La iglesia necesita los siete dones Pregón para un nuevo Pentecostés

Convocados a la mesa de la coherencia.

        En estos días estamos viviendo un tiempo nuevo de salida y de encuentro, de besos y abrazos, parece que se aleja la oscura pandemia que nos ha tenido a todos contra las cuerdas. El aire parece más limpio y el cielo casi transparente. Normalmente el cielo es siempre transparente excepto cuando tenemos los ojos retenidos o cegados a fuerza de realismo, de amargura  y de seguridades.

  La Iglesia respira profundamente y se siente habitada por dentro en el gozo y la fidelidad de cada uno de nosotros. El Espíritu es la brisa suave que mueve las hojas de los árboles y convoca a las nubes y a la lluvia y todo acaba siendo germinado. Es el fuego purificador que en forma de lenguas va quemando poco a poco el velo de superficialidad, de precauciones, de clericalismos y de monotonías que, de vez en cuando, nos gusta vestir. ¡Ojalá estuviera ya ardiendo!

   La iglesia está viviendo también un tiempo de brisa suave y de lluvia regalada. Éste es el tiempo de Pentecostés. Un tiempo para ser testigos, para narrar en primera persona, para no dejarnos domesticar con palabras altisonantes aunque parezcan espirituales. Este tiempo de Pentecostés en un tiempo para vivir y anunciar una espiritualidad que toque los cuerpos y conmueva las almas. ¡Una espiritualidad encarnada!

  La iglesia está a la escucha y a la espera del Espíritu en Pentecostés con su alcuza dispuesta para llenarla de sus dones. En los últimos tiempos hemos vivido momentos de zozobra y de confusión; la pedofilia, el clericalismo, el autoritarismo. Nos ha visitado una precariedad anunciada, nos han fallado los asideros de otros tiempos porque la vida, como el Espíritu, es dinámica y no renuncia a ser itinerante. Exactamente igual que nosotros. Estos vaivenes de la modernidad nos están ayudarnos a situarnos en el lado correcto de la barca para que no perdamos pie. Nuestro mástil, al que queremos agarrarnos con fuerza se llama Jesucristo. Nuestro suelo, ya sea a babor o a estribor es el Padre bondadoso que sale a nuestro encuentro y nos cubre de besos después de la larga aventura del exilio. Nuestras velas son el mismo Espíritu que nos empuja y nos cuestiona, nos alienta y nos golpea la cara con su brisa suave.

Este tiempo nuestro es un tiempo nuevo. “Mirad que todo lo hago nuevo” Un tiempo para nosotros, apasionante y provocador, que queremos iluminar. Un tiempo que es, sobre todo, una oportunidad para ser más de Dios y para señalar con más precisión su estela en medio del mundo. Un tiempo para no quedarnos enredados en la batalla insufrible de las pequeñas afrentas, ni de las grandes.

 Dispuestos a pedirle al Espíritu que nos envíe sus siete dones, como remos dispuestos a hacer avanzar nuestra pequeña barca, patera o cayuco, hacia el puerto de la felicidad que ansiamos. 

 El don de la sabiduría. La iglesia es experta caminante por los senderos de la vida. ¡Cuántos pasos ha regalado a la humanidad más vulnerable¡ Se ha encontrado con los surcos de la pobreza, del sufrimiento, de la injusticia y no ha pasado de largo. Su experiencia como samaritana le ha regalado, por gracia del Espíritu, la sabiduría de los ancianos y de los inocentes. La sabiduría de saber que nada sabe pero todo lo puede en Aquel que la conforta. Danos tu Espíritu de sabiduría.

   El don del entendimiento. Para que nuestros ojos vean más allá de lo que se ve y nuestros  oídos perciban esa melodía divina que sólo puede interpretar el corazón. Señor, que vea; mi Dios, que entienda. No permitas, Espíritu Santo, que pase de largo ante lo humano como si no entendiera el misterio de amor que almacena cada sentimiento, cada suspiro, cada latido de vida y de muerte, cada cicatriz y cada mirada.

