#8MCuaresma
Trascendió el filósofo alemán Jürgen Habermas
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El viernes 13 de marzo ingresé nuevamente al hospital para recibir una dosis de quimioterapia. Uno de los efectos secundarios del tratamiento es el insomnio que me llevó a pensar, desde una mirada feminista, en las personas neurodivergentes.
Todas las formas de vida humana —también las que el mundo llama diferentes— llevan en sí mismas la dignidad de lo divino.
Sin embargo, hay formas de existencia que el mundo aprendió a no comprender.
Personas cuyas maneras de sentir, percibir o habitar la realidad no encajan en los moldes de la normalidad que la cultura dominante decidió convertir en regla. Personas que no aparecen en las narrativas del éxito, ni en los modelos de productividad, ni en los retratos del “ la ciudadana o el ciudadano ideal”.
En un mundo organizado alrededor de la velocidad, la eficiencia y la adaptación permanente, la diferencia neurológica suele ser tratada como un problema que debe normalizarse, corregirse o, en el mejor de los casos, tolerarse en silencio.
A esto se le llama capacitismo.
El capacitismo no siempre grita. Muchas veces se presenta como consejo, como diagnóstico, como preocupación o como pedagogía.
Pero su mensaje profundo es el mismo:
“Para pertenecer debes parecerte a nosotros”.
Por eso tantas personas neurodivergentes (por ejemplo, personas autistas, con TDAH. Síndrome de Ehlers Danlos Syndrom von hipermobilidad y otras formas de diversidad neurológica) crecen escuchando que deben aprender a esconder partes de sí mismas para sobrevivir.
Aprender a mirar a los ojos aunque el contacto visual duela.
Aprender a soportar ruidos que saturan los sentidos.
Aprender a simular emociones que el entorno espera reconocer.
Aprender, en definitiva, a enmascarar su propia existencia.
Sin embargo, el Evangelio revela una lógica distinta.
Cuando observamos la vida de Jesús de Nazaret descubrimos algo profundamente subversivo: su práctica nunca consistió en exigir adaptación a quienes eran considerados distintos o diferentes.
En ese sentido, las personas neurodivergentes revelan algo profundamente teológico: la diversidad de la mente humana no es un error de la creación.
Es parte de su riqueza.
La Ruah, el aliento divino que recorre la vida, sopla en múltiples direcciones.
Hay mentes que perciben el mundo con una intensidad extraordinaria.
Hay mentes que descubren patrones invisibles para otros.
Hay mentes que viven la verdad sin las máscaras sociales que el poder considera necesarias.
En lugar de corregirlas, quizá la pregunta teológica debería ser otra:
¿Qué puede aprender la humanidad de esas otras formas de percibir la realidad?
Tal vez el problema no sea la neurodivergencia.
Tal vez el problema sea una sociedad que ha perdido la capacidad de escuchar lo diferente.
La diversidad corporal, sensorial y neurológica forma parte de la realidad de la vida. En ese sentido, las personas con capacidades diferentes no representan una excepción a la condición humana, sino una de sus expresiones.
Aquí emerge una pregunta teológica profunda: ¿qué significa hablar de la creación cuando la diversidad de las vidas humanas se interpreta como error o desviación?
Si la vida es creación, entonces la pluralidad de formas en que la vida se manifiesta no puede ser leída como carencia o defecto, sino como expresión de la riqueza de lo creado.
Esta perspectiva invita a revisar la manera en que las tradiciones religiosas han interpretado la diferencia. Durante siglos, muchas comunidades de fe reprodujeron el mismo esquema social que clasificaba las vidas según su cercanía con la norma. En ese marco, las personas con capacidades diferentes fueron tratadas con frecuencia desde la compasión, pero no siempre desde el reconocimiento pleno de su lugar en la comunidad.
Sin embargo, los relatos evangélicos ofrecen otra lectura posible.
En los evangelios aparecen continuamente personas cuyas vidas no encajan en las expectativas sociales o religiosas de su tiempo. Son personas consideradas impuras, enfermas, endemoniadas, excluidas de la vida comunitaria o incapaces de participar plenamente en el orden social.
Lo significativo es que el movimiento de Jesús no se organiza en torno a la normalidad. Al contrario, su práctica consiste precisamente en reconstruir la comunidad a partir de quienes habían sido desplazadas de ella.
El gesto central no es la corrección de la diferencia, sino la restitución de la dignidad.
Desde esta perspectiva, una teología de las personas con capacidades diferentes no parte de la pregunta sobre cómo integrar a quienes están fuera de la norma, sino de una pregunta distinta: qué revela la experiencia de esas vidas acerca de la comunidad humana y acerca de Dios.
Las personas neurodivergentes, por ejemplo, suelen experimentar el mundo sensorial, emocional y relacional de maneras que no coinciden con las expectativas dominantes. En muchas ocasiones han tenido que aprender estrategias de adaptación para sobrevivir en entornos diseñados sin tenerlas en cuenta.
Esa experiencia de adaptación constante revela una verdad incómoda: la sociedad suele exigir cambios a quienes son personas distintas , en lugar de transformarse a sí misma para acoger la diversidad.
Una comunidad verdaderamente humana, sin embargo, no se define por la uniformidad de sus miembros, sino por su capacidad de convivir con la diferencia.
Desde una mirada teológica, esto tiene consecuencias profundas. Si toda vida humana participa de la dignidad de lo creado, entonces ninguna forma de existencia puede ser considerada secundaria o prescindible.
La diversidad neurológica no es simplemente una categoría médica o psicológica. También interpela la manera en que imaginamos la comunidad, el cuidado y la reciprocidad.
Cuando una sociedad aprende a escuchar a quienes perciben el mundo de maneras distintas, amplía su comprensión de lo humano. Descubre nuevas formas de comunicación, de sensibilidad y de relación.
De este modo, las personas con capacidades diferentes no aparecen únicamente como destinatarias de cuidado o protección. También son portadoras de una experiencia que puede transformar a la comunidad.
Una teología que quiera tomar en serio la realidad de estas vidas debe desplazarse desde el paradigma de la carencia hacia el paradigma de la relación.
La pregunta ya no es qué les falta a estas personas para parecerse a las demás.
La pregunta es qué necesita aprender la comunidad para poder vivir verdaderamente con ellas.
En ese desplazamiento se juega algo esencial: reconocer que la dignidad humana no depende de ajustarse a un modelo único de funcionamiento, sino de la capacidad de una comunidad para reconocer la humanidad en todas sus formas.
Una teología de las personas con capacidades diferentes no busca idealizar el sufrimiento ni romantizar la diferencia. Busca, más bien, afirmar una convicción fundamental: ninguna vida humana queda fuera del horizonte de la dignidad, y ninguna comunidad puede llamarse justa mientras organice su convivencia sobre la exclusión de quienes no encajan en la norma.
En ese horizonte, la diversidad humana deja de ser un problema que resolver y se convierte en una invitación a transformar nuestra manera de vivir juntas. Las personas con capacidades diferentes no aparecen entonces como vidas que deben adaptarse a un mundo que no las pensó, sino como parte de la realidad humana que nos llama a construir comunidades más justas, más atentas y más capaces de reconocer la dignidad allí donde durante demasiado tiempo no supimos mirar.
“Más bien, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios.”
1 Corintios 12,22
Como escribió Teresa de Ávila:
“En cada alma hay un cielo entero”.
Tal vez una comunidad verdaderamente humana comienza precisamente cuando aprendemos a reconocer ese cielo en todas las formas de vida humana, también en aquellas que el mundo llamó diferentes.
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