El Papa pide a la diócesis de Roma que recorra el camino de la "verificación pastoral" y a los curas, "no cargar con las fatigas solos"
"Verificación pastoral", que significa "verificar, a la luz del Espíritu Santo, significa detenerse, releer lo que ha sucedido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos las razones"
Esta tarde, el Santo Padre León XIV presidió en la Basílica Papal de San Juan de Letrán la Asamblea de la Diócesis de Roma. Después de escuchar a los asambleistas, el Papa pronunció un discurso largo y profundo, en el que trato de diseñar "el camino que tiene por delante la Diócesis de Roma" y lo basó en las dos preguntas del Resucitado a María Magdalena: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?».
Por eso, León recordó que "el Camino Sinodal nos ha enseñado a escuchar y discernir juntos, como corresponsables de la única misión" y añadió "una tercera dimensión: la de la verificación pastoral", que significa "verificar, a la luz del Espíritu Santo, significa detenerse, releer lo que ha sucedido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos las razones".
En esta tarea, el Papa recordó que Roma cuenta con ejemplos de curas santos. "De hecho, he aprobado con alegría la decisión de dar los pasos necesarios para que se inicie la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de don Luigi Di Liegro, sacerdote de esta Iglesia, fallecido el 12 de octubre de 1997".
Y León XIV terminó agradeciendo la labor pastoral de todos y, especialmente de los sacerdotes, para los que tuvo palabras de ánimo y de consuelo: "Sé que el servicio pastoral, hoy en día, es más agotador que antes. Os exhorto a no cargar con las fatigas solos. Y os digo con claridad que el arte de la verificación pastoral no os pide que hagáis más: os da, más bien, permiso para hacer menos y mejor".
Discurso del Papa
Queridos hermanos y hermanas,
me gustaría volver con vosotros a la mañana de Pascua, a un jardín y a un sepulcro vacío. María de Magdala está allí, al amanecer, cuando aún está oscuro, y la oscuridad en la que se encuentra no es solo la de la noche que aún no ha terminado. Es la oscuridad de quien ha perdido a alguien, de quien busca y no encuentra, de quien se inclina y llora. El Evangelio, sin embargo, no la deja sumida en ese llanto. Se le acerca un hombre, a quien ella confunde con el guardián del jardín, y le hace dos preguntas: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» (Jn 20,15).
Me gustaría, queridos hermanos y hermanas, que estas dos preguntas inspiraran el camino que tiene por delante la Diócesis de Roma. De hecho, creo que hoy podemos sentir que se dirigen a nuestra Iglesia y a toda la ciudad: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?». Se refieren a la búsqueda ansiosa de esperanza que percibís en las parroquias, en los encuentros y en los ámbitos de la vida, cuando os habéis puesto a escucharos unos a otros y a la gente. María Magdalena se despierta antes del amanecer y ya ha corrido al sepulcro, ¡porque en ella hay vida, hay espera! Así, en Roma hay muchas personas que vuelven a empezar cada mañana, pero también comunidades parroquiales, asociaciones, movimientos, grupos y realidades eclesiales que trabajan con generosidad en la evangelización, en la caridad y en el servicio a la oración litúrgica. Ciertamente, junto a esta riqueza, habéis reconocido con honestidad algunas dificultades. Es la desorientación de quien ya no logra encontrar dónde se encuentra el Señor. Una experiencia que compartimos con muchos hermanos y hermanas, pero que también nos ocurre a nosotros. A veces se multiplican las propuestas, las actividades, los encuentros y se pierde el centro, el sentido evangélico de lo que se hace.
Y he aquí que, en el Evangelio, una sola palabra hace que María Magdalena se vuelva: su nombre, «¡María!» (Jn 20,16). Así es como se encuentra a Jesucristo: sintiéndose llamado por Él por el nombre, de las muchas formas en que esto puede suceder. De ahí debe partir toda acción pastoral: no tanto preguntándose «qué» hacer, sino más bien «a quién» y «cómo» encontrar. En nuestras comunidades se puede permanecer en el anonimato, ser invisibles e incomprendidos, o bien ser vistos, conocidos y llamados por nuestro nombre. Y quien se encuentra verdaderamente con Cristo, como María Magdalena, siente cómo se le llena el corazón y entonces no puede quedarse quieto, corre y va a anunciarlo. «¡He visto al Señor!» (v. 18), dice la mujer a los discípulos. No es un recuerdo, ni un hecho privado, sino una alegría profunda que genera comunidad.
Por eso, hermanos y hermanas, hoy no os entrego un nuevo programa pastoral. No partimos de cero, y nada de lo que hemos vivido debe quedar archivado. El trabajo sobre las «enfermedades espirituales» nos ha enseñado a reconocer aquello que, en nuestra vida eclesial, pide ser sanado, corregido o transformado.
El Camino Sinodal nos ha enseñado a escuchar y discernir juntos, como corresponsables de la única misión. Deseo, en cambio, proponeros desarrollar una tercera dimensión: la de la verificación pastoral.
