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El I Congreso Nacional de Defensa de la Infancia marca un antes y un después en la protección integral de niños y adolescentes

Valencia se convirtió en el epicentro nacional de la defensa de la infancia durante una cita en donde lo que ocurrió no fue solo un congreso, fue una declaración colectiva: la infancia no se negocia

Participantes en eI Congreso Nacional de Defensa de la Infancia

Durante una jornada intensa, desarrollda el pasado 25 de febrero, profesionales de la educación, la justicia, la psicología, la tecnología, las fuerzas y cuerpos de seguridad y el ámbito institucional se reunieron en el I Congreso Nacional de Defensa de la Infancia, un espacio que ha logrado algo poco habitual: unir a quienes, desde lugares distintos, comparten la misma convicción — proteger a los niños y adolescentes de cualquier forma de violencia, abuso o vulnerabilidad.

Desde el primer minuto se respiraba algo diferente. No era protocolo. Era compromiso.

Voces que no pueden mirar hacia otro lado

El I Congreso Nacional de Defensa de la Infancia comenzó con la bienvenida de Miguel Ángel Savall, CEO de Foredu, entidad anfitriona del evento.

Savall recibió a los asistentes destacando la responsabilidad compartida de convertir la tecnología en aliada de la protección infantil. Subrayó que la innovación educativa solo tiene sentido cuando está al servicio del bienestar y la seguridad de los menores.

Intervención de Miguel Ángel Savall

Foredu, como partner tecnológico de la futura Fundación Notecalles, reafirmó su compromiso de aportar soluciones digitales, herramientas y acompañamiento técnico que fortalezcan el desarrollo del Sello de Escuela Segura y de todos los proyectos vinculados a la Pedagogía del Bienestar.

Desde el Ayuntamiento de Valencia, Rocío Gil Uncio, concejala de Educación, abrió el Congreso subrayando la importancia de generar espacios como este, donde la educación, la prevención y la protección se convierten en una prioridad compartida. Destacó que la política educativa tiene la obligación de situar a la infancia en el centro de las decisiones y mostró el apoyo del consistorio a todas las iniciativas que trabajen por entornos escolares seguros y emocionalmente saludables.

A continuación, intervino María del Rosario Escrig Llinares, directora general de Innovación e Inclusión Educativa de la Generalitat Valenciana. Su intervención hizo especial hincapié en el compromiso del Gobierno valenciano con una educación inclusiva, preventiva y centrada en el bienestar. Reafirmó que la protección de la infancia no es un complemento del sistema educativo, sino una condición imprescindible para que la educación cumpla su verdadera función transformadora.

El respaldo institucional alcanzó su punto más contundente con la intervención del Secretario de Estado de Educación, Abelardo de la Rosa, quien ofreció un discurso sólido y comprometido en defensa de la infancia. Puso en valor los proyectos que se están impulsando desde el ámbito estatal para reforzar la protección en los centros educativos, la prevención de la violencia y la creación de entornos seguros.

Además, mostró su respaldo explícito al Congreso, a la propuesta de la Pedagogía del Bienestar y al impulso de la futura Fundación Notecalles, que nace con la vocación de consolidar estructuralmente la defensa integral de la infancia en el ámbito educativo.

No fueron discursos de trámite. Fueron compromisos públicos.

La Pedagogía del Bienestar: más de una década sembrando una escuela que protege

Uno de los momentos más profundos del Congreso llegó con la intervención de Arturo Cavanna, fundador del movimiento Escuela Segura y creador de la Pedagogía del Bienestar.

Intervención de Rocío Gil

Lejos de presentar una idea reciente, Cavanna recordó que este modelo no nace de una moda ni de una reacción puntual, sino de más de diez años de trabajo, investigación y práctica educativa vinculada a la formación docente, la educación especial, la tecnología educativa y la defensa de la infancia.

Durante más de una década, desde la universidad y el trabajo directo con centros educativos, ha ido construyendo una propuesta clara: la escuela no puede limitarse a enseñar contenidos; debe convertirse en un entorno estructuralmente protector.

Su mensaje fue contundente:

La defensa de la infancia no puede parcelarse.

No es responsabilidad exclusiva del tutor.

No es tarea aislada del orientador.

No es un protocolo que se activa cuando ya ha ocurrido el daño.

Es cultura institucional.

“No basta con reaccionar ante el daño. La escuela debe convertirse en el lugar que previene, detecta y protege.”

Cavanna apeló a la necesidad de unir a toda la comunidad educativa — docentes, equipos directivos, personal no docente, familias y administración — bajo una misma mirada preventiva y de cuidado.

