Primera mujer Arzobispa de Canterbury, un momento agridulce para las mujeres católicas

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La investidura de la nueva líder espiritual de una de las comuniones de hermanas más cercanas al catolicismo es, con toda certeza, una “nueva circunstancia”.

#traslashuellasdesophía (40)
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Mary E. Hunt
15 abr 2026 - 02:09

Aclamamos a la Arzobispa Sarah, pero también a nuestras compañeras que ofician a pesar de la excomunión y de la necedad del patriarcado.

Mary E. Hunt*

Los movimientos tienen sus momentos. La investidura de Sarah Elisabeth Mullally como Arzobispa de Canterbury durante la Fiesta de la Anunciación 2026 fue uno de esos momentos para la igualdad de la mujer en la religión. Varios milenios después de que María supuestamente aceptara ser la madre de Jesús, una enfermera oncológica se convirtió en sacerdote anglicana (y después en Obispa de Londres), fue la primera mujer del mundo en ocupar la Cátedra de San Agustín, en ser la “primera entre iguales” y fue líder espiritual de la Iglesia anglicana. Chaucer no lo había imaginado.

La Conferencia de Ordenación de Mujeres católicas romanas organizó una watch party en Zoom. Yo asistí y el contraste entre el progreso anglicano y el rechazo católico romano del oficio de las mujeres contribuyó a que el evento fuera agridulce.

Durante la ceremonia celebramos un techo de vidrieras que se había hecho añicos. Lloramos, ya que millones de mujeres, vivas y muertas, fueron reivindicadas en nuestro esfuerzo por reclamar plena humanidad y el derecho al liderazgo en santuarios que habían sido protegidos. Aclamamos a la Arzobispa Sarah, pero también a nuestras compañeras así como a nosotras mismas que oficiamos a pesar de la excomunión (para las mujeres sacerdotes católicas romanas) y de la necedad del patriarcado.

A pesar de la alegría que se experimentó ese día hay mucho que reflexionar ya que la Iglesia anglicana, constituida por más de 40 iglesias autónomas con más de 100 millones de miembros, va hallando su camino postcolonial. No es ninguna coincidencia que una mujer esté ahora en una posición que podría acabar siendo reconsiderada e incluso suprimida. Es evidente que desde hace un tiempo ya se está produciendo un debate en torno a esta idea, pero la investidura de Mullally podría acelerar el proceso.

La Comunión anglicana está aumentando de forma exponencial en África y en Asia donde las mujeres participan de forma activa. El hecho de que una mujer sea líder no es nuevo allí tal y como se comprobó en el acontecimiento de Canterbury gracias a la presencia significativa de mujeres clérigas africanas. Aun así, aquellos que se oponen a la ordenación de mujeres abundan en los círculos anglicanos.

He aquí un reto postcolonial primordial: ¿Por qué la Arzobispa de Canterbury sigue siendo la líder espiritual de la Iglesia? ¿Por qué Inglaterra siempre es el centro del universo anglicano? ¿Por qué no una obispa africana, por ejemplo? Se trata de preguntas que se debatirán a lo largo de los próximos seis años del mandato de la Arzobispa Mullally. Incluso en una ocasión de celebración las dinámicas del colonialismo precisan de una atención respetuosa y prudente no sea que se dé el caso de que las mujeres, si bien de forma involuntaria, las puedan consolidar y reproducir.

Las mujeres anglicanas en Inglaterra fueron ordenadas al sacerdocio en el año 1994 y al episcopado en el 2015. En este sentido, el ascenso relativamente rápido de la Arzobispa Mullally para ser primus inter pares, es decir, de ser ordenada sacerdote en 2002 y ser consagrada obispa en 2015, es ya en sí mismo destacable. Encontrar una manera normal o por lo menos tolerable para seguir adelante precisará de los métodos de mediación de una líder hábil. Le deseo mucha suerte.

Las mujeres anglicanas son relativamente nuevas en referencia al estado clerical en una Iglesia que fue fundada en el siglo XVI. Florence Li Tim-Oi, la primera mujer sacerdote anglicana, fue ordenada en el año 1944 en China. El obispo que la ordenó no era partidario de la ordenación de mujeres. Era un pastor íntegro y comprometido a proveer los sacramentos a los anglicanos en Macao donde no había hombres ordenados. La Rvda. Florence, que fue ordenada diaconisa en 1941, ya había oficiado sacramentalmente allí. Por consiguiente, desde el punto de vista pastoral, tenía sentido que se convirtiera en sacerdote.

En el año 1974 en los Estados Unidos 11 mujeres diaconisas episcopales fueron ordenadas sacerdotes de forma válida, aunque ilícita. Este hecho generó reacciones de todo tipo. Algunas personas estaban exultantes, como por ejemplo las mujeres católicas romanas que esperaban ser ordenadas pronto. Sin embargo, una diaconisa explicó que seis meses antes de convertirse en sacerdote colaboró en un oficio en la iglesia Riverside en Nueva York: “En el momento de la comunión un sacerdote al cual le estaba sirviendo el vino me arañó la mano y me dijo que me quemara en el infierno.” No era ni seguro ni fácil.

