"La identidad no se declara: se juega en la escucha"
"En un mundo donde todo tiende a uniformar, a reducir a un número, a borrar el rostro entre la multitud, aquí el nombre resiste. La identidad no se declara: se juega en la escucha"
Es de noche, o casi. El redil está cerrado. Las ovejas están dentro, apiñadas, inmóviles; una respiración colectiva, un calor denso, el olor de la lana y de la tierra. Afuera, la oscuridad. Juan (10,1-10) comienza con una imagen concreta: un lugar delimitado, una entrada estrecha, un guardián. Y enseguida una distinción clara: quien entra por la puerta y quien salta por encima. Dos movimientos opuestos. El primero es lineal, frontal, visible. El segundo es furtivo, lateral, curvo como una sombra que busca la pared. Jesús habla como si estuviera señalando una escena ante nuestros ojos: «El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que trepa por otro lado, es ladrón y salteador». El ladrón no se presenta, no llama. Simplemente toma. Y su gesto es rápido, mudo: debe actuar a escondidas, es decir, en silencio. El silencio aquí no es paz, es cálculo.
El pastor, en cambio, entra por la puerta. No fuerza. No se cuela. El guardián le abre porque lo reconoce. Es un paso público, legítimo, a la luz del sol. Las ovejas escuchan su voz como un sonido familiar, un timbre que precede al significado. Las llama una por una. No un rebaño anónimo, sino nombres. Cada una es alguien. Y luego sale delante de ellas. No las empuja por detrás, no las apremia: camina delante. Es un detalle decisivo de la escena. Todo el movimiento no es coacción, sino atracción. Las ovejas lo siguen no porque deban, sino porque reconocen la voz. No siguen a un desconocido. Es más, de él huyen. Juan construye una escena basada en el sonido más que en la vista. Aquí no se ve: se escucha.
Y anota, con una honestidad cruel: los discípulos no entendieron. El relato sigue siendo opaco. Las imágenes son claras, pero el sentido se escapa precisamente a quienes están más cerca. Jesús cambia entonces de registro. No abandona la escena, sino que la atraviesa en otra dirección: «Yo soy la puerta de las ovejas». Ya no el pastor, sino el acceso. No quien guía, sino el paso. Y esto es sorprendente, casi desconcertante. Jesús no se identifica con el Buen Pastor —eso vendrá después—, sino con el punto de paso. La puerta, no el rostro.
La puerta marca un dentro y un fuera. «El que entre por mí será salvo; entrará y saldrá y hallará pastos». El movimiento se abre. No solo entrar, sino salir. No quedarse encerrados, sino atravesar. El redil no es una prisión, es un respiro: contracción y distensión. Se entra para refugiarse, se sale para vivir.
El contraste se hace entonces más duro. «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir». Tres verbos secos, en caída, cada uno peor que el anterior. Luego la réplica, frontal: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». No una supervivencia mínima, no un margen concedido, sino una plenitud desbordante, que excede la necesidad.
Toda la escena se sustenta en estas oposiciones: puerta y muro, voz y silencio, guía y robo, vida y destrucción. No hay zona gris. Quien habla no describe un sistema: pone en escena un movimiento. Entrar, salir, seguir, huir. Verbos concretos. Acciones sencillas.
No hay teoría, sino ritmo —el ritmo del cuerpo que se desplaza, de la pata que elige una dirección.
El punto central sigue siendo la voz que llama por el nombre. En un mundo donde todo tiende a uniformar, a reducir a un número, a borrar el rostro entre la multitud, aquí el nombre resiste. La identidad no se declara: se juega en la escucha.
La puerta es un paso continuo. El recinto no retiene, el camino no dispersa. Entre estos dos espacios —el refugio y el camino, la parada y el pastizal— se mueve la historia. Y quien escucha debe decidir de qué lado estar. No con una declaración, sino con un paso.