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LLAMADAS A LA SANTIDAD
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(Buscamos el momento y el lugar adecuado para ponernos a la escucha de la Palabra)
Hacemos silencio exterior e interior. Acompasamos la respiración inhalando y exhalando lenta y profundamente. Relajamos nuestro cuerpo.
1. Lectura creyente (Lectio). Leemos el evangelio saboreando la Palabra descubriendo el mensaje de fe que guarda el texto bíblico. Las santas, que siguieron las huellas de Cristo, viven gozosas en el cielo, ‘viendo a Dios tal cual es’ y se alegran con Él para siempre.
Estad alegres y contentas, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
(Mt 5,1-16)
En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y discípulas, y él se puso a hablar enseñándoles:
Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.
Dichosos los que sufren, porque ésos van a recibir el consuelo.
Dichosos los no violentos, porque ésos van a heredar la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ésos van a ser saciados.
Dichosos los que prestan ayuda (misericordiosos), porque ésos van a recibir ayuda.
Dichosos los limpios de corazón, porque ésos van a ver a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ésos los va a llamar Dios hijos suyos.
Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.
Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo (hablen falsamente) por causa mía.
Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran recompensa; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os precedieron.
2. Meditación – Reflexión
La liturgia de la fiesta de todos los Santos nos invita a recordar, ‘pasar por el corazón’ las Bienaventuranzas del evangelista Mateo. Se nos proponen como un programa de vida cristiana. Quieren enseñarnos quién es dichoso y, sobre todo, cómo hay que obrar para participar en esa dicha.
Las ocho primeras bienaventuranzas, más cortas, forman un todo y se dividen en dos grupos de cuatro. Por otra parte, la cuarta y la octava se caracterizan por la presencia de la palabra ‘justicia’. Mateo la considera muy importante (aparece cinco veces en el sermón de la montaña).
La novena es de un estilo muy distinto. Va escrita en segunda persona: ‘vosotros’ y se dirige expresamente a sus discípulos/as para definir el papel de estos ante el mundo: vuestras buenas obras. Gracias a vuestras buenas obras seréis como el candil puesto sobre el candelero haciendo brillar la luz que Dios os ha concedido; o vosotros/as sois la sal de la tierra, la luz del mundo…
Veamos juntas estas dos bienaventuranzas: los que eligen ser pobres y los no violentos (los pobres de espíritu y los mansos de las traducciones clásicas). Esta procedía de Is 61,1 donde se trataba de los anawin. La de los no violentos está sacada literalmente del Sal 37,11. Ambas son traducciones distintas de la misma palabra anawin. Se trata en ambos casos de la misma realidad. El añadido ‘de espíritu’ nos indica que no se trata de la pobreza en sentido de indigencia, sino de una disposición espiritual. Pero, ¿cómo trasladar esta noción de pobreza a un plano espiritual? En los manuscritos del mar Muerto en Qumrán los pobres en espíritu, los anwey ruah son personas que se encorvan interiormente, que no se resisten, que no se rebelan, personas que poseen la ruah anawah, el espíritu de pobreza, una actitud espiritual hecha a la vez de humildad, paciencia y bondad.
Los padres de la iglesia lo interpretaron como los humildes, aunque fueron incapaces de justificar su interpretación. Es una tradición que se remontaría a una época en la que todavía no se conocía el hebreo y que se había mantenido durante siglos.
Existe, pues, un vínculo muy estrecho para ambas expresiones. Se trata de la anawah de los monjes de Qumrán donde se unen la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la no violencia, con la obediencia y la docilidad. Esa actitud la podemos encontrar en la segunda parte de Isaías (57,15. 66,2) y en el propio Mateo. Según él, Jesús se designa como un maestro manso y humilde de corazón. “Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo (manso) y humilde: encontraréis vuestro descanso, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).
