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El diálogo que perdimos

La reconciliación comienza en el diálogo

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Sólo por esta vez, y sin que sirva de precedente, otorgaremos la razón a Reverte, eterno provocador. Vamos perdiendo guerras y también oportunidades para cicatrizarlas. Parece que hemos errado, vuelto a perder, con la suspensión de “La guerra que todos perdimos”. Quizás no fallara tanto el signo ortográfico como la voluntad de acercarnos y reconciliarnos. Todos perdimos la guerra, porque la guerra es, con diferencia, el mayor exponente del fracaso humano. Por el contrario, el diálogo entre alteridades, entre firmes discrepantes representaba el triunfo de la civilización

Los españoles fracasamos estrepitosamente en el 39. La guerra se puede ganar militarmente. Se puede clamar por todas las ondas aquello de “cautivo y desarmado el Ejército Rojo…”, pero eso no significa nada cuando se ha dejado tanta barbarie a las espaldas, cuando no hay intención de abandonarla.

La guerra se puede ganar éticamente y eso significará mucho, pero la satisfacción difícilmente podrá encontrar aposento cuando se ha dejado tanto dolor y muerte atrás, cuando hay tantas familias destrozadas, cuando los campos de retención primero, de concentración después, así como el exilio a los cuatro vientos, es la nueva patria de los defensores de la libertad y la democracia. Las dos Españas, la que venció militarmente, la que lo hizo en términos de más humanidad y moral, están llamadas a dialogar. Por eso no sobraba la cita sevillana, ninguna otra convocatoria donde los diferentes se encuentren ya sin metal de por medio.

Reconozco que, en medio de esta tesitura, me emociona recordar a quienes hubieran dejado todo y corrido a Sevilla, particularmente a nuestro paisano José de Artetxe y su “Abrazo de los muertos”, tantas veces censurado. La dictadura permitió que sus navegantes dieran la vuelta al mundo muchas veces, que sus biografías de nuestros más insignes marinos nos entretuvieran en la larga noche, pero no fue hasta bien entrados los sesenta que permitió la edición de aquel abrazo suspirado. ¿Cuánto hubiera dado Artetxe por acudir a ese diálogo ahora finalmente suspendido? Nuestro escritor católico y guipuzcoano hubiera volado hasta la ciudad del Guadalquivir. El "jeltzale" que combatió a desgana con los nacionales fue de los primeros en reparar, ya en el propio frente, desde los primeros fragores de la contienda, que la guerra la habíamos perdido todos. En medio de la violencia fraticida, el encuentro y el diálogo era también la divisa cumbre de los grandes líderes del bando republicano como José Antonio Agirre, Manuel de Azaña (Discurso de “Paz, piedad y perdón”, febrero de 1938), Manuel de Irujo, Lluís Companys…

Cuántos rosarios no hubiera desgranado nuestro bibliotecario de la “Dipu” antes de su palabra, quizás sencillamente para que ésta no representara ni ataque, ni herida ajena. Cuánto no hubiera dado la tercera España de los Ridruejo, Unamuno, Manuel Machado… por un diálogo como el que nos ofrecían Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra dentro del ciclo ”Letras en Sevilla”. Nunca era tarde si la dicha era buena...

No deberemos olvidar que hubo quienes dieron la vida para que nuestros muertos se acercaran. Cuando nuestros caídos empezaban tardíamente a aproximarse no deberemos rehuir el encuentro. El aplazamiento de las jornadas de la “La guerra que perdimos todos”, perpetúa el encono que somos llamados a superar. Es cierto que hay peligroso rearme de la intransigencia, que una nostalgia muy ignorante y desafortunada gana los corazones de no pocos jóvenes. Mas el auge de la extrema derecha no se combate con rencor, ni furia, sino con afirmación de valores. Basta leer a Obama tras las muertes de Minnesota por parte del despotismo supremacista. ¿Habrá encontrado Trump y su política de crueles expulsiones mayor contratiempo?

La guerra era quizás contra el fantasma de nuestra propia animadversión hasta hoy acarreada. El desafío que nos toca alcanzar ahora es sencillamente el de reunirnos. La batalla que ahora nos toca ganar, a la que nos invitan los muertos de todos los bandos es la del mutuo entendimiento. Les debemos el abrazo que no pudo consumarse en su hora. Se lo debemos a los Artetxe, los Agirre, Irujo, Azaña, Companys…

Sentarnos juntos, compartir mesa y micrófono es en realidad sólo el comienzo de un largo camino que nos corresponde recorrer en la "península". Las casas, otrora vacías, se han vuelto a habitar por supuesto de vida, pero también de esperanza y de futuro. Es ya hora de ir a por flores y almendros que las rodeen y asalten. Por eso nos hubiera gustado ver a David Uclés y demás detractores del evento en la capital andaluza, en sus jornadas del abrazo tantas veces retrasado.

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