¿Herencia cristiana? El verdadero cristiano goza al doblar sus rodillas ante cualquier otro altar levantado con amor.

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Haremos acopio de humildad antes de colgarnos medallas que son de otras solapas, que nuestros pechos aún no meritan. Debería costar reconocerse con infinito corazón, como receptáculo de un amor sin fronteras. Todo ello sin embargo se pregona hoy demasiado a la ligera. La “herencia cristiana” es mucho legado, por lo menos para reclamarlo en exclusiva. Ser legatario de ese superior patrimonio implica una puntuación fuera de nuestro alcance. No la reclamaremos, anhelamos un día poder ser dignos, llevar sobre nuestros hombros tamaña responsabilidad.

El verdadero cristiano no separa, no levanta muros, tiende manos y corazones. No divide entre nativo e inmigrante, entre blanco o de color, no siente que su Dios es más grande y verdadero que el del musulmán. Goza y suspira por doblar sus rodillas, por rendir su alma ante otro altar levantado con cuidado, belleza y amor. Anhela orar con el diferente, su plegaria se enriquece en esa compañía. Acoge por igual. Comparte su pan, su biblioteca pública, su galeno y demás servicios sociales. El verdadero cristiano sufre con la Tierra, lleva una vida sencilla, austera sin despilfarro, ni exceso de carne, aluminio o plástico, porque sabe que es una forma de mostrarle su afecto.

Necesariamente nos preguntamos cómo actuarían hoy los genuinos seguidores de Jesús el Cristo, cómo se desenvolverían en las coordenadas actuales, ya sea en el marco de la Iglesia o fuera de ella, pues hay “ekklesía”, es decir “asamblea de creyentes”, también más allá de los lindes de Roma. Por eso nos sorprende tanto el presidente de la nación más poderosa, Donald Trump, cuando afirma: "En nuestro gobierno ‘la herencia cristiana’ será atesorada, protegida y defendida como nunca lo has visto antes". La presidenta Melloni tampoco va a la zaga de esa defensa de la “herencia cristiana”. Toda la derecha radical europea y norteamericana se disputa el tan cotizado tesoro espiritual. Cuando creímos que las cruzadas nacional-católicas habían sido relegadas a las más tristes páginas de nuestra historia, asistimos a un reclamo de esa herencia de Jesús por parte de las fuerzas políticas que más la contradicen.

La falta de las ayudas, que hasta el presente concedía la administración norteamericana a África, está matando a hermanos en el continente negro; su política antiimigratoria está destrozando el alma de muchos de hogares latinos; su negación del cambio climático está levantando las más virulentas borrascas… Desconocemos si sería mucho pedir que buscaran otra etiqueta que no la cristiana. Profanar hoy sale barato, pero la “distorsión” no apunta a unos justificados tirantes veraniegos, a una minifalda aventurada en el templo, sino a la fachada mucho menos decorosa e inquietante del supremacismo, de la falta de solidaridad y de cuidado por la Tierra.

La incoherencia, el atropello ya de alcance planetario deberían dejar de invocar a Jesús. La deslealtad a los valores, la infidelidad al evangelio no puede seguir siendo legitimados con el sello de esa recurrida herencia. Hay adhesión al legado de un rancio catolicismo, pero no hay voluntad de vestir Sus Sandalias, de seguir Sus Pasos. Las políticas del extremo tradicionalismo representan a menudo la antítesis del mensaje del Nazareno. Si en verdad se vanaglorian de Su excelso legado, acogerían, cuidarían de la Madre Naturaleza y de sus semejantes.

No terminamos de ver “herencia cristiana”, sino más bien todo lo contrario en los programas reaccionarios a ultranza a uno y otro lado del Atlántico. Sin embargo, siendo coherentes, en el otro espectro del arco político, tampoco hay rastro de Jesús si se falta al respeto a la vida, a aquélla que por supuesto ya ha desembarcado, a la que ya ha sollozado, pero también a la que, desde el vientre materno, está llegando.  

Tenemos largo recorrido hasta ser por entero por y para el prójimo, hasta cuidar de toda vida en todas formas y lugar, para en definitiva alcanzar Aquellos siempre lejanos Pasos. Estamos dispuestos a persuadir por más que otros, los seguramente menos meritorios, se apropien de la cruz en el pecho y el dorsal en la espalda. Hace ya dos mil años que Jesús puso a la humanidad el más alto listón de entrega y amor de todos los tiempos. No lo rebajemos, menos aún por espúreos intereses políticos.

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