Todos, todos, todos son -somos- Iglesia. La Iglesia - la de Jesús- es de todos. Si alguien se ausentara conscientemente de lo que Jesús pretendió que fuera, y así lo afirmó y firmó con su propia sangre, la Redención constituiría un triste y desamparado fracaso humano y divino
La conversión de la Iglesia en propiedad, disfrute y distintivo de algunos -personas o colectivos-, que habrían de apellidarse “cristianos” en propiedad y en exclusiva, descalificaría a de por sí a la Iglesia , a sus manipuladores y consentidores
¿Qué dimensión específicamente religiosa les habrá aportado a algunos, los señores Munilla, Sáez, Demetrio, Müller, Giovanni Ángelo Becciu – “el sic de coéteris”- su condición jerárquica por la que se sienten tan obligados, por ejemplo, al tener que pronunciar sus “¡Sí¡” -AMÉN- a la infalibilidad pontificia y no a las reiteradas advertencias del papa Francisco, respecto a la necesidad de reconversión de la Iglesia, comenzando por su jerarquía?