"El Paráclito es alguien que se sienta a tu lado cuando estás acusado y el mundo entero está en contra"

"O nos dejamos llevar por este lenguaje en espiral ascendente que nos convence de que somos amados y ya no estaremos solos, o estamos perdidos"

El Paráclito
El Paráclito | Cerezo

Es de noche, la última. Alrededor de la mesa se sientan hombres que han caminado durante años con alguien que ahora dice: «Me voy». Juan (14,15-21) se adentra con su relato en este momento de incertidumbre. Pero no es una despedida como las demás. No es Héctor abrazando a Andrómaca en las murallas de Troya, no es Sócrates levantando la copa ante sus amigos. Aquí, quien está a punto de marcharse no cierra una historia. La abre. «No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros». La palabra que debería cerrar se convierte, en cambio, en la apertura de un futuro.

El amor y el mandamiento parecen distantes. «Al corazón no se le manda», se dice. Y, sin embargo, la frase de Jesús cae, clara: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Es una pista de acción. Quien ama observa a la persona amada: la mira, sí, pero sobre todo asume su realidad, sus modales, su aliento. Las personas que se aman se adaptan la una a la otra, se obedecen misteriosamente, se domestican recíprocamente, como enseñó el zorro al Principito. El amor no se queda en sentimiento, se convierte en hecho, en obra. Sin declararse, se reconoce en los gestos, en las elecciones. «Si me amáis…». Si.

Judas —que traicionará con un beso— ya se ha marchado. El tiempo se ha acabado. Jesús habla como quien sabe que le quedan pocas palabras. Esencializa. Recorta. Y en este espacio reducido promete algo que no se ve: «Yo rogaré al Padre y él os dará otro Paráclito». La palabra queda opaca, casi técnica: significa abogado, defensor. Es alguien que se sienta a tu lado cuando estás acusado y el mundo entero está en contra. El mundo acusa, él defiende. Es la presencia que no te deja solo ante el tribunal de la vida.

«Permanecerá con vosotros y estará en vosotros», este «Abogado». La dirección cambia. Ya no delante, a quien seguir. Ya no solo al lado. Él estará dentro. El lenguaje se inclina hacia un interior que no se puede señalar. Una cavidad, un espacio habitado, una presencia cálida que se mueve desde dentro.

Y aquí la narración se divide. Por un lado, ellos. Por el otro, el mundo. «El mundo no lo ve ni lo conoce». No porque sea malvado, sino porque ha dejado de mirar. Es una ceguera de la atención.

«Un poco más y el mundo ya no me verá; vosotros, en cambio, me veréis». La frase traza un corte nítido, drástico, entre la oscuridad y la luz. Presencia y desaparición. Para el mundo quedará un recuerdo, tal vez una memoria que borrar. Pero los suyos lo verán, porque habitan otro nivel de experiencia. Y en el centro hay un tiempo presente: «yo vivo». Dicho por alguien que está a punto de morir. No futuro, no promesa. Presente. Como si la muerte no interrumpiera nada, sino que doblara el tiempo sobre sí mismo.

«Iré a vosotros». No como antes. No de la misma manera. Pero iré, dice Jesús. Es la promesa imposible expresada como certeza. Insiste, repite, como para vendar una herida antes de que se abra. Las palabras se mueven como cortinas ligeras, se abren y se cierran, muestran y ocultan. «Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros». Una espiral: dentro, dentro, dentro. Ya no hay un fuera. Como en los dibujos de M. C. Escher, donde el interior y el exterior se confunden y las líneas se persiguen sin salida.

Y aún más: «Quien me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré ante él». Jesús no está hablando de una aparición impactante. Sino de darse a conocer en el tiempo, en los gestos, en la fidelidad que permanece. Una manifestación silenciosa, como una luz que no deslumbra pero que permite ver.

Afuera está oscuro. Dentro, las palabras siguen moviéndose. O nos dejamos llevar por este lenguaje en espiral ascendente que nos convence de que somos amados y ya no estaremos solos, o estamos perdidos.

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