El foco estuvo en la Pedagogía del Bienestar como paradigma educativo que integra bienestar emocional, prevención de riesgos, protección digital, inclusión y acompañamiento real. Un modelo que busca anticiparse al sufrimiento y generar entornos donde el niño no tenga que pedir ayuda porque ya se siente seguro.

En uno de los momentos más conmovedores de su intervención, expresó un anhelo que atravesó la sala: que llegue el día en que ningún niño tenga que levantar la mano para pedir ayuda.

No porque no existan riesgos.

Sino porque la escuela haya aprendido a proteger antes de que el dolor aparezca.

Una prevención que no depende de una persona aislada, sino de una estructura viva. De un equipo de coordinación del bienestar donde toda la comunidad educativa está implicada y alineada. Una cultura compartida que impregna cada decisión, cada aula, cada pasillo.

Una protección continua, coherente y sostenida en el tiempo.

Desde los 0 hasta los 18 años.

Desde el primer día que un alumno cruza la puerta del colegio hasta el momento en que la abandona para comenzar su vida adulta.

La seguridad no es intervenir después.

Es construir un lugar donde el dolor no encuentre espacio para crecer.

Que cada niño pueda decir algún día:

“En mi escuela nunca tuve que pedir ayuda… porque siempre supe que estaban ahí.”

Intervención de María del Rosario Escrig

Uno de los momentos de mayor intensidad institucional llegó con la mesa redonda titulada “Cuando la ley protege la infancia”, moderada por la abogada especializada en defensa de menores, Leticia Mata.

Mata abrió el diálogo recordando que la ley no es un simple texto normativo, sino una herramienta viva que debe ponerse al servicio del menor con rapidez, coordinación y sensibilidad. Subrayó que la protección real exige formación, protocolos claros y una respuesta interinstitucional eficaz, donde fuerzas y cuerpos de seguridad, fiscalía y sistema educativo actúen como un solo equipo.

Desde la Guardia Civil, la teniente Estefanía García Sánchez aportó la visión operativa de quienes intervienen en primera línea. Su mensaje fue directo y contundente:

“La protección de la infancia no empieza con la denuncia; empieza cuando como sociedad decidimos no mirar hacia otro lado.”

Por su parte, el comisario Eduardo Borobio, de la Policía Nacional, enfatizó la importancia de trasladar un mensaje firme frente a cualquier forma de violencia contra menores:

“La ley no es solo un marco jurídico; es una herramienta para que ningún agresor sienta que tiene impunidad frente a un menor.”

Cerrando la mesa, la fiscal Carolina Lluch, en representación de la Fiscalía, puso el foco en la responsabilidad del sistema judicial para actuar con sensibilidad y eficacia:

“La justicia llega tarde si no entiende el dolor que hay detrás de cada expediente.”

La mesa dejó una conclusión compartida: cuando la ley se aplica con firmeza, coordinación y humanidad, no solo castiga el delito, sino que envía un mensaje inequívoco de protección y respaldo a las víctimas.

Uno de los momentos más impactantes del Congreso llegó con la intervención de Rocío Mora, directora de APRAMP, bajo un título que por sí solo estremecía: “Cuando la infancia es mercancía”.

Su ponencia puso palabras a una de las realidades más duras y silenciadas: la trata de menores, la explotación sexual y el consumo de pornografía vinculada a la vulnerabilidad infantil.

Con claridad y valentía, recordó que mirar hacia otro lado no protege; solo perpetúa el problema. Y fue contundente al señalar que la prevención debe comenzar en la escuela.

“Aunque duela, hay que hablar de explotación, de trata y de pornografía. El silencio nunca ha protegido a un menor.”

Mora insistió en que la educación es una herramienta clave para detectar señales, generar pensamiento crítico y empoderar a niños y adolescentes frente a las redes de captación y abuso. La escuela, afirmó, no puede permanecer ajena a estas realidades por incómodas que resulten.

Paricipantes en el I Congreso Nacional de Defensa de la Infancia

Su intervención dejó una idea clara: prevenir implica informar, formar y acompañar.

Como broche final, se anunció que APRAMP se suma al proyecto de la futura Fundación Notecalles, colaborando activamente para llevar a los centros educativos formación y sensibilización sobre trata y explotación infantil.

Un paso más en la construcción de una red real de protección.

Si la ley representa el marco que sostiene, esta mesa recordó que hay algo que protege incluso antes que cualquier norma: el amor.

Bajo el título “Cuando el amor protege”, y moderada por Mariola Hernández, la conversación cambió el ritmo del Congreso. Fue un espacio donde la protección dejó de sonar técnica y comenzó a sentirse humana.