Frente a los sabios y entendidos (Mt 11,25) es ahora el mismo Jesús el que se dirige a la gente sencilla. De hecho, los que pretenden ser sus guías les imponen cargas insoportables. Es el reproche que les hace Jesús en Mt 23,4. Jesús no impone obligaciones duras, excesivas mientras que los doctores de la ley abruman a la pobre gente con observancias y prácticas que hacen la vida imposible. La diferencia se sitúa más profundamente en las disposiciones de los respectivos ‘maestros’. Jesús les reprocha dos cosas: su dureza y su orgullo. La actitud interior de Jesús, humildad y mansedumbre, debe ser para los débiles estímulo para hacerse sus discípulos pues ese maestro es capaz de comprender su debilidad y mostrarse paciente con ellos/as.
El retrato de Jesús que nos presenta Mateo es muy complejo comparado con el de Lucas y Marcos. Para dirigirse a él antes hay que ‘avanzar hasta él’ (aparece 56 veces). Pero al mismo tiempo el Cristo de Mateo es mucho más manso, humilde y discreto.
He aquí dos textos característicos: Mt 12,15-21, donde no aparecen las palabras mansedumbre, ni humildad, pero es esa la actitud que destaca: no grita, no vocea, no rompe, no apaga… y Mt 21,5. Todas las exigencias del evangelio se reducen finalmente a conformar nuestros sentimientos a los de Cristo Jesús.
Dichosos los que prestan ayuda (misericordiosos) y los que trabajan por la paz.
Estas dos bienaventuranzas se refieren más al obrar que al ser. Son las bienaventuranzas del amor al prójimo.
La primera bienaventuranza nos previene que Dios utilizará con nosotros la misma medida que utilicemos nosotros con los demás.
Dos pistas de lo que Mateo entiende por ‘conducta misericordiosa’: se es misericordioso perdonando a los otros, y ayudando a los que se encuentran en apuros.
El tema del perdón lo encontramos en la parábola del siervo despiadado (Mt 18,23-35). Mateo inserta esta parábola en el llamado discurso sobre la vida en comunidad. La parábola insiste en la necesidad de perdonar y Mateo hace del perdón una condición para entrar en el reino de los cielos. En la introducción se afirma que el perdón tiene que repetirse de manera indefinida (18,21-22).
Mostrarse misericordioso es también ayudar a todos los que están necesitados. El texto más claro es Mt 25,31-46. Aunque aquí no encontramos la palabra misericordia, se inspira en acciones que el judaísmo llamaba ‘obras de misericordia’. Mateo propone las buenas obras que son accesibles a todo el mundo. Al añadir el perdón tenemos una idea bastante clara de la conducta que evoca esta quinta bienaventuranza.
Los que trabajan por la paz. Esta bienaventuranza no habla de los hombres pacíficos o que en buena armonía con todo el mundo como recomienda la catequesis primitiva. Se trata de una categoría que podemos traducir como ‘los que trabajan por la paz’. Y se convierte en una obra de misericordia muy importante a partir del siglo I. Se comprende fácilmente por qué es algo muy delicado reconciliar, enseñar a vivir en paz a los esposos, a los amigos, a los extraños. El mejor servicio que se puede prestar al prójimo es ayudarle a reconciliarse con los demás, buscar la paz con todos. En ese sentido se interpretaba el oráculo de Malaquías (3,23-24): la misión de Elías, el precursor de la venida del Señor, será una misión de reconciliación.
Mateo insiste en (7,12): “Así pues, tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la ley los profetas”. Esta regla de oro es en realidad la verdadera conclusión del sermón de la montaña. El v.17 constituía el tema general: “No penséis que he venido a derogar la ley los profetas. No he venido a derogar, sino a dar cumplimiento” (5,17). Jesús precisamente lo reduce todo a un solo principio. En el pensamiento de Mateo (7,12) no es más que una manera de decir: ‘amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos’. Y esto ya estaba en la ley: (Lev 19,18).
