El Papa anima a Athletica Vaticana a "construir puentes entre culturas y pueblos, promoviendo la acogida, la solidaridad y la paz"
La 'selección' de la Santa Sede ya participa en los Juegos del Mediterráneo de Tarento
(Giancarlo La Vella - enviado a Tarento).- En Tarento faltan pocas horas para el comienzo de los XX Juegos del Mediterráneo. Este miércoles 19 de agosto de 2026, tuvo lugar un emotivo anticipo con la celebración eucarística presidida por el arzobispo de la «ciudad de los dos mares», monseñor Ciro Miniero. El deportista -dijo en su homilía- tiene valor y no teme equivocarse. Animada por los cantos de jóvenes atletas, la misa en la catedral tarentina de San Cataldo marcó de hecho la entrada en el ambiente de los Juegos del Mediterráneo, en los que participan 26 países de la zona del Mare nostrum y el pequeño equipo de Athletica Vaticana, la asociación polideportiva de la Santa Sede.
La ciudad de Apulia vive la espera de un acontecimiento que la sitúa en el centro de la atención internacional, y no solo desde el punto de vista deportivo. Estos días Tarento respira deporte en sus calles y plazas, pero no olvida las cuestiones sociales, como la crisis laboral del sector siderúrgico que la ha golpeado en los últimos años. Monseñor Miniero lo recordó con firmeza. El desarrollo y la revitalización de la ciudad pasan por la reconciliación y, como en la parábola de los talentos, la conservación y el miedo deben dejar paso a la creatividad y a la capacidad de asumir riesgos.
Los Juegos, un puente de solidaridad
Esto es lo que estos Juegos sabrán transmitir desde mañana hasta el 3 de septiembre, con la Cruz de los deportistas acompañando en la catedral de San Cataldo las hazañas de los más de cuatro mil atletas participantes. Ampliando la mirada al significado de este acontecimiento, también los Juegos del Mediterráneo, como otras manifestaciones deportivas, se enfrentan a conflictos, tensiones e injusticias. Pero precisamente estas jornadas de deporte son una oportunidad para "construir puentes entre culturas y pueblos, promoviendo la acogida, la solidaridad y la paz", según el deseo expresado por León XIV en un telegrama firmado por el secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, leído al final de la eucaristía, el mismo día en que Tarento acogió en su catedral la Cruz de los deportistas.
"Profecía de paz y fraternidad"
El Pontífice ya lo había dicho el domingo pasado durante el Ángelus: los Juegos del Mediterráneo pueden ser "profecía de paz y de fraternidad". Además, en el telegrama enviado al arzobispo Miniero, al dirigir su saludo a los participantes en la celebración de acogida de la Cruz de los deportistas, exhortó "a mirar con fe este signo de redención que reúne las expectativas y las esperanzas, las alegrías y los esfuerzos de cuantos comparten experiencias deportivas" y los invitó a vivir las competiciones "con sentimientos de amistad, fraternidad y lealtad".
Precisamente del deporte puede soplar, en efecto, un viento nuevo de esperanza que, de inmediato, no detendrá las armas, pero puede sugerir la posibilidad de construir una humanidad más fraterna. La Cruz de los deportistas, que desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012 recoge las expectativas y esperanzas de mujeres y hombres, expresa el lenguaje del deporte que mira hacia una revisión de una sociedad en la que el conflicto ocupa con demasiada frecuencia el lugar del diálogo.
La fraternidad más allá de la competición
La Cruz fue entregada a monseñor Miniero por dos representantes de Athletica Vaticana, junto con el obispo Paul Tighe, secretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación, y los niños de los oratorios tarentinos. Permanecerá en la catedral hasta el final de los Juegos.
"No están aquí solo para las competiciones deportivas, sino para ofrecer al mundo un fuerte testimonio de paz, de compartir, de fraternidad", afirmó monseñor Miniero en su homilía. "Este acontecimiento entrará en la historia por lo que se vivirá durante estos días, pero sobre todo por el patrimonio espiritual, social, moral y cultural que dejará y por el mensaje que lanzará al mundo entero desde las orillas del Jónico, surcando todos los mares para llegar hasta los confines de la tierra".
Son palabras que atribuyen un papel social fundamental a aquello que muchos consideran simplemente un juego. Recordando las palabras de san Pablo, el arzobispo sostuvo, en efecto, que "el deporte, como dominio del propio cuerpo y, por tanto, de uno mismo, se convierte en un camino hacia metas más elevadas, con su importante papel en la formación de los jóvenes".
La convivencia de las diferencias
Retomando la parábola evangélica de los talentos, invitó a contemplar el deporte precisamente como uno de los talentos que el Señor ha dado y que "puede ser utilizado para los propios intereses, para la propia imagen, para alcanzar un récord en las distintas disciplinas, para ocupar las primeras páginas de los periódicos y de los informativos, por vanagloria, para ser admirados por los hombres, como denuncia Jesús. Pero también puede valorarse para compartir, dar, contribuir a construir un mundo de paz, en solidaridad con los más débiles y con los pobres".
Además, concluyó el arzobispo, "al practicar deporte tenéis la posibilidad de vivir experiencias de encuentro con atletas de toda cultura, religión y condición social; descubrís la belleza de la convivencia de las diferencias, con el objetivo de contribuir a hacer realidad el sueño de una familia humana que vive en paz, respetando las libertades". Desde Tarento, por tanto, los Juegos del Mediterráneo pueden lanzar al mundo "un mensaje concreto de esperanza".
