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La Venida del Espíritu Santo o Pentecostés
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La imagen nos conecta y nos recuerda que la Iglesia nació en una comunidad de iguales, donde se practicó una visión de inclusión, circularidad y misión compartida, el papel de la mujer era fundamental, porque al acoger estas dinámicas lograba que la misión materna de la Iglesia se plenificara en la construcción de vínculos entre iguales, reconociendo que tanto la presencia del hombre como la mujer nutren y alimentan.
A simple vista, el cuadro permite inferir que la relación de igualdad entre discípulos y discípulas fue real y concreto. María aparece como la primera discípula que atestiguó las incertidumbres de sus compañeros/as. Su presencia, junto a la de otras mujeres, anuncia que el fuego de la Ruah Divina no discrimina ningún género. Las lenguas de fuego sobre sus cabezas podrían simbolizar la democratización de la palabra. Es decir, las mujeres no son solo receptoras de la revelación, sino sujetos autorizados para anunciar, profetizar, testimoniar y liderar en igualdad de condiciones.
No puedo dejar de mencionar que la figura del hombre escribiendo en primer plano me interpela. Me recuerda que, a lo largo de la historia, se nos ha hecho entender que lo masculino ha mediado la experiencia de lo sagrado, decidiendo qué nombres registrar y cuáles condenar al olvido. Esta mirada profunda y cualitativa nos invita a preguntarnos por los “Evangelios silenciados” de aquellas mujeres que también recibieron el fuego y que también escribieron. La escena nos urge a recuperar la autoría femenina de la fe, entendiendo que la Ruah Divina es una energía que rompe los moldes del patriarcado para instaurar una comunidad de iguales, donde la voz de las mujeres siga denunciando cualquier tipo de violencia o silenciamiento.
Finalmente, la pintura nos recuerda que las mujeres siguen gestando la espiritualidad. Esta no es una idea abstracta, sino que toma cuerpo, estructura y resistencia; se hace pensamiento y emoción que nos llevan a entretejer sorofraternidades desde la transparencia y la rendición de cuentas que tanta falta nos hace hoy en la Iglesia. Pentecostés es el milagro de la unidad en la diversidad, un mandato de hospitalidad radical donde la voz de la mujer reclama su lugar legítimo en el altar de la historia.
Yolanda Olivera Alberca, fmmdp
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