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Danos de beber: la sed de nuestro tiempo
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Mateo 25. 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.
Mucho se habla de los abusos que sufren las mujeres al visitar ciertas cárceles, por ver a un preso o privado de libertad, revisiones denigrantes que van desde el manoseo hasta la inspección de cavidades. Si bien las autoridades penitenciarias dan razones para hacerlo, por ejemplo, evitar que ingresen ilícitos a las cárceles, no puede negarse que son situaciones que ofenden y vulneran la integridad de una mujer. Sin embargo, la experiencia de las visitas va más allá, existen partes de esa travesía que pocos cuentan, seguramente no por miedo, sino porque no queda tiempo de contar estas historias que son dignas de admirar.
Por esta razón hoy, como un acto de sororidad, aprovechando la conmemoración del Día de La Mujer quiero expresar gran admiración por ellas… Madres, esposas, hijas, hermanas y amigas; mujeres con una entereza tal que puede impresionar, a veces creemos que el parto es el mayor de los dolores que una mujer puede experimentar, pero seguramente aquellas mujeres que han perdido un hijo (por fallecimiento), que les han desaparecido un hijo (como las madres buscadoras) o que les han aprehendido a un hijo (independientemente de que sea culpable o inocente) podrían decir que este dolor rebasa el dolor vivido en el parto; la ausencia de un hijo es un dolor que no se puede expresar y menos cuantificar o valuar.
No es común pensar en ellas o considerarlas, pareciera que tienen una vida aparte a la cotidianidad de un ama de casa o de una profesional, sinceramente, parece que viven en un mundo diferente, personalmente pude conocer la experiencia debido a que Dios tocó mi corazón sintiendo la inquietud de hacer trabajo social, visitando una cárcel que por prudencia no mencionaré el nombre.
En esta experiencia pude saber que hay mujeres que llegan a la 1 de la mañana a la entrada de la cárcel para ser de las primeras en ingresar, lo que implica al menos 3 horas más entre preparación y recorrido para llegar al destino y al menos 7 horas de espera pues las autoridades empiezan a dar paso a las visitas desde las 8 de la mañana y a esto le agrego la complicación que es bastante conocida en una cola o fila, la gente que tiene por costumbre colarse, puede darse que alguien madrugó llegando a la 1 de la mañana para ser la primera en ingresar y termina siendo la número 20, así sucesivamente; y si a eso le agregamos el riesgo de una pelea por defender el lugar por el cual hizo un gran esfuerzo, parece un rally de
Ellas, mujeres jóvenes, adultas, mayores, abuelas, de todos los estratos sociales y de todos los niveles de educación, esta situación no respeta salud, creencias, economía, ni educación, estas mujeres admirables son las encargadas de llevar alimentos y otras formas de sustento a los privados de libertad, a algunas las he visto cargar hasta 3 bolsas (que denominamos costales) entre 15 y 25 libras cada una, lo que implica un peso entre 60 y 75 libras en total; las he visto soportar lo fuerte del sol o del frío, a veces llegan sintiéndose mal porque no tenían dinero para la compra de víveres, algunas tan limitadas que solo tienen disponible lo del pasaje.
Sin contar con que todo esto puede empeorar si hubo algún motín, si decretan estado de sitio o de prevención y por ello se suspenden las visitas, o son más rigurosos con lo que permiten ingresar, les toca dejar fuera fruta, verduras, insumos de limpieza o lo que las autoridades consideren que no puede ingresar; todo queda bajo el cuidado de vecinos que acostumbran prestar el servicio de resguardo de objetos personales.
Les he visto padecer humillaciones, faltas de respeto, como que la sociedad quisiera cobrarles a ellas el delito por el que se supone, están presos sus seres amados, a la sociedad no le importa si algún privado de libertad es inocente, a la sociedad no le importa si al privado de libertad se le trata como un perro, al cual darle un pan tieso para saciar su hambre o agua sucia para saciar su sed es lo más a lo que puede aspirar o merecer… Pero a estas mujeres quienes procuran con amor y dedicación llevar algo de comida casera, con sazón familiar, si les importa cuidar de la higiene y de la dignidad de la persona o personas que visitan.
Al estar por fin frente a su visita, estas mujeres cansadas, agobiadas, se mantienen firmes y fuertes, finalmente su propósito es pasar unas horas con alguien a quien aman; sudor, polvo y desaliento, son poco comparados con la alegría de compartir el poco tiempo que tienen, aunque el sueño intente vencerlas, aunque el calor las ahogue.
Puedo expresar, sin temor a equivocarme, que la parte más difícil es la crítica de la sociedad en la que vivimos, la mayoría cree que si una persona está presa no merece comida digna, un trato digno o algún privilegio, la sociedad se constituye en juez que condena, debido a esto, es seguro que las condiciones de quienes visitan a los privados de libertad, no cambiará; pero, ¿acaso eso detiene a estas admirables mujeres? ¡Claro que no! Ellas están determinadas a cumplir su propósito, aunque eso involucre más sacrificio o dolor.
Al sistema no le interesa si un preso es culpable o inocente, aplica su ley y la aplica al preso y a sus parientes y amigos; la aplica castigando a las visitas de distintas formas, entre ellas, la larga espera.
… En la cárcel, y vinisteis a mí… Es una frase de pocas palabras, que podrían transformarse en un gran testamento si a ese vinisteis a mí se le agrega todo lo que viven estas mujeres admirables en cada una de sus visitas. Me pregunto si la tristeza de dejar a su ser amado les permite descansar o tener esperanza, me pregunto si sienten alivio al volver a casa o si la nostalgia las acompaña mientras duermen.
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