"Quien cuenta las veces que perdona no está perdonando. Está llevando un registro"

Setenta veces siete
Setenta veces siete

Pedro pregunta: «¿Cuántas veces?». Es la pregunta de quien quiere una cifra, una regla clara. Mateo (18,21-35) lo describe con su impaciencia habitual: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tendré que perdonarle? ¿Hasta siete veces?». Siete ya es mucho. En la tradición rabínica bastaba con tres. Pedro duplica esa cifra y añade una más, ofrece lo máximo que es capaz de concebir.

Setenta veces siete
Setenta veces siete

La respuesta le abruma: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Un número que no es un número: es la abolición del número. El perdón no tiene un contador que se active, no tiene un límite más allá del cual caduque. Quien cuenta las veces que perdona no está perdonando. Está llevando un registro.

Y para mostrar lo que esto significa, Jesús cuenta una historia. Tiene tres actos, como una obra clásica, y la desproporción entre los números es el motor de todo.

Primer acto. Un rey decide ajustar cuentas con sus siervos. Le traen ante él a uno que le debe diez mil talentos. La cifra es descomunal: el presupuesto de toda una provincia, una suma que ningún individuo podría acumular ni siquiera en mil vidas de trabajo. El rey ordena que el siervo sea vendido junto con su mujer, sus hijos y todos sus bienes. El siervo se arroja al suelo y suplica: «Ten paciencia conmigo y te lo devolveré todo». No podría devolver esa suma ni siquiera en cien generaciones. Pero el rey hace algo más grande que la paciencia: tuvo compasión de él, lo dejó marchar y le condonó la deuda. Toda. Diez mil talentos borrados de un solo gesto. El siervo sale de la sala del trono como un hombre que debía morir y está vivo. En Los miserables de Hugo, el obispo Myriel hace lo mismo con Jean Valjean: el presidiario le roba la platería, los gendarmes lo traen de vuelta, y el obispo dice: «Yo mismo se la había regalado». Es más, «llévate también los candelabros». La deuda no se cobra. Se anula.

Segundo acto. Ese criado, nada más salir, se encuentra con un compañero que le debe cien denarios —el salario de cien días de trabajo—. Una suma real, concreta, que se puede devolver. Y ese siervo —el mismo que un minuto antes estaba postrado de bruces— agarra a su compañero por el cuello, le aprieta la garganta y le dice las mismas palabras que él le había dicho al rey: «Ten paciencia conmigo y te lo devolveré». Pero el siervo no tiene paciencia. Hace que lo metan en la cárcel. La diferencia con Valjean está aquí: Valjean se transforma gracias al gesto del obispo, sale en plena noche y se convierte en otro hombre. Este siervo sale de la sala del trono y sigue siendo el mismo. La gracia ha pasado a su lado sin tocarlo. Es el Arpagón de Molière: implora piedad cuando le roban la caja y, un instante después, niega un céntimo a cualquiera.

Tercer acto. Los demás siervos lo ven y se indignan. Acuden al rey y le cuentan todo. El rey llama al siervo y la frase que pronuncia es el núcleo del drama: «Siervo malvado, te condoné toda esa deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también tener piedad de tu compañero, tal y como yo tuve piedad de ti?». La pregunta no exige un acto heroico. Pide lo más sencillo y lo más difícil: hacer lo que te han hecho a ti. El rey lo entrega a los verdugos hasta que haya devuelto todo. Pero todo son diez mil talentos —es decir, nunca. La cárcel es para siempre. Es el Scrooge de Dickens en Cuento de Navidad: el hombre que nunca ha condonado una deuda a nadie se encuentra solo, en la oscuridad, frente a su propia tumba. Quien no ha dado nada descubre que no tiene nada.

Quien estafa cien denarios tras haber sido liberado de diez mil talentos es el personaje más trágico del Evangelio —no porque sea malvado, sino porque no ha comprendido lo que le ha sucedido.

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