"El sabio no es quien elige entre lo antiguo y lo nuevo. Es quien sabe tener ambas cosas en la mano"

"La radicalidad es idéntica, tanto si eres un afortunado como un buscador. Cuando encuentras, ya no puedes quedarte con el resto. Lo viejo y lo nuevo no caben juntos. Hay que elegir"

La perla escondida
La perla escondida

Jesús sigue ahí, y las parábolas no cesan. Mateo (13,44-52), tras las anteriores, encadena otras tres, una tras otra, breves como golpes de cincel. Las dos primeras cuentan lo mismo desde dos perspectivas opuestas, como dos fotografías del mismo objeto tomadas desde puntos diferentes. La tercera cambia de tono y traslada la historia a mar abierto. Luego, al final, una pregunta y una imagen que cierran todo el capítulo como un sello.

Parábola de la Red
Parábola de la Red

«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo esconde; luego, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra ese campo». La historia es rapidísima, toda en una sola frase. Un hombre —un jornalero, un campesino, alguien que trabaja la tierra de otro— clava la azada y choca con algo duro. Excava, abre, ve. Un tesoro. No sabemos qué es: monedas, oro, piedras. Solo sabemos que es suficiente para cambiarlo todo. Y el hombre no grita, no llama a nadie. Lo cubre, lo vuelve a esconder bajo tierra. Y luego corre a vender todo lo que tiene para comprar ese campo. Todo. Ni una parte. Todo. La imagen es la de alguien que quema las naves —como Cortés en las costas de México, como quien corta toda vía de regreso—. Pero la palabra que Mateo pone en el centro no es «valentía». Es «alegría». «Lleno de alegría», dice. No es un sacrificio heroico. Es la felicidad de quien ha encontrado, y sabe que todo lo demás ya no vale nada en comparación.

La segunda parábola es casi idéntica y completamente diferente. «El reino de los cielos se parece a un comerciante que va en busca de perlas preciosas; al encontrar una perla de gran valor, va, vende todos sus bienes y la compra». Aquí no es una casualidad. No es un jornalero que tropieza con algo. Es un profesional, un buscador de perlas, alguien que se ha pasado la vida evaluando, comparando, descartando. Sabe lo que busca. Y cuando lo encuentra, hace lo mismo que el labrador: lo vende todo. La diferencia está en el camino. El primero encuentra sin buscar. El segundo busca y finalmente encuentra. Dos caminos opuestos hacia la misma decisión.

Pero en ambos casos el gesto final es el mismo: venderlo todo. Todo. La radicalidad es idéntica, tanto si eres un afortunado como un buscador. Cuando encuentras, ya no puedes quedarte con el resto. Lo viejo y lo nuevo no caben juntos. Hay que elegir.

Luego, el mar. «El reino de los cielos se parece a una red echada al mar, que recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la arrastran a la orilla, se sientan, recogen los peces buenos en las cestas y tiran los malos». La imagen resulta familiar a cualquiera que haya visto un puerto de pescadores: la red que sale chorreando, el montón de peces vivos que se retuercen en el barco, las manos que separan —esto sí, esto no. La red no elige. Lo recoge todo. La selección viene después, en la orilla, con calma. Es la misma paciencia que la de la cizaña: primero se recoge todo junto, luego se separa. Primero la red, luego el juicio.

Luego la pregunta, dirigida a los discípulos, íntima, tierna: «¿Habéis comprendido todas estas cosas?». Dicen: sí. Y Jesús concluye con una última imagen: «Por eso, todo escriba que se ha convertido en discípulo del reino de los cielos es semejante a un dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Un dueño de casa que abre su cofre y saca cosas viejas y cosas nuevas, las coloca una al lado de la otra, las contempla.

No tira las antiguas para hacer sitio a las nuevas. No rechaza las nuevas por fidelidad a las antiguas. Las mantiene juntas, las mezcla, las entrelaza. El sabio no es quien elige entre lo antiguo y lo nuevo. Es quien sabe tener ambas cosas en la mano.

Pero ahora las parábolas han terminado. Jesús abandona la barca, deja la orilla, se va a otro lugar.

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