Desde Saniclown, Verónica Macedo ofreció uno de los testimonios que más profundamente calaron en el auditorio. Habló del hospital como lugar de máxima vulnerabilidad, donde el dolor físico convive con el miedo y la incertidumbre. Recordó que en esos espacios una sonrisa no es entretenimiento, es dignidad. Que una mirada a la altura del niño no es un gesto simbólico, es un acto de reconocimiento.

Su mensaje quedó suspendido en el aire:

“El amor también es una forma de protección. Porque cuando un niño se siente verdaderamente visto, deja de sentirse solo.”

Fue uno de esos momentos en los que el silencio del público no era vacío, sino emoción contenida.

Antonio Selas, presidente de ANIDAN, amplió la mirada hacia contextos de pobreza extrema y desprotección social. Recordó que proteger también es garantizar lo básico: alimento, educación, estabilidad. Que hablar de infancia segura implica hablar de justicia y oportunidades reales.

Desde Fundación Numen, Susana Ordovás puso el foco en los menores con parálisis cerebral y grandes necesidades de apoyo. Su intervención subrayó que la inclusión no es un complemento del sistema educativo, sino una condición imprescindible para que la protección sea auténtica. No hay bienestar posible si dejamos a alguien fuera.

Cerró la mesa Nacho Guadix, representante de UNICEF España, recordando que la protección de la infancia es un derecho reconocido internacionalmente, no una opción ni una sensibilidad particular. Subrayó que cada acción local se enmarca en un compromiso global: cuando protegemos a un niño, estamos defendiendo el futuro colectivo.

La mesa dejó una sensación clara: la protección no es solo una estructura jurídica ni un protocolo institucional. Es también presencia, acompañamiento y cuidado sostenido. Es amor convertido en acción.

Y en ese punto, el Congreso volvió a conectar con su eje central: construir escuelas y comunidades donde proteger no sea una reacción excepcional, sino una cultura permanente.

Tras abordar la protección jurídica y el amor como motor de cuidado, el Congreso se adentró en una dimensión igual de urgente, pero muchas veces más silenciosa: la salud mental.

Bajo el título “Cuando el dolor no se ve”, y moderada por María José Villar, la mesa puso el foco en esa realidad que no siempre deja marcas visibles, pero que puede ser igual o más devastadora.

Desde la Conselleria de Educación de la Comunitat Valenciana, Esmeralda Llorca subrayó la responsabilidad de la administración educativa en la detección temprana y en la construcción de entornos escolares emocionalmente seguros. Recordó que la inclusión no es solo académica, también es emocional, y que los centros deben contar con herramientas y formación para identificar señales que a veces pasan desapercibidas.

La profesora Paula Visedo, desde la Universidad Pontificia Comillas, aportó la mirada académica y psicológica, poniendo palabras a una evidencia creciente: muchos menores sufren en silencio. Ansiedad, depresión, autolesiones o ideación suicida no siempre se manifiestan de forma evidente en el aula.

Su mensaje fue claro:

“El dolor invisible también necesita ser escuchado. La escuela debe aprender a leer lo que no siempre se dice.”

Por su parte, Amador Bañón, desde el ámbito educativo en La Salle Maravillas, trasladó la experiencia directa de los centros. Insistió en la necesidad de generar cultura de confianza dentro de la escuela, donde el alumnado se sienta seguro para expresar lo que le ocurre sin miedo a ser juzgado o minimizado.

La mesa coincidió en una idea transversal: la salud mental no puede tratarse como un tema aislado o secundario. Debe formar parte estructural del proyecto educativo.

Porque el sufrimiento infantil no siempre grita.

A veces apenas susurra.

Y cuando no se detecta a tiempo, el silencio puede convertirse en una carga insoportable.

Esta mesa reforzó una de las claves del Congreso: proteger a la infancia no es solo evitar la violencia visible, sino aprender a reconocer el dolor que no deja huella física, pero sí emocional.

Si las mesas anteriores dibujaron el marco jurídico, emocional y psicológico de la protección, esta mesa aterrizó la pregunta clave: ¿qué ocurre cuando la escuela decide dar un paso al frente?

Bajo el título “Cuando la escuela protege”, y moderada por Diego Granja, la conversación se centró en experiencias reales de centros e instituciones que han decidido asumir la protección de la infancia como eje estratégico.

José Luis García Olaskoaga aportó una intervención especialmente firme. Con claridad y sin ambigüedades, defendió que la defensa de la infancia no admite tibiezas ni posturas intermedias.