Mateo lo cita tres veces y le da más relieve para extenderlo a los enemigos (5,43) y en el episodio del joven rico (19,19). Por otra parte, la corrección fraterna es una forma concreta del amor que se debe al prójimo: no es posible la indiferencia ante el mal que recibe un/a hermano/a que se mete por un mal camino. No existe una bienaventuranza para los que practican la corrección fraterna, pero, sin duda, se inscribiría entre la de los misericordiosos y la de los que trabajan por la paz, en el lugar en que Mateo ha reservado a los limpios de corazón.
Dichosos los limpios de corazón: ésos van a ver a Dios.
Esta bienaventuranza nos orienta hacia la unidad que tenemos que realizar en nuestra vida entre el trabajo y la oración. Está sacada del Salmo 24,3-6. Aunque no aparece la promesa de ‘ver a Dios’ se expresa el deseo de ver a Dios con la palabra ‘venir a visitar’ (literalmente ‘buscar el rostro’) de Dios. También el Levítico (cap. 8 y 9) incluye la idea de arrancar del corazón las malas inclinaciones, la tendencia al pecado. Solo entonces se manifestará la gloria de Dios. Estamos muy cerca de esta bienaventuranza: para ver a Dios hay que purificar el corazón.
En Mateo la disociación entre lo interior y lo exterior, entre lo que se piensa y lo que se dice o se hace, es una hipocresía. Para conservar el sentido bíblico y evangélico habría que comprender la pureza de corazón como una perfecta correspondencia entre lo de dentro y lo de fuera, entre las intenciones y las acciones.
Sin embargo, el ser humano es incapaz de purificar él mismo su corazón. Es Dios el que va a tomar la iniciativa, creando en el hombre/mujer un corazón nuevo debido a la presencia de su Espíritu-Ruah.
Hay otros dos textos en los que Mateo habla de la pureza del corazón sobre las tradiciones antiguas (Mt 15,1-20), en donde Jesús les da respuesta; el segundo texto es muy curioso (Mt 23,26): la pureza del hombre/mujer depende exclusivamente del interior, del corazón.
Ver a Dios.
La promesa de la bienaventuranza traslada la visión litúrgica (ver a Dios en su templo) al final de los tiempos, cuando se inaugure el mundo nuevo. Dos hermosos textos del N. T. Apocalipsis: (Ap 22,3-4) Estamos en el mundo nuevo ya inaugurado. Ya no hay templo (no lo hay en la Jerusalén celestial: Ap 21,22); Dios mismo es el templo. El autor de la carta a los Hebreos: (Heb 12,14), es la santidad lo que les permite ver a Dios. Es ser llamado/a a su presencia para gozar de su intimidad.
Esta bienaventuranza promete una felicidad que se realizará en el mundo venidero, pero esta esperanza transfigura ya el presente: abre el presente hacia un porvenir gozoso. Nos promete que vamos a ver a Dios teniendo acceso a él, gozando de su familiaridad y entrar en relación personal con él, en diálogo con él. Todo eso es ‘ver a Dios’.
Esto es lo que promete esta bienaventuranza, aunque nos resulte inteligible; no nos dice nada si no tenemos cierta experiencia de lo que puede ser esa felicidad prometida. Puede hacernos vibrar en la medida en que conozcamos una experiencia análoga, la dicha de celebrar juntos la acción de gracias, la de entrar en relación con Dios en la oración interior y con los demás. Todo ello nos permite conocer, ya ahora, la anticipación de esa dicha y suscitar en nosotros/as el deseo y la esperanza de esta visión de Dios. La pureza de corazón tiene que permitirnos experimentar, ya desde ahora, una intimidad con Dios, una esperanza viva, gozosa de la dicha de ver a Dios en su reino.
Las bienaventuranzas se dirigen a todos los hombres y mujeres, cristianos o no cristianos, que practican ‘la justicia’. La versión pastoral de Mateo lo lleva directamente a las consecuencias que las bienaventuranzas tienen que tener en la vida cristiana. Es verdad, que la última solo se puede aplicar a los cristianos; pero puntualizando: de nada serviría sufrir persecución por causa de Cristo, si esa persecución no se padeciera ‘por la justicia’ (Mt 5,10) y si las acusaciones que la provocan no fueran ‘falsas’ (Mt 5,11).
