Una virgencita de la Caridad en República Dominicana

Cada 8 de septiembre nos reunimos una parte de la comunidad cubana en dominicana en torno a la Eucaristía para homenajear a nuestra madre, la de todos los cubanos. Y sucede algo curioso: durante unos minutos, la distancia parece desaparecer.

Estatuilla en casa de la Virgen de la Caridad
Estatuilla en casa de la Virgen de la Caridad | autor

Santo Domingo/ Pocas palabras resumen mejor la vida del migrante que la nostalgia. Uno aprende a vivir con ella, a reconocerla en una canción, en un olor, en una palabra que vuelve de repente desde la infancia. También aprende a llevar consigo pequeños pedazos de la tierra que dejó atrás y, con ellos, a sembrar algo de su cultura en el país que un día lo recibió. Por eso, la virgencita de la Caridad que llevamos con nosotros al salir de Cuba es uno de los objetos que miramos mi esposa y yo cada vez que deseamos ir por un rato a nuestra tierra.

Para los cubanos, septiembre tiene un significado especial. Cada 8 de septiembre celebramos a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de nuestra Isla. La llamamos también Cachita, con ese diminutivo afectuoso que solo puede nacer de una relación profunda y familiar. Su historia religiosa se entrelaza con la historia de nuestra nación y con aquella fe mambisa que, en 1915, llevó al general Jesús Rabí a pedir en nombre de los cubanos al papa Benedicto XV que la declarara protectora de Cuba.

Pero la historia de Cachita también tiene un curioso punto de encuentro con República Dominicana. La palabra «mambí», que para los cubanos terminó convirtiéndose en símbolo de rebeldía y patriotismo, tiene sus raíces en Santo Domingo. Originalmente fue una expresión utilizada como insulto colonial, relacionada con el nombre del líder rebelde Juan Mabí. Los cubanos la hicieron suya durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y la convirtieron en una palabra cargada de dignidad. Por eso, no resulte extraño que, tantos años después, un grupo de cubanos encuentre en esta Quisqueya acogedora un lugar desde donde seguir celebrando aquello que nos recuerda quiénes somos.

Cada 8 de septiembre nos reunimos parte de la comunidad cubana en dominicana en torno a la Eucaristía para homenajear a nuestra madre, la de todos los cubanos. Y sucede algo curioso: durante unos minutos, la distancia parece desaparecer. La memoria hace su trabajo.Volvemos a pasar por el corazón lo que fuimos dejando atrás, aunque nuestra isla esté apenas a unas pocas millas. «Asere» vuelve a ser nuestro saludo. «Cachita» vuelve a ser el nombre cariñoso de la Virgen. Y aquella pregunta aparentemente sencilla —«¿de qué parte de Cuba eres?»— comienza a dibujar un mapa distinto. Un lugar emocional hecho de ciudades, pueblos, acentos, recuerdos y personas que alguna vez habitaron nuestra vida.

Desde que nos casamos, mi esposa y yo tenemos también nuestra propia manera de prepararnos para esta fiesta: hacemos una novena. Utilizamos los audios que comparten en la diócesis de Holguín y, mientras rezamos, vamos incorporando en nuestras peticiones y reflexiones los acontecimientos de nuestra realidad actual. En medio de la oración está siempre la pequeña estatuilla de la Virgen del Cobre. Es diminuta, pero tiene la capacidad de llenar la casa de recuerdos.

Al mirarla, inevitablemente aparece una canción: «Veneración», aquel célebre son compuesto por Miguel Matamoros e inmortalizado por el Trío Matamoros. La letra guarda una petición escrita para quienes vivimos lejos de Cuba: «Y si vas al Cobre, quiero que me traigas una virgencita de la Caridad».Quizás por eso nuestra pequeña Cachita ha terminado siendo también una presencia dominicana.

A ella le agradecemos, sobre todo, la manera en que hemos sido acogidos . Hay gratitudes que no necesitan demasiadas palabras. Basta mirar hacia atrás y reconocer que, en medio de los caminos inciertos de la migración, hemos encontrado aquí personas, comunidades y espacios que nos han permitido sentirnos en casa lleno de afectos.

Le pedimos a la Caridad por los cambios que tanto necesita nuestro país y por no perder la esperanza de que algún día nuestra realidad nacional sea diferente. Esa es una de las enseñanzas más profundas que nos ha dejado la Virgen de la Caridad: aprender a esperar, incluso cuando la distancia parece demasiado larga y el futuro demasiado incierto. Cada 8 de septiembre, cuando los cubanos volvemos a reunirnos en las parroquias de San Antonio María Claret y de la Santísima Trinidad, en Santo Domingo, llevamos con nosotros mucho más que una devoción.Llevamos la esperanza de que algún día esas Eucaristías de septiembre puedan ser, no solo encuentros marcados por la nostalgia, sino celebraciones de agradecimiento por el futuro promisorio que arropa a nuestra Cuba. Y quizás, entonces entendamos mejor por qué una pequeña virgencita de la Caridad puede hacer que, aun estando lejos, Cuba vuelva por un instante a sentirse cerca.

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