Dios no permanece en silencio frente al abuso: sobre el acoso y la violencia sexual en el interior y exterior de la Iglesia
#8MCuaresma
¿Dónde se encuentra Dios cuando el abuso sucede?
En una época en la que el silencio ha colaborado y la vergüenza ha sido impuesta a quienes sufren, hay una voz que no es humana, es esa que viene del cielo: Dios no acepta el abuso. Dios no admite el acoso. Dios no aprueba el poder que humilla ni la autoridad que agrede.
El abuso sexual, ya sea en la Iglesia o en otros lugares, es una herida que no deja de sangrar desde lo más profundo de la tierra. Es una violación no solo del cuerpo, sino también de la imagen de Dios que hay en cada persona. Cuando alguien es acosado, agredido o forzado al silencio, el cielo se estremece. Y cuando la Iglesia decide mantenerse callada, ocultar o minimizar, se aleja del verdadero corazón de su Señor.
¿Dónde se encuentra Dios cuando el abuso sucede?
Él está al lado de las víctimas. Se encuentra en su llanto, en su temor, en sus recuerdos fragmentados. Está en su derecho a sanar, a hablar y a ser escuchada. Dios no acompaña al abusador que no muestra arrepentimiento; Dios no protege reputaciones sacrificando la verdad. Él es el Dios que revela lo oculto, que expone lo escondido, que derriba tronos construidos sobre el sufrimiento ajeno.
La Iglesia no fue designada para proteger instituciones, sino para cuidar a las personas
Cuando el altar de Dios lo convierten en un lugar para el abuso, pierde su propósito sagrado. Cuando el liderazgo se usa para manipular, seducir o intimidar, deja de ser pastoral y se convierte en depredador, abusador. Y cuando la comunidad de creyentes normaliza el acoso bajo términos como “tentación” o “debilidad”, está negando la sacralidad del cuerpo y el valor del alma de cada mujer, de cada niño o niña abusada.
Dios condena el abuso
Desde los profetas hasta Jesús, la Biblia es contundente: “¡Ay de los pastores que solo piensan en sí mismos!
” (Ezequiel 34). “Más le valdría que le ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al mar, que hacerse culpable de que uno de estos pequeños caiga” (Lucas 17:2). No hay ambigüedad en el juicio divino: el abuso es pecado, delito y una traición al Evangelio.
Sin embargo, también hay esperanza. Porque Dios no solo condena, sino que también sana. Él levanta a las víctimas, cura sus cuerpos y recuerdos, y les devuelve su voz. Él llama a la Iglesia a arrepentirse, a mejorar, a convertirse en un lugar seguro y no en un campo de batalla.
A las comunidades, se les invita a creer en lugar de juzgar, a los líderes en aceptar sus errores en lugar de defenderse
A las víctimas, a reconocer que no están solas.
Y a todos los creyentes y no creyentes, a recordar que la verdadera santidad no se mide por la apariencia, sino por la justicia, la compasión y la verdad.
Porque el Dios que servimos no es cómplice de ningún abuso, de ningún crimen. Es un Dios que se posiciona: del lado de los heridos, los silenciados,
los que han sobrevivido, y que aborrece todas estas cosas que hoy dañan a cada ser que El ama.
Ailin Katherine Palmera Amaya
Secretaria de comité de planeación en Afrihealth Optonet Association
Matrona Global (ECOSOC)
Embajadora de la paz
Embajadora de la salud África
Asesora Cumbre de las Américas