#LectioDivinaFeminista
De la escucha a la mesa: experimentando a Jesús
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1. Lectio
¿Qué está pasando realmente en el camino?
Al leer Lucas 24, 13-35, nos damos cuenta de que los discípulos van saliendo de Jerusalén, están de espaldas a la ciudad (el lugar del dolor y de la espera que, a priori, parece infructuosa…) y se dirigen hacia la puesta del sol (el texto indica más adelante que la tarde cae).
Haz tu composición de lugar, recuerda que hacía 3 días presenciaban la crucifixión de Jesús… no solo hay dolor por la manera degradante de su muerte, sino por su muerte misma… además, con él parece que también muere el Mesías que esperaban, que cambiaría toda esa realidad de dolor que tenían años experimentando.
Como Cleofás y su amigo, siente el peso del recuerdo; cómo sería ese andar apesadumbrado, lento… Vuelve al texto y resalta aquellos elementos, descripciones, que más llaman tu atención.
Ante la llegada del compañero de camino, date cuenta cómo salen de sí mismos para increpar a ese “único forastero que no sabe lo que ha ocurrido”. Retoma el texto y resalta los verbos que surgen a partir de este momento…
2. Meditatio
¿Dónde me encuentro yo en este relato?
Como parte de nuestra naturaleza humana y muy particularmente femenina, podemos revisar el acontecimiento desde 3 puntos de vista bien distinguibles:
La miopía o ceguera que nos produce el dolor: A veces, el exceso de tareas cotidianas, de actividades por realizar, cuidados y atenciones que debemos gestionar, frustraciones, sueños truncados y un largo etcétera, nos impide ver claramente cómo Dios está a nuestro lado. ¿Qué preocupaciones o situaciones particulares me están impidiendo reconocer la presencia de lo sagrado en lo pequeño, en eso que precisamente me preocupa?
La capacidad de escucha: Escuchar es más que un mero acto fisiológico, más que la activación de uno de los sentidos; es una disposición más activa que pasiva por cuanto no solo oímos las palabras sino todo su contexto: lo que no se dice, el tono, la velocidad, la cadencia al hablar, el uso de ciertos adjetivos, las muletillas… los silencios.
Jesús llega preguntando: "¿De qué vienen hablando?".
La cocina, la sala de la casa, los encuentros para el mate, el té o el café con nuestras amigas, nuestros familiares o hasta el heladito con nuestros hijos es ese espacio privilegiado en el que practicamos la escucha como una herramienta sanadora… a riesgo de que se nos califique como “chismosas”, más allá de ello y a pesar de ello, la secuencia de preguntas da paso a la escucha atenta de cada experiencia y es así como nuestro corazón, nuestro intelecto, nuestra sabiduría ofrece ese espacio de “drenaje”, de expresión sin juicio que termina siendo una experiencia de sanación para nuestro interlocutor. ¿Reconozco en mí esa cualidad pedagógica de Jesús? ¿Cómo puedo cultivar esa "escucha sanadora" con otras personas, permitiéndoles desahogarse antes de dar respuestas?
El ardor en el corazón: Los discípulos que iban camino a Emaús no reconocieron al maestro por su cara, sino por lo que sentían mientras Él hablaba. Creo fervientemente que ahí está la clave para reconocer a Jesús en el hermano: necesito activar más y mejor mi “sexto sentido”, dejar de mirar (a veces mis ojos me engañan) y comenzar a ver con el corazón (¿recuerdas eso de que lo esencial es invisible a los ojos?). Traspasar las barreras de lo externo, de la apariencia y cerrar los ojos para observar y escuchar a Jesús que me habla, me pregunta, me busca desde el dolor, la necesidad, la frustración del otro… ¿Cuándo he sentido ese "ardor" interno que me decía que iba por el buen camino, aunque mi lógica me dijera lo contrario?
3. Oratio
¿Qué brota de mi alma al sentirlo cerca?
Ahora te toca a ti abrirle el corazón a Jesús, contarle de aquello que vas hablando por tu camino, dondequiera que te dirijas, dondequiera que vengas…
4. Contemplatio
Ahora, vámonos a la mesa. Siéntate con Jesús e invítale una bebida caliente: ofrécele del cafecito recién preparado, endulzado con la calma y la serenidad de saberte amada por quien te escucha…
Déjate invitar también por Jesús, quien te ofrece de su pan… lo parte y lo comparte… es Él mismo quien siempre te espera en su mesa, para que rehagas tus fuerzas, para que se rompan los silencios sin razón.
¿Cómo se siente la paz de su presencia?
Cierra los ojos y “mira” el momento en que Jesús parte el pan, escucha la corteza al quebrarse. Date cuenta de que eres amada, eres vista, siempre invitada y eres enviada…
5. Actio
¿Cómo llevo esta experiencia a mi cotidianidad?
El domingo pasado mirábamos a los discípulos “reunidos a puerta cerrada por temor a los judíos”, hoy nos damos cuenta de que Cleofás y su amigo van saliendo de Jerusalén, como huyendo del lugar donde han experimentado tanto dolor… Miedo y dolor, dos emociones que enceguecen, invitan al encierro y al aislamiento.
En ambas lecturas, el encuentro con Jesús evidencia un paso del miedo a la valentía, del dolor a la alegría, porque Jesús transforma nuestro luto en danza; creemos, aunque no lo “miremos”, porque lo reconocemos al partir el pan… Dichosas nosotras, cuando contemplamos con la sabiduría del corazón… y salimos y lo proclamamos vivo, caminando a nuestro lado y acogemos a todo el que quiera experimentar la fuerza de su presencia vital.
Si me permites la sugerencia: prepara una comida, una meriendita o un café esta semana con la intención consciente de que sea un espacio de encuentro sagrado. Invita a alguien que necesite ser escuchado y obsérvate en sus ojos, tal como Jesús te contempla a ti.
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