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“No tengan miedo”
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Lectio (Lectura)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.
Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.
Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo, también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo
Meditatio (Meditación)
Iniciamos esta meditación invocando a la divina Ruah, para abrir nuestra mente y corazón a la reflexión sobre las lecturas de este domingo.
No es casualidad que la frase "no teman" sea una de las más repetidas a lo largo de toda la Biblia y, de manera particular, en los Evangelios. En esta perícopa, Jesús la pronuncia tres veces. Además del simbolismo teológico que encierra el número tres, vale la pena detenerse en una pregunta más honda: ¿desde dónde nace el temor?
El miedo es quizás uno de nuestros sentimientos más primitivos, y no es en sí mismo algo malo. Al contrario: a lo largo de la historia, el miedo ha sido un motor de evolución, tanto en el campo de la ciencia como en el de la experiencia religiosa. Ha salvaguardado vidas, ha impulsado búsquedas, ha abierto preguntas. Pero hay que distinguir ese miedo instintivo y vital de otro tipo de miedo: el miedo aprendido, el construido racionalmente, el que nos aleja de la plenitud. Ese miedo que puebla nuestros escenarios más catastróficos, que anticipa un futuro donde ya no somos nosotros mismos y no podemos sostenernos. Ese es el miedo que va en contra de la fe y de la confianza.
Cuando Jesús dice "nada hay cubierto que no llegue a descubrirse", no lo dice como amenaza. Lo dice como una proclamación de la verdad: no hay nada en nosotros que, a la luz de Dios, deba ser ocultado ni temido. ¿Por qué entonces tenemos miedo? Porque anhelamos lo que no podemos garantizarnos, y ese anhelo insatisfecho genera angustia. Porque no estamos seguros de poder conservar lo que creemos tener, y esa inseguridad genera temor. El miedo racional, en el fondo, es hijo de nuestros apegos.
Hay además un miedo más sutil y profundo: el que nace de creer que somos algo distinto a lo que en realidad somos. Construimos un yo falso, una imagen de nosotros mismos tejida de expectativas, miedos heredados y máscaras sociales, y luego nos aferramos a esa quimera como si fuera nuestra única identidad. Si en verdad conociéramos nuestro ser más hondo, no sólo no temeríamos: podríamos vivir en plenitud, con la serenidad de quien sabe que su fundamento no depende de las circunstancias.
Jesús nunca prometió un camino recto, lleno de luz y sin obstáculos. Tarde o temprano, todos, sin excepción, nos enfrentamos a circunstancias que nos sacuden. No se trata de creer que, si me meto en problemas, Dios llegará a rescatarme como un superhéroe que enmienda el guion. Se trata de algo más verdadero y exigente: que aun en medio de las dificultades, el miedo no tiene la última palabra sobre lo que somos. Dios no es la garantía de que todo va a salir bien. Es la presencia que acompaña en todo el camino, en lo luminoso y en lo oscuro.
Y el primer paso para vivir así es soltar. Abandonarse. Confiar en que nuestro ser no depende de nosotros mismos, abrirnos a la posibilidad de un Dios que sostiene nuestro pasado, habita nuestro presente y abre nuestro futuro.
Confiar en Dios no es confiar en un ser exterior que, desde afuera, puede darnos lo que anhelamos si se lo pedimos bien. Es algo mucho más íntimo: descubrir que Dios es el fundamento de mi propio ser, que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. Confiar en Dios es, en última instancia, confiar en la vida, en lo que somos de verdad, en la realidad tal como es.
Por grande que sea el motivo para temer, siempre será mayor el motivo para confiar. Confiar en Dios es aceptar la realidad que Él quiso, tal como la quiso, sin exigirle que intervenga desde afuera para rectificar su propia creación.
Quiero cerrar con algo personal. Mientras escribo estas palabras, quiero confesar que estoy atravesando una prueba difícil, una en la que el temor me ha invadido hasta el punto de paralizarme. Sé que puede sonar incongruente con todo lo que acabo de escribir. Pero precisamente por eso lo digo: porque es lo que creo, y es lo que me ha sostenido cuando las palabras ya no alcanzan. La certeza de que las dificultades se presentan, pero que por encima de todo está la mano de Abbá-Immá tomándome con ternura para seguir adelante.
Cada día, en medio de esta prueba, he recibido un mensaje de alguna persona querida. Y en cada uno de esos mensajes, en cada oración recibida, he descubierto que ahí late fuerte la esencia del Dios Bueno. Que se transparenta. Que no se ha ido.
