#MaríaMagdalena2.0
Ella emergió de sí misma
#MaríaMagdalena2.0
Ella emergió de sí misma, armada de la mujer;
Su pasar fue una primavera de abriles y rosas huyendo de la noche.
Su pasar fue un instante de destellos desplegados por los cielos.
Y allí vimos como el aire y los puñales se abrían a su paso.
La muchedumbre sabía quién era ella, pero no se atrevia a nombrarla.
Ella flotaba en los pensamientos,
con el perfume de rosas aferrado a su piel,
y con su cabello de destellos oscuros, que brillaban bajo el sol.
Ella era el silencio que todos esperaban.
Y en medio del aire trágico.
Ella era un regocijo aferrado a mi alma.
Todos vimos, como el camino se apresuraba para llegar a su encuentro,
Todos vimos, al instante fluyendo de sus ojos,
y todos deseamos el manantial que fluía de sus labios.
Su pasar dejaba huellas en el aire,
y se posaba en los semblantes, despejando sombras y dolores.
Sus pasos llenos de pasos sonaban confundidos con el aire apresurado.
Sus pasos llenos de pasos,
separaban la sangre del polvo y el polvo de la sangre.
Fue un instante cuando ella pasó por mi lado,
dejando semillas de amor y fe desconocidas,
y aliviando las lágrimas de sal y sangre que caían en azul.
El aire se aferraba a su cuerpo para no caer,
el infinito sacudía sus alas,
solo el polvo humedecido de rojo enrojecido,
continuaba su vuelo enfurecido.
La vi pasar con su manto salpicado de sangre,
y vi como la sangre se aferraba a su pliegues del manto,
Y vi que era una sangre herida brillante de sangre.
La algaberia era interminable,
los pájaros derraman cantos y mundos al revés.
Mientras tanto, ella caminaba mirando y no mirando.
Su paso era resoluto y sin desvíos,
y nadie pudo detener su caminar,
ni los gritos sedientos,
ni las espadas clavadas en el aire,
ni los puñales del templo en llamas,
ni los castigos de un Dios enloquecido.
Ella camina sólida,
mientras el tiempo la esperaba.
Ese era un tiempo detenido en heridas y en oraciones al revés.
Era un tiempo que quería huir de sí mismo.
Su caminar asemejaba una procesión,
y las miradas hacían de ella un pedestal.
Ella caminaba sólida,
entre soldados, sacerdotes, escribas y paganos.
Ella camina sólida,
en medio de los gritos que pedían vidas para la muerte.
Ella camina sólida,
despejando farsas y farzantes.
Desdeñando altiva las órdenes marciales,
desconociendo altiva las amenazas patriarcales.
Ella solo pensaba que morir no es morir,
que vivir es sentir y que su piedad era mayor que la piedad.
Sus labios temblaron frente al madero y los clavos.
Su mirada recorrió las heridas y los desgarros del amor.
Ella hizo silencio mientras su corazón desbordaba su latir.
Sabía que ella quiso al llegar a su destino,
para ofrecer el agua y la sangre de sus besos.
Allí, ella rompió sus vestiduras y sus delirios empapados de sangre.
Por primera vez inclino su cabeza en un rezo de secretos.
Mientras retumbaban los cielos,
sus ojos se llenaron de multitud por segunda y última vez.
Sus ojos tiritantes emanaban una pasión serena
y un amor limpio, lleno de mares y caminos.
Sí, un amor lleno de azares, sudores y respiros.
Todos la miraban y todos lo sabían, pero temían decirlo.
No dijeron que nada es mayor que ella,
ni siquiera la sangre derramada en el sendero,
ni las fuerzas del terror y la condena.
Nada es mayor que ella,
ni espadas ni templos ni murallas.
Nada es mayor que ella,
ni siquiera el crucificado en la rosa ensangrentada.
Nada es mayor que ella,
ni la corona de mil espinas,
ni la piedad derramada por los suelos.
Nada es mayor que ella,
ni aquel, que regó su sangre humedeciendo las espigas,
ni aquel que no culpa ni a puñales ni al destino,
ni aquel que se va escapando de la muerte pasajera.
ni aquel, que nos ofrece su sangre en vino.
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