La Pontificia Academia para la Vida, sobre la ley de eutanasia aprobada en Francia: "La fraternidad está al servicio de la vida, no de la muerte"
Reitera su oposición a cualquier forma de eutanasia. El secretario, el padre Ciucci: ayudar a las personas a vivir plenamente el momento de la muerte.
(J-Ch. Putzolu / Vatican News).- «Toda vida humana debe ser reconocida y protegida desde la concepción hasta su fin natural, sean cuales sean las circunstancias de su existencia». En este mes de julio, el Papa León XIV ha invitado a la Iglesia a rezar por el respeto a la vida. En su vídeo sobre las intenciones de oración, el Papa ha implorado el perdón de Dios ante la indiferencia. Sus palabras resuenan con especial fuerza en un momento crucial para Francia, que el miércoles 15 de julio, afrontó una votación decisiva en la Asamblea Nacional sobre el proyecto de ley relativo al suicidio asistido.
La Iglesia francesa ha exhortado repetidamente a los representantes electos a actuar con conciencia y responsabilidad, invitándoles a evitar decisiones ideológicas que podrían desencadenar un cambio antropológico y debilitar a la sociedad. También la Pontificia Academia para la Vida se ha preocupado por la votación final. El P Andrea Ciucci, canciller de la PAV, ofrece a los medios de comunicación vaticanos sus reflexiones a pocas horas de la votación.
Pregunta.Francia ha votado definitivamente una ley sobre el suicidio asistido. La cuestión divide profundamente a la sociedad, al igual que a las dos cámaras del Parlamento, que han aplazado en repetidas ocasiones el examen del texto sin llegar a un acuerdo. ¿Qué mensaje puede enviar hoy la Pontificia Academia para la Vida a quienes son responsables de esta votación?
Respuesta. Trabajamos al servicio de la Iglesia universal y no tenemos otra misión que la de anunciar el Reino de Dios. Esa es nuestra misión. El Reino de Dios es Jesús que sana, Jesús que muere para que todos tengan vida. Y reiteramos constantemente lo que ya han afirmado los obispos franceses: los hermanos no pueden quitar la vida a otros hermanos. La fraternidad está al servicio de la vida, no de la muerte. La Pontificia Academia afirma que se trata de una cuestión extremadamente seria y comprende plenamente la complejidad, la duración y el carácter controvertido de los procesos legislativos. Y yo diría que, afortunadamente, porque significa que somos conscientes de la gravedad y la importancia de este tema y de que debemos alcanzar un amplio consenso. El Papa declaró durante su reciente viaje a España que estas cuestiones representan un objetivo de civilización. Entiendo que establecer normas para toda una civilización no es fácil, y por eso la Academia reitera: tomémonos todo el tiempo y la sabiduría necesarios para construir una civilización que proteja la vida humana.
P.Se habla del derecho a «ser ayudado a morir». ¿Cómo interpreta la Academia esta expresión?
R. Creo que ser ayudado a morir es un derecho de todos, porque morir es sin duda lo más difícil de nuestra existencia. Por lo tanto, sería un asunto muy grave no ayudar a todos a morir. Pero creo que se puede definir mejor diciendo que hay que ayudar a todos a vivir en el momento de la muerte. Esta precisión, creo, tal vez pueda aclarar el significado: debemos ayudar a cada mujer, a cada hombre a vivir incluso en el momento de la muerte, a ser mujer y hombre incluso en el momento de la muerte. Dicho esto, está claro que no podemos ser ingenuos. Un eslogan no basta, y creo que debemos tomarnos en serio dos cosas. En primer lugar, la petición: si una persona llega a un punto en el que pide morir, se trata de una petición seria. Y los obispos franceses reiteran constantemente que hay que tratar esta petición con profundo respeto. Por lo tanto, debemos tomárnosla en serio, al igual que debemos tomarnos en serio las condiciones y los contextos. Vivimos en una época en la que la tecnología ha modificado profundamente la forma en que nacemos y morimos. Entiendo que la protección inmutable de la vida humana debe redefinirse, considerarse y articularse en un nuevo contexto. También en este ámbito tenemos mucho trabajo por delante.
P.La Iglesia en Francia denuncia el riesgo de una deriva antropológica que debilitaría todos los aspectos de la sociedad. ¿Cuáles son las principales preocupaciones que suscita una legislación de este tipo?
R. Creo que, ante todo, debemos preocuparnos por la soledad existencial y cultural, porque si una persona, tal vez en un momento de gran angustia, se encuentra completamente sola, es un pecado que clama venganza. Pero también desde una perspectiva cultural, porque si, en definitiva, la dignidad del individuo se reduce a la afirmación de estar solo a la hora de tomar las decisiones fundamentales de su vida, no sé si eso es realmente una buena noticia. Estamos hechos precisamente para crecer y vivir juntos, para ayudarnos mutuamente. También nos preocupan los pobres y los más vulnerables que no tienen acceso a toda una gama de oportunidades. Nos preocupan las desigualdades sociales. Nos preocupa porque detrás de este enfoque se esconde el grave riesgo de asistir al resurgimiento de lo que el Papa Francisco ha definido como la «cultura del descarte», según la cual la dignidad de una persona no viene determinada por su propia existencia, por el hecho de que exista y sea amada por Dios, sino por su rendimiento. Así, cuando una persona ya no es capaz de dar más de sí, puede incluso ser descartada. Nos alarma que este debate se reduzca a consideraciones ideológicas, es decir, cuando se presta más atención a la defensa de los principios que a la defensa de las personas concretas.
P.Esta propuesta de ley se presenta a menudo como una forma de alivio para quienes luchan contra su propio sufrimiento. ¿Qué alivio real puede ofrecer la Iglesia?
R. La Iglesia puede ofrecer, sobre todo, cercanía, tal y como hizo Jesús, que se acercó a quienes sufrían y se implicó personalmente. Entre las respuestas concretas, los obispos franceses destacan una especialmente poderosa: los cuidados paliativos, una disciplina que se toma en serio la pregunta que habita en el corazón de quienes viven situaciones especialmente graves. Y, además, ayudar a las personas a un discernimiento sensato. La cultura contemporánea ha redescubierto la grandeza y la importancia de la conciencia de cada uno. Sin embargo, en el mismo momento en que decimos «tú tienes conciencia», no podemos abandonar a esa persona, no podemos dejarla sola. Somos hermanos y hermanas y vivimos juntos los acontecimientos de la vida. Incluida, por supuesto, la muerte, que es el paso decisivo. No podemos quedarnos solos en ese momento. Y así, también el discernimiento sensato nace de una fraternidad vivida de forma auténtica.