existen sensibilidades muy diferentes. Habrá quien se sitúe en un extremo y quien lo haga en el otro. Lo importante no es pensar exactamente igual en todo, sino permanecer unidos en lo esencial: el Evangelio, la comunión y la caridad"
Con frecuencia me preguntan qué pienso sobre el papel de la mujer en la Iglesia. Si creo que algún día habrá mujeres sacerdotes o incluso una mujer Papa. Si deberían poder predicar en la Eucaristía. Si el celibato debería ser opcional. Son cuestiones importantes, legítimas y sobre las que muchos creyentes, teólogos, pastoralistas y comunidades reflexionan con profundidad.
Vivimos en una sociedad que cambia, y la Iglesia forma parte de esa sociedad. Los tiempos evolucionan, las sensibilidades evolucionan y las preguntas también. Es lógico que haya personas que dediquen su vida a impulsar determinados cambios. Respeto profundamente ese compromiso. La Iglesia siempre ha crecido gracias a hombres y mujeres que, desde el amor al Evangelio y la fidelidad a su conciencia, han abierto caminos nuevos.
No tengo nada que objetar a quienes sienten esa llamada. Al contrario, agradezco que existan personas que dediquen su inteligencia, su tiempo y sus energías a reflexionar y trabajar por aquello que consideran necesario para el futuro de la Iglesia.
Pero también creo que el Evangelio nos regala un inmenso espacio de libertad: la libertad de discernir cuál es nuestra misión. No todos estamos llamados a librar las mismas batallas.
Hace años comprendí que mi vocación pasaba por otro lugar. Mi vida está completamente entregada al trabajo con las personas más vulnerables: la acogida de inmigrantes y refugiados, los programas de infancia, la lucha contra la pobreza, los huertos comunitarios, la promoción de los derechos de los trabajadores, los corredores humanitarios, la atención a las víctimas de la guerra de Ucrania y tantos otros proyectos que nacen del deseo de hacer presente el Evangelio allí donde la vida está más herida
Hace años comprendí que mi vocación pasaba por otro lugar. Mi vida está completamente entregada al trabajo con las personas más vulnerables: la acogida de inmigrantes y refugiados, los programas de infancia, la lucha contra la pobreza, los huertos comunitarios, la promoción de los derechos de los trabajadores, los corredores humanitarios, la atención a las víctimas de la guerra de Ucrania y tantos otros proyectos que nacen del deseo de hacer presente el Evangelio allí donde la vida está más herida.
Y, sinceramente, no me da la vida para más.
Eso no significa que los demás temas no me importen. Al contrario. Me interesan, los sigo, los respeto y comprendo a quienes dedican su vida a ellos. Pero he aprendido que nadie puede sostener todas las causas. Cuando intentamos abarcarlo todo, corremos el riesgo de no entregarnos plenamente a nada. La dispersión consume energías y acaba debilitando el compromiso. El Evangelio no nos pide estar en todos los frentes, sino ser fieles al lugar donde Dios nos ha llamado a servir.
Me duele cada niño asesinado, cada familia destruida y cada persona obligada a huir, sea en Ucrania, en Gaza, en Sudán o en cualquier rincón del mundo. Pero reconocer ese dolor no significa que podamos estar en todas partes. Amar a todos no implica poder hacerlo todo
Muchas personas también me preguntan por qué vamos una y otra vez a Ucrania y no a Gaza. Mi respuesta es sencilla. Condeno con la misma firmeza toda guerra, venga de donde venga. Me duele cada niño asesinado, cada familia destruida y cada persona obligada a huir, sea en Ucrania, en Gaza, en Sudán o en cualquier rincón del mundo. Pero reconocer ese dolor no significa que podamos estar en todas partes. Amar a todos no implica poder hacerlo todo.
La solidaridad también necesita realismo. Saber cuáles son nuestras capacidades, nuestras alianzas y el lugar donde podemos ser verdaderamente útiles. Hay personas y organizaciones que están entregando su vida en Gaza, como otras lo hacen en tantos lugares del mundo. Nosotros llevamos años construyendo una red de confianza, de colaboración y de ayuda en Ucrania. Allí podemos ser útiles. Allí sabemos cómo servir. Y eso no nos hace indiferentes al sufrimiento de otros pueblos.
Lo mismo sucede dentro de la Iglesia. Hay quienes sienten que su misión consiste en promover determinadas reformas. Otros están llamados a la reflexión teológica, a la vida contemplativa, a la educación, a la evangelización o al compromiso social. Todas esas vocaciones pueden enriquecerse mutuamente si aprendemos a mirarnos con respeto.
La Iglesia se parece mucho a un gran abanico. En algunos temas existen sensibilidades muy diferentes. Habrá quien se sitúe en un extremo y quien lo haga en el otro. Lo importante no es pensar exactamente igual en todo, sino permanecer unidos en lo esencial: el Evangelio, la comunión y la caridad.
Con demasiada frecuencia confundimos la diversidad con la división. Y no son lo mismo. La unidad cristiana no exige uniformidad. Exige amor. Exige reconocer que el otro también puede estar sirviendo a Dios desde una misión distinta de la mía.
Yo he elegido intentar vivir el Evangelio allí donde encuentro el sufrimiento más inmediato. Esa es mi batalla. No porque sea la única importante, sino porque es la que Dios ha puesto delante de mí.
No necesito estar en todos los debates para sentirme plenamente en comunión con la Iglesia. Me basta con intentar vivir el Evangelio allí donde cada día me reclama un rostro concreto, una familia concreta, un niño concreto, una persona herida que espera ser acogida.
El Evangelio no nos pide estar en todas partes. Nos pide ser fieles allí donde estamos.
Porque, al final, la pregunta no es cuántas causas defendemos, sino cuánto amor somos capaces de poner en la causa que hemos abrazado.
Y sigo creyendo que el cristiano que no sirve, no sirve para nada.