Su mensaje fue rotundo:

“En la protección de la infancia no caben medias tintas. O se está, o no se está.”

Subrayó que las instituciones educativas tienen la obligación moral de anticiparse, formarse y generar estructuras sólidas que protejan a los menores de cualquier forma de vulnerabilidad. No como reacción a una crisis, sino como cultura permanente.

Fue precisamente en ese contexto cuando, aprovechando su intervención, se hizo entrega de una mención especial a la Fundación Educativa Amor de Dios, en reconocimiento a su compromiso firme en el camino hacia una Escuela Segura.

Un grupo de asistentes a la entrada al Congreso

Un reconocimiento por su plan integral de formación en la Pedagogía del Bienestar, desarrollado en colaboración con la futura Fundación Notecalles, y por su decisión institucional de situar la protección infantil como prioridad estratégica.

El auditorio respondió con un aplauso largo, consciente de que no se premiaba una intención, sino un compromiso concreto.

Junto a él, Carlos Caurín compartió la experiencia de implementación práctica en los centros, recordando que la seguridad no se improvisa. Requiere planificación, formación continua y coherencia institucional.

Por su parte, Eva Mª Vidal puso el foco en la implicación real de la comunidad educativa, destacando que cuando el liderazgo es claro y la formación es rigurosa, la cultura del cuidado deja de ser discurso y se convierte en práctica cotidiana.

La mesa dejó una conclusión inequívoca: la escuela puede proteger.

Pero para hacerlo necesita decisión, formación y valentía.

Y cuando una institución educativa decide asumir ese compromiso sin reservas, comienza a transformarse desde dentro.

En medio de una jornada cargada de reflexión, compromiso y responsabilidad institucional, el Congreso hizo algo profundamente simbólico: parar.

Bajo el título “Un recreo para volver a ser niñ@s”, el escenario se transformó. Las palabras dieron paso al arte.

Desde Saniclown, Verónica Macedo, Julián Contreras y Elena Vives llevaron al Congreso el mismo lenguaje que cada semana entra en habitaciones hospitalarias: el de la risa que humaniza.

No fue un simple espectáculo. Fue un recordatorio.

Recordatorio de que la infancia no es solo un concepto jurídico ni un ámbito educativo. Es juego, es imaginación, es derecho a la alegría incluso en los contextos más adversos.

Durante unos minutos, el auditorio dejó de ser un espacio formal para convertirse en algo mucho más esencial: una comunidad compartiendo risa, ternura y emoción.

El arte que estos profesionales llevan a los hospitales — allí donde el dolor físico convive con la incertidumbre — llegó al Congreso como una metáfora poderosa: proteger también es devolver infancia.

Porque defender a los niños no es solo evitar el daño.

Es garantizar que puedan seguir siendo niños.

Ese recreo no fue un descanso.

Fue coherencia con el mensaje del día.

Si hubo un momento en el Congreso donde la teoría quedó en segundo plano y la verdad tomó el micrófono, fue en la mesa titulada “Cuando la realidad habla”, moderada por Ignacio de Loyola Torán.

En ella participaron Sonia Vara, como representante de las familias; Francisco José Sánchez, en representación del profesorado; y cuatro alumnas de secundaria del colegio Salesianas — Olivia Bargo, Natalia Conesa, Carolina Constantin y Enma Mateo — que aportaron la voz más directa y valiente de la jornada.

La conversación giró en torno a los riesgos digitales, la presión social, la exposición en redes, el acceso precoz a contenidos inapropiados y las dificultades reales que viven los adolescentes en su día a día.

Pero lo que verdaderamente marcó la mesa fue la sinceridad de las alumnas.

Hablaron sin dramatismos, pero sin filtros.

Con naturalidad, pero con una claridad que removió conciencias.

Explicaron lo que reciben en sus teléfonos, lo que ven en sus grupos, lo que a veces callan por vergüenza o por miedo a no ser comprendidas. Pusieron palabras a una realidad que muchos adultos intuyen, pero no siempre escuchan directamente.

Su intervención no fue alarmista. Fue honesta.

Sonia Vara, desde la mirada de las familias, reconoció la dificultad de educar en un entorno que cambia a una velocidad vertiginosa, donde la tecnología ha entrado en la vida de los menores mucho antes de que los adultos hayan aprendido a gestionarla.

Francisco José Sánchez, por su parte, puso el foco en la responsabilidad compartida del sistema educativo, destacando la necesidad de formación y herramientas concretas para que el profesorado pueda acompañar esta nueva realidad sin improvisación.

