Las instituciones y las sociedades, como todos los seres, tienden a mantenerse en su estado, en su “status quo”. Nada cambia “porque sí”, dado que si las cosas están como están es porque le conviene a quienes controlan el sistema. Los profetas tienen la ingrata tarea de provocarlos para que cambien, para que se renueven, para que se conviertan una y otra vez.
Aburguesamiento significa domesticación de la fe, su degradación en una cómoda práctica piadosa individual y privada, alejada de los desafíos sociales y políticos y cómplice de conformismo con los sistemas injustos. Es la versión de un cristianismo acomodaticio y sin capacidad de desafiar el status quo.
En la actualidad, la figura del profeta sigue siendo indispensable. Muchos líderes religiosos, activistas sociales y pensadores son vistos como "nuevos profetas" que denuncian las injusticias y ofrecen visiones solidarias alternativas para el futuro.
Necesitamos profetas que no se busquen a sí mismos, ni se sientan superiores moralmente, que pongan su foco en el Reino de Dios para transformar estructuras de pecado y no se queden colgados en el detalle moralista de tabloide.