Carta inspirada en el legado profético de san Óscar Arnulfo Romero
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No tengan miedo de convertirse nuevamente en pastores con olor a Evangelio y no con aroma a los pasillos del poder.
No se trata de un documento histórico ni de palabras pronunciadas por el santo, sino de un ejercicio de memoria profética que busca expresar, desde la fidelidad a su Evangelio y a su martirio, lo que su voz podría seguir interpelando a nuestra Iglesia en este tiempo.
«No callen cuando el Evangelio está siendo crucificado»
A mis hermanos obispos de El Salvador:
La paz de Cristo, que no nace de la comodidad, sino de la justicia, esté con ustedes.
Les escribo desde la memoria de un pueblo que no olvida. Les escribo desde la sangre derramada en un altar, donde mi voz fue silenciada por las balas, pero no por Dios. Les escribo desde esa nube de testigos que sigue acompañando el caminar de los pobres.
No regreso para juzgarlos. Regreso para recordarles el Evangelio.
Cuando fui llamado a ser pastor de mi pueblo comprendí que un obispo no pertenece a los poderosos. Pertenece al Crucificado. Y el Crucificado sigue teniendo el rostro de las víctimas, de quienes viven con miedo, de quienes han perdido a sus hijos, de quienes son encarcelados sin justicia, de quienes ya no encuentran una voz que los defienda.
Me preocupa contemplar que muchos de ustedes parecen haber cambiado el báculo del pastor por la cercanía al poder. El aplauso de los palacios nunca podrá sustituir el clamor de quienes sufren. Ningún índice de popularidad puede convertirse en criterio para el discernimiento cristiano. El único criterio sigue siendo Jesucristo.
La misión de la Iglesia nunca ha sido bendecir gobiernos. Su misión es anunciar el Reino de Dios y denunciar todo aquello que desfigura la dignidad humana, venga de donde venga.
Cuando una Iglesia deja de incomodar a los poderosos y comienza a incomodar únicamente a los pobres, ha olvidado el Evangelio.
No ignoro que algunos de ustedes dirán que guardan silencio para proteger la unidad o para evitar conflictos. También en mi tiempo escuché esos argumentos. Pero aprendí que existe un silencio que deja de ser prudencia para convertirse en complicidad.
El pastor que calla cuando las ovejas son heridas termina hablando únicamente para tranquilizar su propia conciencia.
No teman perder privilegios. Teman perder la libertad del Evangelio.
Recuerden que Jesús jamás confundió la paz con el sometimiento. La paz bíblica nace de la justicia. Donde se debilitan las garantías fundamentales, donde el miedo impide levantar la voz, donde se concentra el poder sin los necesarios contrapesos, donde la dignidad humana queda subordinada a intereses políticos, la Iglesia no puede conformarse con bendecir el orden establecido. Está llamada a ejercer un discernimiento crítico a la luz del Evangelio y a permanecer siempre del lado de quienes más necesitan protección.
Una Iglesia que deja de escuchar el llanto de las víctimas termina escuchando únicamente los ecos de los salones del poder.
Hermanos: no olviden que el pueblo posee un fino instinto para reconocer cuándo un pastor camina delante del rebaño y cuándo camina detrás de los poderosos.
Los pobres perciben el lenguaje del corazón mucho antes que los discursos.
Aún están a tiempo.
No permitan que las generaciones futuras digan que, mientras el pueblo esperaba una palabra profética, los sucesores de los apóstoles eligieron la comodidad del silencio.
Dentro de pocos días la Iglesia celebrará a María Magdalena.
Muchos la recordarán únicamente como la mujer que lloraba junto al sepulcro.
Pero yo les invito a contemplarla como la primera discípula que se atrevió a permanecer donde casi todos habían huido.
Ella llegó cuando la piedra seguía cerrando el sepulcro.
Ella permaneció cuando otros perdían la esperanza.
Ella escuchó primero la voz del Resucitado.
Y fue enviada a anunciar la Vida precisamente cuando muchos hombres todavía estaban encerrados por el miedo.
Tal vez hoy María Magdalena vuelva a preguntar a nuestra Iglesia:
¿Quién removerá la piedra?
La piedra del miedo.
La piedra de la obediencia ciega al poder.
La piedra del clericalismo.
La piedra del silencio.
La piedra que continúa impidiendo que las mujeres sean plenamente reconocidas como discípulas, teólogas, predicadoras y constructoras de la Iglesia que Jesús soñó.
Quizá sean precisamente las mujeres quienes vuelvan a enseñarnos el camino del Evangelio. Ellas, que durante siglos han permanecido junto a las cruces de la historia, continúan anunciando la Resurrección cuando tantos prefieren custodiar sepulcros.
Escúchenlas.
No apaguen la profecía que Dios suscita en ellas.
No tengan miedo de convertirse nuevamente en pastores con olor a Evangelio y no con aroma a los pasillos del poder.
Porque llegará el día en que no seremos examinados por nuestra cercanía con los gobernantes, sino por nuestra fidelidad al Reino de Dios.
Y ese día bastará una sola pregunta:
¿Dónde estabas cuando mi pueblo sufría?
Que el Dios de la Vida les conceda el valor de responder con la existencia y no solamente con las palabras.
Que María Magdalena, primera anunciadora de la Resurrección, les recuerde que nunca es tarde para remover la piedra.
Y que el Espíritu Santo —la Ruah de Dios que siempre desordena nuestras falsas seguridades para abrir caminos de vida— les conceda la libertad de volver a caminar junto al pueblo crucificado, porque solo desde allí puede anunciarse con verdad a Cristo Resucitado.
Con la esperanza invencible de quien sabe que la última palabra nunca pertenece a la muerte.
+ Óscar Arnulfo Romero
Desde la memoria viva de los mártires y la esperanza del Evangelio.