#8MCuaresma
YO SOY LA LUZ DEL MUNDO
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La humanidad a lo largo de su recorrido ha buscado siempre la luz, varios tipos de luz: La energía que alumbre sus noches para espantar sus miedos, la luz que ilumine su mente para aclarar preguntas y misterios, la luz que guíe su corazón hacia los lazos del amor… La luz ha presidido por siglos la evolución humana. Esas palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo” (que nos recuerda el evangelio de este domingo) son a la vez atrevidas y enigmáticas. ¿Qué significa para nosotras las mujeres que Jesús se presente como nuestra luz, más allá de su condición de varón?
En primer lugar nos invita a mirarlo. A escuchar sus palabras, a seguir sus caminos y descubrir su actuar. Si lo miramos desde nosotras, desde nuestro ser de mujeres, desde nuestras preguntas particulares… surge de lleno una cuestión: ¿Cómo se relacionó él con las mujeres, cómo se situó frente a ellas? En este sentido vamos a encontrar muchas respuestas:
Rompió los patrones de su época que lo distanciaban de ellas y se relacionó con libertad.
Las curó a ellas y a sus familias de padecimientos y respondió a sus necesidades.
Recorrió Galilea en su compañía, ellas hicieron parte de su grupo misional y de sus apoyos.
Fue su amigo personal, particularmente de las hermanas de Betania.
Y algo definitivo: escogió a una mujer para ser la primera persona que anunciara su resurrección.
Todo esto nos dice mucho: Las mujeres fuimos parte importante de la vida y la palabra del maestro de Galilea. Por ello todo lo que él tenga que decir al mundo, nos lo dice a nosotras, él siempre nos tuvo en su mirada.
Y es claro que su palabra ilumina, llama a la búsqueda, invita a trascender circunstancias estrechas y a surcar mares anchos. En medio de este mundo en el que habita la violencia y el odio; en el que las mujeres no contamos y somos carne de cañón y de violaciones… el llamado de Jesús a amarnos, entregarnos, acogernos… es indiscutible que ilumina un camino alternativo, un camino de resistencia, un camino hacia otro mundo posible, hacia otras relaciones distintas.
Por eso esas palabras: Yo soy la luz del mundo… nos interpelan y nos señalan rutas para iluminar nuestro ser, nuestras búsquedas y el ámbito de nuestras relaciones. Podemos caminar serenamente por los caminos de Jesús, más allá de lo que dictaminen los patrones eclesiales, acercándonos nosotras mismas “hasta tocar su manto”, para que la gracia de su propuesta de vida nos habite y libere.
Carmiña Navia Velasco
Tercer domingo de cuaresma
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