 El don de ciencia. Para descubrir que la ciencia más perfecta, la más exacta, es el amor. Para que puedan salirnos las cuentas al final del camino y sintamos que hemos amado mucho. Confieso que he vivido, decía Neruda; los cristianos queremos exclamar: confieso que he amado. La ciencia es el misterio de entender un poco la vida, de dejarnos acariciar por ella, de llenarla de preguntas y de admiraciones. Haznos, Espíritu divino, científicos del amor, expertos en humanidad, sabedores de todo cuanto inquieta el corazón humano para que sepamos descansar en ti.

 El don de Consejo. Todo lo que nos rodea, incluido el cosmos con sus susurros estelares, es un consejo de Dios para que seamos hijos. Nos rodea excesiva contaminación acústica y ya no distinguimos los sonidos bemoles y sostenidos. Todo acaba siendo ruido que nos impide disfrutar de esta melodía maravillosa que es la creación y la ternura de cuantos nos quieren. Y por eso terminamos sintiéndonos jornaleros en vez de hijos. Pero el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad con gemidos inefables. La iglesia necesita dejarse aconsejar por el Espíritu para ser buena consejera para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

El don de piedad. Azotados por los vaivenes de la vida, por el materialismo, por el laicismo, por los lenguajes amenazantes, por las controversias, por las espiritualidades desencarnadas, quisiéramos abandonarnos en tus alas, Espíritu de Dios, para sentirnos cobijados y serenos en el arrullo de tu pecho. Estamos rodeados de muchos señores, demasiados señores, y anhelamos tenerte como el único señor. Cuando muchos se empeñan en domesticarnos, en encerrarnos en la jaula de las ideologías y la violencia, nosotros quisiéramos aventurarnos a un ligero vuelo que nos ponga en tus ramas. Abre camino delante de nosotros para que no perdamos el rumbo y la orientación. Danos, Espíritu de Dios, un vuelo suave y sereno que nos haga soñar con el aleteo de tu presencia.

El don de la fortaleza. Ese don que es en nosotros debilidad. No queremos la fortaleza de lo fuertes de este mundo que nos dominan y nos someten. No queremos la fortaleza de los seguros que condenan y excluyen. Queremos la fortaleza de la debilidad. La debilidad de una madre que a fuerza de amor promociona y empuja la vida. La debilidad de un anciano que atesora una vida llena de entrega y servicio. La debilidad de una persona consagrada que, en su pobreza, ha hecho de su vida una riqueza inagotable. Danos, Espíritu Santo, la fuerza de la debilidad, de la caricia, de la ternura que es más fuerte que los nervios de acero del mundo.

El don del temor de Dios. Ese temor sereno y reverencial que sentimos ante el abuelo y su autoridad moral. Ese temor que no paraliza sino que empuja, que no anula sino que enciende. Ese temor que nos hace descubrirte como Señor de nuestra vida más allá de nosotros mismos y del tiempo, porque tu amor no tiene fin. Ese temor que no es de siervos sino de hijos que aman a su padre con un respeto reverencial y besan sus manos como si fueran pan bendecido. Que no nos falte, Espíritu de Dios, el temor de los hijos para que pueda ser auténtico el amor que soñamos.

     Con tus dones, Espíritu divino, la comunidad cristiana se siente convocada a la mesa de la fidelidad. Esa mesa donde caben todos, sin excepción, donde no hacen falta pasaportes y papeles, donde ser humano es un privilegio y tener dignidad un derecho y un patrimonio familiar. Pentecostés es un soplo sobre la Iglesia para que sea Iglesia, para que sea comunión, para que sea servicio, para que el poder no difumine la brisa de la fraternidad que el Espíritu está insuflando.

Pentecostés, tiempo del Espíritu de Dios y tiempo de la adultez y de la libertad de los hijos. No somos hijos de la esclava sino de la libre. El Espíritu le ha regalado la libertad a su Iglesia y nadie tiene derecho a secuestrarla.

 ¡Feliz Pentecostés! ¡Dejaos acariciar!

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