Verificar, a la luz del Espíritu Santo, significa detenerse, releer lo que ha sucedido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos las razones. Significa, en una palabra, buscar la verdad. Os invito a llevar a cabo esta verificación involucrando a toda la comunidad y, en la medida de lo posible, escuchando también a personas que no la frecuentan y que ven las cosas, por así decirlo, «desde fuera».
Para que os ejercitéis en la verificación pastoral, os indico algunos aspectos a los que prestar atención, que distingo pero que forman un único dinamismo.
La primera: encontrarse con Cristo y hacer que otros se encuentren con Él. La Iglesia no existe para sí misma, sino para conducir a cada persona al encuentro con el Señor; por eso, no basta con preguntarse si una actividad está bien organizada, si cuenta con participación o si lleva muchos años en marcha; hay que preguntarse si realmente conduce a Cristo, si hace que el Evangelio se encuentre con la vida concreta de las personas.
La segunda: generar comunidad. De la Pascua de Cristo nacen comunidades nuevas, libres, reconciliadas. Tengamos el valor de cuidar lo esencial, para dejar espacio a relaciones auténticas, en las que las personas se sientan parte de un pueblo: que se sientan acogidas, acompañadas, valoradas, corresponsables. A los jóvenes, comprometámonos a ofrecerles tiempo y escucha, tanto en las iniciativas como más allá de ellas.
La tercera prioridad: habitar y servir a la ciudad. Roma no es el telón de fondo indiferente de nuestras comunidades: es el lugar de nuestra misión. La comunidad generada por el Resucitado no puede permanecer cerrada en sí misma, sino que comparte las expectativas, las fragilidades y las preguntas de las personas; y aprende a reconocer, en lo que ocurre en los distintos ámbitos de la ciudad, las preguntas a las que el Evangelio puede responder, si se acoge de nuevo.
A estas tres líneas de reflexión se suma una cuarta, que las atraviesa a todas: la formación del Pueblo de Dios. ¿Nuestras actividades hacen crecer en la fe? ¿Forman discípulos misioneros? ¿Ayudan a madurar en las responsabilidades eclesiales? ¿Generan una fe adulta, capaz de traducirse en opciones concretas de vida y de servicio?
El núcleo del método que os propongo es, sin embargo, una pregunta muy sencilla: «¿por qué?». Se trata de detenernos juntos y preguntarnos, ante cada cosa que hacemos: ¿por qué la hacemos? ¿Qué intención evangélica nos mueve, a qué necesidad real pretendemos responder, de qué manera esta elección se corresponde con la misión de la Iglesia? Luego, el segundo paso: ¿por qué obtenemos estos resultados y no otros? ¿Por qué algunas iniciativas generan procesos y otras quedan aisladas? ¿Por qué algunas personas participan y otras permanecen al margen? Del encuentro entre las razones de nuestras decisiones y las razones de sus efectos surge un discernimiento auténtico, que permite reconocer lo que hay que mantener, valorar, corregir, abandonar o poner en marcha.
Para que todo esto no se quede en un buen propósito, el camino tendrá su propio «ritmo», y agradezco al cardenal vicario y a los demás colaboradores que hayan preparado las etapas que se os presentarán. Por eso os pido que os deis tiempo para caminar juntos —no un año, sino un camino—, para que sea un verdadero discernimiento y no una iniciativa que se suma a las demás. El Obispo no os pide que programéis nuevas actividades: os propone un método común de escucha, de discernimiento, de revisión y de conversión.
Los contenidos y las prioridades siguen siendo responsabilidad de vuestras comunidades, en los cinco ámbitos que son la catequesis y la iniciación cristiana, los jóvenes, la familia, la caridad y las vocaciones, porque el objetivo es compartir un estilo pastoral, no uniformar las experiencias. Y en esto, las Prefecturas están llamadas a convertirse cada vez más en lugares de encuentro, de diálogo y de elaboración pastoral compartida.
Queridos hermanos y hermanas, es cierto: un método, por sí solo, nunca ha convertido a nadie. Por eso, para que lo que os he propuesto no se quede en algo abstracto, os recuerdo también un rostro. De hecho, he aprobado con alegría la decisión de dar los pasos necesarios para que se inicie la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de don Luigi Di Liegro, sacerdote de esta Iglesia, fallecido el 12 de octubre de 1997. El don que él nos ofrece en nuestro camino no reside, ante todo, en las obras que realizó: don Luigi, antes de construir cualquier cosa, quiso «ver». En 1969 encargó un estudio sobre la religiosidad de los romanos, porque había aprendido que no hay encarnación del mensaje sin escuchar la realidad. En su última intervención, pocas semanas antes de fallecer, don Luigi dijo a sus colaboradores: «El discernimiento es esta pregunta: Señor, ¿dónde estás?».
Queridísimos, esto nos hace pensar en la pregunta de María Magdalena ante el sepulcro de Jesús. Es la pregunta con la que hoy volvemos a empezar. ¿Qué signos del Reino y qué llamadas del Espíritu Santo surgen hoy de la vida de Roma, y qué forma de Iglesia debemos adoptar para reconocerlos y servirles? Guardar en nuestro interior esta pregunta nos ayudará a ser una Iglesia solidaria con el destino de esta ciudad, en contacto con sus heridas, sus expectativas y sus transformaciones.
