Yo tengo carisma. Tengo vocación
#sentipensares2026
Para mí no hay ministerio.
Soy mujer
Yo tengo carisma.
Tengo vocación.
Para mí no hay ministerio.
Soy mujer.
Me digo a mí misma: “Deja, Cris, cuando te mueras te lo van a reconocer en el cielo”.
Y entonces sigo así, poniendo a diario al servicio un carisma no reconocido.
Entonces encontré el libro Mujeres y Diaconado, de Silvia Martínez Cano y Carme Soto Varela, que en su edición incluye un capítulo de Adelaide Baracco.
Adelaide es genial: tiene una lógica mental que entra por los recovecos y descubre verdades que, cuando una las lee, parecen obvias. Y de eso se trata hoy: de pensar con una cabeza que sospeche de una misma. Porque nos enredamos en teorías y tradiciones que durante tanto tiempo nos nublaron las verdades.
Puedo decir que me siento despierta después de tantos años de haber creído que era fiel al mandato de Jesús y, sin embargo, estaba dentro del molde que otros —casi siempre y casi todos varones— fueron armando para sostener una estructura inamovible. Y no los critico a todos: ellos también entran en un molde que, lejos de beneficiarlos y darles oportunidades, les impide conocer alguna parte no desplegada de sí mismos.
Dice Adelaide que se silencia lo evidente: un ministerio se enraíza en un carisma, y los carismas vienen del Espíritu.
“Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará a toda la verdad… Conságralos a ti por medio de la verdad: tu Palabra es la Verdad. Como me enviaste a mí al mundo, así yo los envío” (Jn 16,13; 17,17).
Fallamos. Venimos fallando desde hace siglos en reconocer esto: los carismas no derivan en ministerios y servicios para todos por igual, según nuestra dignidad bautismal. No sabemos implementar espacios donde haya lugar para que las personas —en general los laicos— puedan darse cuenta de cuál es su carisma.
¿Alguna vez nos paramos a pensar en el propio carisma? Ese que por años venimos sosteniendo en la sombra, sin nombre, sin poder identificarlo con nuestra historia.
Reflexionar sobre esta realidad teologal que solo reconocemos en teoría: el Espíritu actúa y se manifiesta como vocación para la misión.
Acá no entran las cuestiones de los ministerios eclesiásticos, sino que se mira el origen, y la idea nace del reconocimiento del don de cada persona.
¿Qué sucede en las comunidades con los carismas no reconocidos?
Acá aparecen varios conflictos. El primero es el lugar de poder que muchos quieren alcanzar sin preguntarse si la persona está ahí porque tiene ese carisma. El segundo es que esta mirada de celos impide reconocer el propio don. Hay infinidad de personas que anhelan ser como el otro porque no conocen su verdadero potencial. Reconocer para qué soy buena me devuelve la dignidad quitada: esa dignidad de iguales que es promesa del bautismo.
¿Cómo prestarle atención al discernimiento de los carismas en las comunidades?
¿Hay algún plan pastoral que promueva discernir el propio carisma?
¿O seguiremos dejando que haya envidias y celos por servicios a los que se accede para obtener poder? Poder que, además, pretende sostenerse en el tiempo y en el lugar, haciendo de la comunidad un espacio de relaciones conflictivas donde prima el “acá siempre se hizo así”.
¿No era que el bautismo desencadena la secuencia —como dice Adelaide— Espíritu–verdad–consagración–envío?
¿Por qué, entonces, estamos mirando con deseo que como mujeres se nos reconozca un ministerio diaconal, cuando la tarea sería discernir cómo corregir las formas para que los ministerios, fruto de la vocación y de años de servicio en la comunidad, sean reconocidos con nombre?