Cuando la política no resuelve, improvisa
Me preocupa profundamente la instrumentalización que se está haciendo de la situación de Mari Carmen. Por la derecha y por la izquierda
Una situación humana dramática se ha convertido en una bandera que cada uno agita para alimentar su propio relato. Y, mientras discutimos quién tiene la culpa, queda al descubierto algo mucho más grave: la incapacidad de nuestros gobernantes —y también de muchos de quienes aspiran a gobernar— para ponerse de acuerdo en los asuntos que realmente importan.
La vivienda es un problema gravísimo. Hay familias que no pueden pagar un alquiler, trabajadores que no llegan a final de mes y personas atrapadas durante años en situaciones de vulnerabilidad. Eso exige políticas serias, valientes y sostenidas. No eslóganes. No ocurrencias. No improvisación.
Y mucho menos propuestas hechas contrarreloj, cocinadas en pocos días y al calor de movilizaciones que algunos intentan instrumentalizar, pretendiendo resolver de golpe problemas estructurales que durante ocho años —o más— no supieron, no pudieron o no quisieron resolver.
Lo que no se ha solucionado en ocho años no se arregla en ocho días con una pancarta y una cámara delante.
Tenemos que ayudar a las personas a salir de la vulnerabilidad: facilitar formación, empleabilidad y trabajo; combatir los alquileres abusivos; aumentar las posibilidades reales de acceso a una vivienda y proteger a quien verdaderamente lo necesita… y respetar a todos los ciudadanos que se esfuerzan, trabajan, crean riqueza y generan empleos. Esos también se
Merecen respeto y ser tenidos en cuenta.
Mientras tanto, los extremos se retroalimentan. Unos necesitan los excesos de los otros para justificar los propios. Se ladran, se alimentan y crecen juntos. Y en medio queda una mayoría de ciudadanos cansados de que sus problemas sean utilizados como munición electoral
Pero también necesitamos normas claras, responsabilidad y seguridad jurídica. Porque convertir el caos en política social no ayuda a los vulnerables: termina enfrentando a unos ciudadanos vulnerables con otros.
Y mientras tanto, los extremos se retroalimentan. Unos necesitan los excesos de los otros para justificar los propios. Se ladran, se alimentan y crecen juntos. Y en medio queda una mayoría de ciudadanos cansados de que sus problemas sean utilizados como munición electoral.
Ya vivimos algo parecido con el movimiento de los indignados. Se denunció a “la casta”, se prometió cambiarlo todo y algunos de quienes venían a salvar a los más pobres terminaron instalándose rápidamente en aquello que denunciaban. Y los pobres siguieron siendo pobres.
Tenemos un problema político de fondo: demasiadas aritméticas para conservar el poder y demasiado poco coraje para construir grandes acuerdos de país. Así los problemas se enquistan hasta que explotan y entonces llega la improvisación.
Y hay algo todavía más preocupante.
Mientras nos desgastamos en nuestras guerras internas, hay una guerra real en Europa. Las amenazas contra nuestra seguridad son reales y Europa atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Pero seguimos entretenidos en trincheras ideológicas, como si pudiéramos permitirnos vivir permanentemente enfrentados.
No esperemos a que una amenaza mucho mayor nos obligue a descubrir lo evidente:
Un país dividido es un país débil.
No necesitamos más banderas levantadas sobre el sufrimiento de las personas.
Necesitamos política y politicos de verdad: acuerdos, responsabilidad, soluciones y humanidad.
Porque cuando la política convierte el dolor en propaganda, pierde la política. Pero, sobre todo, pierde la gente… pierde el País y todos nos empobrecemos.
Alerta: resurgen quienes hicieron de la indignación una bandera, pero cuando tuvieron poder no resolvieron los problemas de aquellos a quienes decían defender. Hoy vuelven a agitar la indignación. Que no nos engañen otra vez.