Ahora me gustaría dirigiros unas palabras sobre el ministerio ordenado en Roma. Pero antes deseo dar las «gracias», y no por mera formalidad. Gracias al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los prefectos y a todos los que prestan servicio en las oficinas del Vicariato. Gracias a los párrocos y a los vicarios parroquiales; a los sacerdotes mayores y enfermos; a los capellanes de los hospitales, las cárceles, las escuelas y las universidades; a los sacerdotes venidos de otras Iglesias y de otros países, que sirven en esta ciudad como si fuera la suya. Gracias a los diáconos permanentes y a sus familias. Gracias a los religiosos y religiosas; a quienes, en silencio, sostienen a Roma con su intercesión; y a quienes se encuentran con ella cada día en las escuelas, en los hospitales, en los centros de acogida, en las periferias. Gracias a los catequistas, a los educadores, a los trabajadores de la caridad. Lo sabemos: el bien no hace ruido, el Señor lo conoce, y hoy yo también deseo reconocerlo. ¡Gracias!
También sé que el servicio pastoral, hoy en día, es más agotador que antes. Os exhorto a no cargar con las fatigas solos. Y os digo con claridad que el arte de la verificación pastoral no os pide que hagáis más: os da, más bien, permiso para hacer menos y mejor. Si la verificación pastoral se convirtiera en una carga más sobre vuestros hombros, habríamos traicionado su sentido.
Me gustaría, pues, ofreceros algunas reflexiones sobre el perfil de los presbíteros que Roma necesita. El sacerdote debería ser un hombre que escucha antes de responder, que discierne antes de decidir. Una persona que permanece ante el Señor, porque no puede guiar a otros hacia un encuentro que él mismo no está viviendo. La pregunta del «¿por qué?» es, ante todo, una pregunta personal: ¿por qué soy sacerdote? ¿Sigue mi día a día correspondiendo al motivo por el que el Señor me llamó por mi nombre? El sacerdote no concentra en sí mismo toda la responsabilidad. Reconoce los carismas, forma las conciencias, hace posible la corresponsabilidad de los laicos: no por falta de fuerzas, sino por fidelidad a la naturaleza de la Iglesia. Una comunidad en la que todo depende del párroco es una comunidad frágil, y presidir no significa hacerlo todo. Significa generar comunión, valorizar las energías de los demás, conectar a personas y realidades, custodiar la unidad. El sacerdote, en definitiva, se integra y desea pertenecer a una comunidad capaz de interpretar su propio barrio, de compartir sus heridas y sus esperanzas, responsable de la vida de todos, incluso de quienes no cruzan el umbral de la iglesia. Esta es la forma que adopta la caridad en la presidencia pastoral, y es lo que impide que una parroquia se repliegue en la autoconservación.
Nadie está llamado a vivir todo esto en solitario. El presbiterio no es la suma de sacerdotes que se reúnen por necesidades organizativas: es una fraternidad, y es el primer lugar donde comprobar si lo que hacemos genera verdaderamente comunión. Deseo que las Prefecturas sean, antes que instrumentos de coordinación, lugares efectivos de fraternidad sacerdotal, donde también se pueda hablar del propio cansancio sin avergonzarse de ello. Junto a vosotros, los diáconos recuerdan a toda la Iglesia que esta existe para servir; y los religiosos y religiosas, con la gratuidad de sus vidas, recuerdan a Roma que ninguna eficiencia salva al hombre y que la primacía corresponde a Dios.
Un pensamiento especial va dirigido a nuestros seminaristas. Queridos jóvenes, os estáis preparando para ser sacerdotes de esta diócesis. Os invito a participar, ya desde ahora, en este camino de discernimiento, aprendiendo a asumirlo como un estilo de vida durante los años de formación. Y dejad que os formen tanto los libros, que son necesarios para encontrar a los buenos maestros, como los rostros: los de los pobres, los enfermos, la gente de nuestras parroquias. A vosotros y a vuestros formadores les expreso mi gratitud y mi confianza. Los jóvenes no se entregan a un papel, sino que siguen a hombres y mujeres que parecen felices de lo que son.
Sé que este camino de discernimiento exigirá paciencia y, tal vez, también el valor de dejar ir algo a lo que estamos apegados. Pero es el mismo valor que tuvo María Magdalena, que tuvo que dejar ir el deseo de retener al Señor para, en cambio, correr a anunciarlo. De este discernimiento pastoral surgirá, espero, una etapa de intercambio de experiencias renovadas y, a continuación, la construcción de un camino común que nos prepare, juntos, para el Jubileo de la Redención de 2033.
Queridos hermanos y hermanas de Roma, ¡no temáis dejaros llamar de nuevo por vuestro nombre! El Señor vivo se deja encontrar por quienes, como María en la madrugada de Pascua, siguen teniendo el valor de buscarlo, incluso entre lágrimas, incluso en la oscuridad. Que os acompañe la Madre de Dios, Salus Populi Romani, que fue la primera en creer y en dar a luz a Cristo al mundo. Y a todos vosotros, a vuestras comunidades y a esta ciudad, os imparto mi bendición.