Eso también es fe. Quizás la más real de todas.
De corazón, gracias.
Oratio (Oración)
Abbá, Immá,
tú que eres el suelo que piso antes de que yo sepa que estoy de pie:
hoy quiero ser honesta. Tengo miedo.
Ese miedo que construyo con todo lo que no quiero soltar, con todo lo que intento controlar antes de que llegue.
Jesús dijo: no teman. Hoy te pido que esa frase llegue a la parte de mí donde más oscuro está.
No para que desaparezcan las dificultades, sino para recordar que tú no eres la garantía de que todo saldrá bien, sino la presencia que no se aparta cuando nada sale como esperaba.
Ayúdame a soltar. Enséñame a confiar no como quien espera un rescate, sino como quien descubre que tú eres el fundamento de mi propio ser.
Por grande que sea hoy mi motivo para temer, recuérdame que siempre será mayor el motivo para confiar. Me abandono en ti, porque sé que al final de la pendiente, estás ahí para recibirme con tus amorosos brazos.
Amén.
Contemplatio (Contemplación)
Cierra los ojos.
Imagínate en un camino polvoriento, al aire libre, bajo un sol que ya calienta aunque todavía es temprano.
Hay otros caminando contigo. Algunos los conoces. Otros no. Todos van en la misma dirección, aunque nadie está del todo seguro de lo que les espera adelante.
Jesús camina entre el grupo. No al frente, marcando distancia. En medio, como uno más, aunque algo en su manera de moverse hace que los demás le busquen con la mirada.
Obsérvalo. ¿Cómo camina? ¿Habla o guarda silencio? ¿A quién mira?
Ahora hazte presente en la escena con todo tu cuerpo.
Escucha. El sonido de las sandalias sobre la tierra. El viento entre los arbustos secos. Las voces del grupo, algunas nerviosas, algunas que preguntan en voz baja lo que no se atreven a preguntar en voz alta.
Mira. El camino que se bifurca más adelante. Los rostros de los que caminan junto a ti, con sus propios miedos, sus propias cargas que no siempre se ven.
Siente. El peso de lo que traes contigo hoy. No lo que dejaste en casa. Lo que cargaste sin darte cuenta al levantarte esta mañana: esa preocupación que vuelve sola, esa incertidumbre que no tiene nombre todavía, ese nudo que no sabes bien dónde empieza.
En algún momento del camino, Jesús se detiene.
No hace un gesto solemne. No espera a que todos guarden silencio. Simplemente, dice, como quien lleva tiempo queriendo decirlo:
"No teman."
Y lo dice mirando a alguien del grupo.
Permítete imaginar que te mira a ti.
No con la mirada de quien evalúa si mereces o no ser tranquilizado. Si no con la mirada de quien ya sabe exactamente lo que cargas, y aun así dice: no teman.
¿Qué sientes al recibir esa mirada? ¿Hay algo en ti que quiere creerle y algo que todavía resiste? No fuerces nada. Obsérvalo.
Quédate con alguna de estas preguntas. No para responderlas con la cabeza, sino para dejar que resuenen adentro:
Actio (Acción)
Hoy no se trata de hacer algo grande. Se trata de hacer algo verdadero.
Identifica un miedo concreto que estés cargando en este momento. No el miedo en abstracto. Uno. Con nombre y apellido.
Puede ser una conversación que has estado postergando. Una decisión que evitas porque no sabes cómo va a salir. Una situación que controlas tanto porque en el fondo te aterra soltarla.
Primero: nómbralo. Escríbelo en papel o dilo en voz baja. No para dramatizarlo, sino porque lo que se nombra pierde parte de su poder sobre nosotros. El miedo crece en la oscuridad y se achica cuando se le mira de frente.
Segundo: pregúntate honestamente: ¿Este miedo me está cuidando o me está encogiendo? ¿Me protege la vida o me aleja de ella? No hay respuesta incorrecta. Solo hay que estar dispuesto a escuchar la propia.
Tercero: da un paso. Solo uno. No hace falta resolver todo hoy. Puede ser tan pequeño como enviar ese mensaje que has dejado pendiente, decir en voz alta algo que has callado demasiado tiempo, pedir ayuda a alguien de confianza, o simplemente sentarte con la incertidumbre sin huir hacia la siguiente distracción.
Un paso. El que tú sabes cuál es.
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