La conclusión fue tan sencilla como contundente: no se puede proteger lo que no se escucha.

Y escuchar implica crear espacios seguros donde el alumnado pueda hablar con libertad, sin miedo a ser juzgado o minimizado.

Tras esa mesa, el mensaje quedó claro en el auditorio: la realidad ya está en las aulas. La pregunta no es si queremos hablar de ella. La pregunta es si estamos dispuestos a afrontarla con valentía.

Mesa Institucional: “Cuando la escuela da un paso al frente

El Congreso alcanzó uno de sus momentos más significativos con la mesa institucional que reunió a los principales representantes de redes educativas históricas de nuestro país.

Participaron 

Emilio Díaz, secretario regional de Escuelas Católicas de Madrid.

Miquel Ruiz, presidente de UCEV; Mariola Hernández, directora gerente de FECEVAL; y Vicenta Rodríguez, presidenta de Escuelas Católicas de Valencia.

Y Cristina Ortega - Directiva de la histórica y conocida auditora Bureau Veritas.

Entre todos representan a cientos de instituciones educativas con décadas — y en muchos casos siglos — de historia. Escuelas que han acompañado generaciones enteras.

La pregunta planteada fue directa: ¿qué significa hoy ser una Escuela Segura?

Las respuestas no fueron técnicas. Fueron éticas.

Vicenta Rodríguez habló de corresponsabilidad institucional y de la necesidad de integrar la protección como parte del proyecto educativo, no como añadido externo.

Mariola Hernández defendió que la seguridad debe ser medible, evaluable y estructural, no una declaración de intenciones. Subrayó que el liderazgo institucional implica asumir compromisos verificables.

Emilio Diaz fue especialmente contundente. Su reflexión atravesó la sala con claridad:

“Una escuela que no es segura, simplemente no puede llamarse escuela.”

Miguel reforzó esa misma idea desde la experiencia de una red educativa extensa y diversa, insistiendo en que la protección integral no es opcional ni secundaria, sino fundacional.

Las intervenciones convergieron en una conclusión rotunda y compartida: la seguridad no es un complemento del proyecto educativo. Es su condición básica.

En ese contexto, tomó la palabra Cristina Ortega, directiva de Bureau Veritas, quien anunció oficialmente el desarrollo del Sello de Escuela Segura, una certificación estructurada y verificable que se implementará junto a la futura Fundación Notecalles.

Ortega explicó que el sello no será simbólico, sino evaluable bajo estándares objetivos, con auditorías externas y criterios medibles que garanticen que el compromiso con la infancia no se queda en declaraciones, sino que se convierte en sistema.

El mensaje final de la mesa fue claro:

La protección de la infancia ya no puede depender de la sensibilidad individual.

Debe convertirse en estructura certificada.

Y así, el Congreso no solo reflexionó sobre la defensa de la infancia. Dio un paso histórico para institucionalizarla.

Un hasta pronto que se convierte en compromiso

El Congreso no terminó con una despedida convencional.

En su intervención final, Arturo Cavanna no habló de cierre, sino de continuidad. De un “hasta pronto” que simbolizaba el paso de la reflexión a la acción.

Lo que comenzó hace años como un sueño — nacido de la experiencia directa en la defensa de la infancia y de la necesidad de transformar el dolor en estructura preventiva — se convirtió oficialmente en realidad.

Nace la Fundación Notecalles.

Una organización dedicada íntegramente a la defensa de la infancia, que gestionará junto a Bureau Veritas el Sello de Escuela Segura, garantizando que el compromiso con la protección infantil se traduzca en estándares medibles, auditorías independientes y cultura institucional sostenible.

Pero la Fundación Notecalles no se limitará a la certificación.

Su misión será impulsar la investigación aplicada en protección infantil, desarrollar la Pedagogía del Bienestar como modelo educativo integral, generar recursos formativos para centros y docentes, y convertirse en un referente nacional e internacional en la construcción de entornos educativos seguros.

No como reacción a una crisis.

Como propuesta estructural de futuro.

El Congreso concluyó con una convicción compartida: la defensa de la infancia no puede depender de impulsos aislados. Necesita instituciones sólidas, redes coordinadas y compromisos verificables.

Lo que comenzó como una jornada de reflexión terminó como el inicio de un movimiento.

Porque cuando la ley protege, cuando el amor acompaña, cuando la escuela escucha y cuando la institución se compromete…

La infancia deja de estar sola.

Y esta vez, no fue un adiós.

Fue el comienzo de algo mucho más grande.

Que ningún niño vuelva a quedarse solo frente al silencio.

Notecalles.

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