#LectioDivinaFeminista
"Mujer, qué grande es tu fe"
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Lectio (Lectura)
21 Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. 22 Y hubo una mujer cananea, de aquella región, que salió y se puso a gritarle: Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo. 23 Él no le contestó palabra. Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle: Atiéndela, que viene detrás gritando. 24 Él les replicó: Me han enviado solo para las ovejas descarriadas de Israel. 25 Ella los alcanzó y se puso a suplicarle: ¡Socórreme, Señor!
26 Jesús le contestó: No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perritos. 27 Pero ella repuso: – Anda, Señor, que también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Jesús le dijo: ¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.
Meditatio (Meditación)
Iniciamos esta meditación invocando a la divina Ruah, para abrir nuestra mente y corazón a la reflexión sobre las lecturas de este domingo.
A título personal debo confesar que este es uno de los episodios que más me emociona, como mujer, como madre y como seguidora de Jesús. Es, además, el ejemplo perfecto de la universalidad del mensaje de salvación, y el único momento en que se establece una relación de verdadera reciprocidad entre Jesús y otra persona: Él le da la sanación a la hija, ella le devuelve una enseñanza sobre su propia misión.
Comenzamos con la imagen de un Jesús exiliado. Después de un discurso sobre la tradición y los ritos de purificación con los fariseos, se aleja del terreno judío para adentrarse en territorio pagano. El Evangelio no dice por qué, pero se entiende en la secuencia del relato que busca dar quietud a las aguas agitadas que dejó tras de sí. Es justo ahí, en ese paréntesis de exilio, donde aparece una mujer cananea; acérrima rival de israelitas y judíos desde los tiempos de Moisés, que se acerca al séquito que rodea a Jesús. A diferencia del mismo relato en Marcos, Mateo la presenta en el camino, no dentro de una casa, quizá para enfatizar más el drama de su condición pagana: no tiene techo, no tiene lugar, solo el camino y su grito. No menciona su nombre, no da de ella otra característica más que esa “mujer pagana” y sin embargo exclama la oración del Santo Nombre de Jesús: "Señor, Hijo de David, ten compasión de mí." Apenas sabe quién es a quien llama, probablemente nunca lo había visto, pero en una sola frase reconoce que es Dios (Señor), que es el Mesías (Hijo de David) y que ella, en su condición de creatura, necesita de Él (ten compasión de mí). Ha dado cátedra, sin saberlo, a todo el tumulto de seguidores que lo rodea, los mismos que solo atinan a fastidiarse: "Despídela."
Llama la atención que Jesús sabe su lugar: sabe que él es el Mesías que ha de venir a liberar al pueblo de Dios, no más. Pero la mujer no cede, insiste, y no solo grita de lejos, sino que se acerca hasta postrarse: "¡Señor, ayúdame!" Y entonces viene el diálogo que lo dice todo.
Jesús se sabe como el pan, el pan que alimenta a todo aquel que tiene hambre, y no del hambre física sino del alma. Por eso responde que todo Él pertenece solo a los hijos de la Casa de Israel. La mujer no discute esa frontera: la reconoce. Acepta que, en su condición de pagana, es como un perro, un animal no del todo grato entre los judíos, un animal que representa el desprecio. Aunque en algunas traducciones aparece la palabra "perrito" para suavizar la dureza de esa imagen en culturas como la judía, lo verdaderamente importante no es la palabra, sino el giro que la mujer le da: "también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños." Xabier Pikaza la llama "la catequista de Jesús", porque en esa sola frase le da una enseñanza teológica sobre su propia misión como Mesías. Primero, la palabra "migajas": Jesús ya no es el pan reservado para los hijos de la casa de Israel, sino también las sobras que ellos desechan. Y remata con algo más fino todavía: la mesa de SUS dueños. Ahí rompe la imagen del perro como animal incómodo y la traslada a la de un miembro de la familia, el que espera a un costado, atento a lo que los dueños dejan caer.
La hija de la mujer es sanada por su fe, y Jesús recibe, a cambio, una lección sobre el alcance real de su propio ministerio. Tal como dice la primera lectura de Isaías: "A los extranjeros que se han dado al Señor los traeré a mi monte santo." La visión de Jesús se abre, y cae en cuenta de que su Palabra debe llegar a todo aquel que desee escucharla, sin importar género, origen étnico o edad.
Vale la pena rescatar dos cosas de este episodio. La primera es la necesidad de esta mujer y su plena confianza en que Jesús la ha de escuchar, aunque no para salvarla a ella directamente, sino a su hija; y es justo a través de ese milagro ajeno que ella misma resulta salvada de su propia miseria. La segunda es esa frase final: "¡Qué grande es tu fe!", le dice Jesús en el momento en que la hija queda sana. Vale la pena compararla con lo que leíamos hace un par de domingos, en el capítulo anterior de Mateo, cuando Jesús recriminaba la poca fe de Pedro al temer la fuerza del viento mientras caminaba sobre el agua; la poca fe de alguien que llevaba tiempo siguiéndolo y que, con sus propias palabras, ya lo había reconocido como "el Hijo de Dios vivo". Ahí está el contraste: la fe no necesita discursos teológicos ni trayectoria, no se trata de quién pone más o mejores esfuerzos, sino de sostener una confianza plena en Aquel que la merece.
