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Como mujeres de Iglesia, caminamos en la caravana del 8M “sin complejos”, como les gusta decir a nuestros políticos. Venimos de muy abajo: - no hay más que mirar atrás y recordar las vivencias de nuestras antepasadas o evocar nuestra propia experiencia-, y eso tiene la ventaja que nos parezca normal tener que caminar cuesta arriba. Poseemos, además, un valioso kit de resistencia (no le llamo “manual” por razones obvias) que nos proporciona ese plus de ánimo que en otros tiempos se calificaría de “hombría”, término afortunadamente pegado ya al paladar de casi todos.
¿Piezas que componen el kit? Para empezar, la obstinada clarividencia de los profetas cuando anunciaban - Jonás a Nínive, Isaías a Babilonia...-, que la soberbia y la prepotencia se estaban viniendo abajo. ¿Alguien se siente eclesialmente aludido? Buena señal: no está lejos del Reino de Dios.
Otra pieza importante del kit: la juiciosa oportunidad de los sabios para expresarse partiendo de la experiencia cotidiana. Frecuentar ese lenguaje nos dota de un eficaz cordón sanitario que nos protege contra cualquier “celulitis homilética” (lenguaje semejante a ruedas que giran en el aire, sin lograr mover nada en el interior de quienes escuchamos sentadas en los bancos).
La pieza mujeres bíblicas es fantástica pero hay que manejarla con ojo, no sea que Judit nos haga creer que todos los hombres son Holofernes: contamos ya con muchos a los que podemos considerar aliados.
Y por fin, la joya de la corona, la fuerza secreta para seguir adelante: la exigencia de inclusión, los gritos de “ni una menos”, “yo te creo, hermana” o “sin nosotras, se para el mundo”, no son inventos de las mujeres sino que pertenecen a la semilla escondida del Evangelio. Y nadie puede detener su crecimiento.
Dolores Aleixandre, Vida Nueva, Marzo 2019
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