En definitiva, las bienaventuranzas son ante todo una proclamación de felicidad y no solamente promesa de felicidad. No lo olvidemos.
3. Oramos
Abbá-Imma, fuente de toda santidad, por intercesión de tus santos y santas, que tuvieron en la tierra diversidad de carismas y un mismo reconocimiento en el cielo, haz que caminemos dignamente en la vocación particular con que nos has llamado a cada una de nosotras. Por nuestro Señor Jesucristo.
Ayúdame, Señor, a ser testigo fiel de las bienaventuranzas y tejer tu reino cada día.
4/5. Contemplamos al que es la Palabra. Vivimos la Palabra. Silencio y compromiso
Jesús y sus discípulos/as suben al monte, han entrado en una dimensión más alta dentro de uno/a mismo/a, ¿a qué dimensión nos referimos a la que no alcanza la común racionalidad?
No hay otra justicia más alta que el reencuentro con el propio Ser, que implica la liberación de los propios ‘egos’, ¿en qué momentos soy consciente de esto, me considero ‘desnuda’, ‘pobre’ ante el mundo que me/nos rodea?
Los santos/as son personas felices porque encontraron su verdadero centro, pasaron del tener al ser y del ser al dar y a darse. Al celebrar su fiesta también nosotras somos invitadas a participar en la fe, en su experiencia de alegría, de sereno abandono y una confianza total en el proyecto que la vida, brotando de las manos de Dios, va trazando en los caminos de los seres humanos. En tu vida personal y comunitaria, ¿qué santos y santas te han acompañado y te acompañan hoy?
En el mundo actual basta con mirar a nuestro alrededor para comprobar que los pobres siguen siendo pobres. El anuncio de felicidad que pronunció Jesús ¿se ha evaporado? La santidad es la meta realista a la que todo ser humano está llamado por el bautismo, es nuestra vocación, es una llamada dirigida a cada una de nosotras[1], ¿cómo la vivimos, la alimentamos?
Jesús inaugura el reino de Dios y confía a sus discípulos/as la tarea de establecerlo en el mundo. ¿Soy capaz de redimir y recuperar al ser humano terrenal ignorante que hay en mí, de su mitad eterna, luminosa, divina?
¿Qué obstáculos nos impiden llevarlo a cabo? Dicho de otro modo, ¿qué apegos, dependencias estamos dispuestos a soltar para liberarnos de una existencia de servidumbre, de conflictos?, ¿cómo vivimos, a veces, las incoherencias, las contradicciones, el pecado? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos/as a luchar por ello?
Nuestra civilización occidental, aun cuando algunos intenten cortarle sus raíces, está basada en el cristianismo. Sin embargo, en esta sociedad el motor de la acción sigue siendo el dinero, el poder, y no el servicio ¿Cómo pasar del tener al ser, más aún, del ser al dar, del tener para sí al ser para los demás?
El Dios de Jesús se pone de parte de los pobres, de los pequeños y de los débiles y no a favor de los ricos y poderosos. Y nosotros/as, ¿en qué andamos metidos/as? ¿Cómo practicamos la comunicación cristiana de bienes en nuestras comunidades?
Los jerarcas actuales, los poderosos que gobiernan el mundo (mal-gobiernan, perturban, arruinan, perjudican…) ¿de qué vestiduras falsas tienen que despojarse para extender su conciencia más allá de los ‘egos’ que les dominan y los ciegan? En términos bíblicos, ¿cómo alcanzarían la misericordia, es decir, aproximarse realmente a los otros, a los que viven bajo su responsabilidad, a la mayoría silenciosa, y comprender sus verdaderas necesidades?
Es en nuestra propia mente, liberada del deseo, del ‘ego’, de las pasiones, donde se puede ver el fondo y el tesoro escondido; es allí donde habita el Dios interno, donde el alma encuentra al fin su reposo. Allí el alma verá a Dios y encontrará su ser en Dios. ¿Cómo lo hago posible en lo cotidiano?, ¿cómo afrontar la propia alma dividida que se resiste a la Verdad, a perseverar y ser fiel a la Luz recién descubierta avivándola en contemplación enamorada?