Oratio (Oración)
Señor, Hijo del Dios vivo. Ten compasión de mí.
Dame, a través de tu Palabra, la confianza de esa mujer que no se retira ante el silencio ni se rinde ante la primera respuesta difícil.
Enséñame a acercarme como ella, postrada, sin orgullo, dispuesta a recibir aunque sea las migajas de tu mesa, porque sé que hasta tus migajas alcanzan para sanar lo que en mí y en los míos está enfermo.
Gracias porque en ti no hay extranjeros ni excluidos, porque tu pan es también para quien parecía no tener lugar en tu casa. Ensancha mi fe pequeña como ensanchaste tu mirada aquel día en el camino, y dame el valor de pedir sin vergüenza por quienes amo, como ella pidió por su hija.
Que no necesite grandes palabras ni largos años de seguirte para merecer tu "qué grande es tu fe" que me baste con confiar plenamente en ti, quien merece toda mi confianza.
Amén.
Contemplatio (Contemplación)
Cierra los ojos, mantén una postura cómoda y sitúate en la escena. Vas caminando detrás de Jesús, en medio del grupo que lo sigue. Siente la tierra bajo tus pies: el polvo del camino, las piedras pequeñas, el calor que sube desde el suelo. Siente el sol de la tarde sobre tu piel, el aire seco, tal vez el sudor en la frente. Todo es ordinario, todo es cotidiano, hasta que a lo lejos empieza a escucharse una voz.
Al principio es apenas un eco, casi se pierde entre el ruido del camino. Pero con cada paso que das, esa voz se hace más clara, más urgente: "¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí!" No es una voz serena. Es un grito que viene desde el fondo de alguien que ya no tiene nada que perder.
Detente ahí un momento y observa: ¿quién grita? Siente el fastidio a tu alrededor, las voces que dicen "despídela", la incomodidad de los que preferirían no verla ni oírla.
Y ahora, en lugar de mirarla desde fuera, deja que esa mujer seas tú. Siente su desesperación como propia. Siente que lo que grita, lo gritas tú: hay algo en ti, o en alguien que amas que necesita ser sanado y que ya no puedes cargar en silencio. Deja que esa dolencia tome forma en tu pecho, aunque sea incómodo nombrarla. No la disfraces. No la suavices. Solo déjala estar ahí, tan real como el polvo bajo tus pies.
Y ahora avanza. Sal del grupo, aunque los demás te miren con extrañeza. Acércate a Jesús. Dile lo que necesitas decirle, con tus propias palabras, sin ensayarlas.
¿Cómo responde?
¿Te mira? ¿Guarda silencio? ¿Te pone a prueba, como puso a prueba a la mujer cananea? ¿Qué sientes cuando parece no responder de inmediato? ¿Qué haces tú con ese silencio: te retiras o insistes?
Permanece ahí, en ese instante de espera, cuanto necesites. No busques resolverlo rápido. No fuerces una respuesta si todavía no llega.
Permanece en silencio cuanto necesites. No hay prisa. Dios también espera.
Actio (Acción)
Mucho se habla de la fe, de lo que representa ese "granito de mostaza" en el plano terrenal, esa fe pequeña que sin embargo puede mover montañas. Y a lo largo del Evangelio resulta revelador notar que son, con frecuencia, las mujeres quienes despliegan una fe capaz de interpelar a Jesús mismo. Una fe tan firme que pareciera "torcerle el brazo", modificar sus planes, ensanchar los límites que Él mismo parecía haberse trazado. No son las que más saben de la Ley, ni las que llevan más tiempo siguiéndolo: son las que se atreven a pedir sin vergüenza, a insistir sin soltar, a creer sin condiciones.
Te dejo unas preguntas para meditar esta semana
La mujer cananea no midió su fe por sus credenciales ni por su pertenencia, sino por su necesidad y su confianza. ¿En qué área de tu vida te has quedado callado o callada por sentir que "no tienes derecho a pedir"?
Ella insistió incluso cuando el silencio de Jesús pudo leerse como rechazo. ¿Hay algo por lo que dejaste de insistir demasiado pronto, algo que soltaste antes de tiempo?
Su fe no cambió a Jesús: reveló quién era Él en realidad: el pan también para los que parecían quedar fuera. ¿Qué idea tienes de Dios que quizás sea más pequeña de lo que Él realmente es?
Esta semana, ¿a quién puedes acompañar con la misma insistencia con que ella pidió por su hija? ¿Por quién necesitas "gritar" en oración, aunque sea en voz baja?
Si hoy tuvieras que resumir tu fe en una sola frase, como lo hizo ella con "los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños", ¿qué dirías?
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