Imágenes de secuestros a la niñez en Estados Unidos como base para una reflexión teológica

#sentipensares2026

No hay seguridad sin justicia,

no hay ley que valga más que la vida,

no hay fe verdadera que no se ponga del lado de la infancia amenazada

Luz Estela (Lucha) Castro
26 ene 2026 - 01:48

En las últimas semanas hemos visto escenas que no deberían existir en ningún país que se diga democrático. Un niño de cinco años, Liam Conejo Ramos, de origen ecuatoriano, fue detenido por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) cuando regresaba de la escuela con su padre en Minneapolis.

El niño fue sacado del auto, intimidado y obligado a tocar la puerta de su propia casa para ver si había más personas dentro. Luego fue trasladado a un centro de detención en Texas. Un niño con mochila escolar convertido en instrumento de una redada.

Días después, Chloe Renata Tipan Villacis, una niña de apenas dos años, fue detenida junto con su padre y llevada también a Texas, aun cuando existía una orden judicial que exigía que la menor permaneciera en Minnesota. Una niña separada de su entorno, tratada como si fuera un expediente y no una persona.

En otro hecho que desató protestas masivas, Renée Nicole Good, madre de tres hijos, fue asesinada por un agente de ICE cuando intentaba huir. Su muerte dejó a tres niños huérfanos.

Hay una imagen que duele especialmente: un niño refugiado dentro de su casa graba desde la ventana cómo agentes de ICE, con el rostro cubierto, persiguen por la nieve a una mujer que corre con un bebé en brazos. El niño llora y suplica: “Por favor, no vengan. Por favor, no vengan”. Ese niño en la ventana recuerda a Ana Frank. No por comparación histórica ligera, sino porque es el rostro del miedo infantil frente a un poder que entra a las casas, rompe la intimidad y enseña a esconderse para sobrevivir.

Todo esto ocurre en el marco de una política migratoria endurecida, impulsada por Donald Trump, que ha ordenado a ICE actuar con lógica de guerra: redadas, detenciones sin orden judicial, persecuciones públicas y traslados forzados de niñas y niños lejos de sus comunidades.

Desde la fe, esto no es solo un problema político. Es un escándalo teológico.

Jesús dijo con claridad:

“Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque de quienes son como ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 19,14).

El Reino de Dios no se edifica sobre el miedo de la infancia, ni sobre la separación de familias, ni sobre la violencia institucional. En el centro del proyecto de Jesús están los cuerpos vulnerables, las vidas frágiles, las personas que no tienen poder. Cuando un Estado persigue a niñas y niños, no solo viola derechos humanos: niega el corazón mismo del Evangelio.

Desde la teología feminista aprendemos que la injusticia no es solo un acto aislado, sino una violencia estructural que rompe la trama que sostiene la vida. La persecución migratoria hiere especialmente a mujeres, madres, niñas y niños. No es casual: el patriarcado siempre descarga su fuerza sobre los cuerpos más vulnerables.

Liam, Chloe, los hijos de Renée, el niño que llora en la ventana, no son cifras ni casos más en un expediente. Son sujetos de dignidad, portadores de la imagen de Dios. La teología feminista insiste en que la fe no puede quedarse en discursos piadosos cuando la realidad grita. La fe es praxis: acompañar, proteger, denunciar, organizar, resistir.

El profeta Isaías lo dijo sin rodeos:

“Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, defended al oprimido, socorred al huérfano, abogad por la viuda” (Is 1,17).

Hoy, las y los huérfanos tienen rostro migrante. Las viudas tienen cuerpo de madre perseguida. Las y los oprimidos son niñeces con mochila escolar usadas como carnada.

Una Iglesia fiel al Evangelio no puede bendecir políticas de terror. Está llamada a ser refugio, no frontera; hospital, no cuartel; comunidad de cuidado, no aparato de control.

Desde una mirada feminista del Reino, decimos con claridad:

no hay seguridad sin justicia,

no hay ley que valga más que la vida,

no hay fe verdadera que no se ponga del lado de la infancia amenazada.

Estas imágenes no son solo noticia. Son un llamado espiritual. Nos preguntan de qué lado estamos. Si del lado del miedo o del lado del amor. Si del lado del poder que persigue o del Jesús que protege.

Porque el Jesús del Evangelio no entra a las casas a llevarse niños.

Jesús entra para abrazarlos.

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