No hay duda de que en esa lucha interna con una misma y también externa, con respecto a la incomprensión y presiones del mundo, harán que experimentemos una gran soledad en el corazón, pero una soledad que será bendecida con el gozo de una vida renovada por el Espíritu-Ruah.
De ahí la proclamación de Jesús que se hace presente cada día:
Estad alegres y contentas, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Música: Ain Karem. ¡Alégrate! Escucha. Te basta mi gracia. Sé mi luz
Luis Guitarra. ¿Quién nos puede dar lo que nos falta? ¿Quién?
Compartiendo la vida de las Bienaventuranzas con mis compañeras de camino:
“Elevo una oración de acción de gracias a Dios, por la forma tan profunda y cercana con la que acompaña nuestra realidad y nos permite compartir la suya y a la vez, oro por quienes nos encerramos en nuestro dolor y nos olvidamos de las necesidades de fuera. Quiero pedirle a Dios Padre y Madre la fortaleza de compartir la vida y el dolor, pues solo así desde la generosidad y la entrega, nos sanamos y salvamos unos a otros”.
Denles ustedes de comer. Luz Mery Bermeo de los Ríos. 8º T.O. (A) Mt 14,13-21
“La RUAH está frente a ti, no como una jueza inquisidora, que aparece con una lista de tareas, sino como una Presencia Amiga que contempla”.
El tesoro en el Surco de Nuestra Historia. Norma Melara. 17º T.O. (A) Mt 13,44-52
“Jesús te dice: no los dejaré huérfanos. El Espíritu que Jesús promete no es una fuerza abstracta. Es presencia. Es compañía. Es el que permanece cuando todos los demás se han ido a dormir”.
El lado materno de Dios. Mayte Olivares. 6ª Pascua (A) Jn 14,15-21
“Que mediante gestos pastorales de cuidado y ternura llevemos nuevas esperanzas a quienes sufren el agobio y la indefensión que produce la injusticia.
Haz de nuestras manos un canal de sanación y de nuestras palabras, anuncio de la vida digna y plena que Tú ofreces”.
Pastoral de la compasión y la esperanza. Silvia Rodríguez de Chiappero. 11º T.O. (A) Mt 9,36-10,8
“Leer estas parábolas desde el feminismo implica afirmar que sostener la vida —como propone el Evangelio— exige condiciones de justicia: acceso a la palabra, a la participación, a la dignidad y a la igualdad”.
Sostener la vida desde los derechos humanos: una lectura feminista de Mt 13, 24–43. María Andrea González Benassini. 16º T.O. (A)
“Seguir haciendo camino en el discipulado de iguales, es nuestro compromiso en lo pequeño y cotidiano, en lo que no se ve a los ojos de las estructuras socio-eclesiales que invisibilizan los intentos por ser más cercanas a la propuesta de Jesús, pero que nada detendrá ya el horizonte señalado por Jesús y que sigue siendo tan actual como en aquel tiempo”.
¡Alégrate, canta hija, mira a tu Rey que viene a ti! Azucena Correa Plata. 14º T.O. (A) Mt 11,25-30
“Señor Jesús, desde mi ser de mujer, aquí me tienes. Una vez más quiero colaborar en la construcción de tu Reino. Regálame tu gracia y tu sabiduría para que, en medio de las adversidades y la indiferencia de algunos de mis hermanos/as, pueda seguir siendo instrumento de paz y de comunión”.
Resistir la adversidad, tejer comunidad. Yolanda Olivera Alberca. 19º T.O. (A) Mt 14,22-33
[1] Concilio Vaticano II: “Uno es el pueblo elegido de Dios, una misma es la dignidad de sus miembros, una misma es la gracia de todos sus hijos e hijas y una misma es su vocación a la santidad o perfección cristiana”, es decir, la llamada que a todos/as se nos hace a la santidad LG 32)
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