No obstante, la Convención General de la Iglesia Episcopal en 1976 votó para ordenar a mujeres sacerdotes y obispas, y las puertas se abrieron de par en par. Las primeras ordenandas habían “regularizado” su situación y más tarde hubo grupos formados por un porcentaje cada vez más elevado de mujeres. Hace poco asistí a una ordenación diaconal de seis personas, todas ellas mujeres. La sacerdote Barbara C. Harris de Estados Unidos fue la primera mujer obispa anglicana ordenada en 1989.

Para las mujeres católicas romanas la investidura (también llamada la entronización) de Sarah Mullally supuso una lección en lo que respecta a la superación de barreras. Casada y con hijos, a los 40 años inició los estudios de Teología después de una carrera como enfermera y obstetra. Fue la persona más joven en Inglaterra en convertirse en jefa de enfermería. Compaginó su trabajo como enfermera con su formación teológica de 1998 a 2001 siguiendo un programa local. En 2004 Sarah Mullally abandonó la enfermería para dedicarse completamente al servicio religioso.

Esto dista mucho de la preparación de muchos de sus predecesores, es decir, de obispos y líderes de comuniones. Si bien la mayoría de ellos han tenido una formación en Oxford o en Cambridge, no necesariamente han contado con mucha experiencia fuera del mundo teológico.

Muchas mujeres católicas romanas saben comunicar. Como no podemos ser ordenadas de forma válida y lícita hemos construido nuestras propias vías hacia el sacerdocio. Se puede observar el siguiente contraste. Por un lado, la dilatada experiencia de muchas mujeres que dirigen hospitales, enseñan en jardines de infancia y en universidades de prestigio, trabajan en el ámbito del Derecho y de la Medicina, se ocupan de los bancos de alimentos y cuidan de sus familias. Por otro lado, las trayectorias de la mayoría de los nuevos seminaristas, hombres y católicos.

Muchos de estos hombres han tenido una preparación teológica intensa en el seminario. Se les enseña (y se les obliga) a evitar relaciones de compromiso y a no tener hijos. Se les recompensa por su voluntad en seguir órdenes de arriba, en mantener el silencio ante las malas conductas. Una formación de este tipo muestra la calidad del sacerdocio en los círculos católicos y es un factor en la epidemia de los abusos sexuales del clero. Sin embargo, a las mujeres católicas ni siquiera se les está permitido predicar en muchas diócesis no sea que hablen abiertamente de sus vidas equilibradas.

La peregrinación fue el tema de la investidura de la Arzobispa Mullally. Su antecesor eligió el mismo tema y su peregrinación consistió en un recorrido ceremonial desde la entrada de la iglesia al Quire (Coro) donde tuvo lugar la entronización. En cambio, la peregrinación de Mullally fue un recorrido de seis días desde Londres hasta Canterbury, una distancia de 87 millas aproximadamente que realizó a un ritmo envidiable.

A lo largo del recorrido se detuvo para visitar, rezar y comer con la gente, sobre todo con los niños. En la homilía de su investidura mencionó que le dolían los pies (de hecho, todo el cuerpo), pero no parecía cansada. Le proporcionó un significado nuevo al hecho de que la bailarina Ginger Rogers realizaba todo lo que hacía Fred Astaire, pero con tacones y hacia atrás.

Mientras las mujeres católicas estaban de celebración, el Papa León XIV hizo llegar a la Arzobispa Mullally un mensaje superficial felicitándola. En lugar de reservar la teopolítica para otro día y de forma educada destacó lo obvio en tono defensivo:

“Al mismo tiempo también sabemos que el viaje ecuménico no siempre ha sido fácil. A pesar del considerable progreso nuestros predecesores inmediatos, el Papa Francisco y el Arzobispo Justin Welby, reconocieron abiertamente que las nuevas circunstancias han presentado nuevos desacuerdos entre nosotros.”

Casi no merece ser mencionado, pero si una reforma en cualquier ámbito precisara de la ausencia de desacuerdo, probablemente la Iglesia todavía mantendría la esclavitud.

La investidura de la nueva líder espiritual de una de las comuniones de hermanas más cercanas al catolicismo es, con toda certeza, una “nueva circunstancia”. Como tal, es una oportunidad perfecta para abandonar los desacuerdos y avanzar conjuntamente en pro de la paz y de la justicia. De no ser así, Leo y sus colegas obispos deberían bajar la cabeza avergonzados hasta que se les cayera la mitra. Se oponen a abrir los mismos sacramentos, que sí que valoran para sí mismos, a los demás y para el bien del mundo. Ellos también podrían tener su momento.

Agradecemos la traducción al español de Anna-María Vidal (Barcelona).

*Artículo publicado previamente en Religion Dispatches (01-04-26) https://religiondispatches.org/2026/04/01/first-female-archbishop-canterbury-bittersweet-moment-catholic-women

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