Tagle, en la Asamblea de las OMP: "El amor es la sustancia de la unidad y también la sustancia de la misión"

El cardenal Prefecto del Dicasterio para la Evangelización considera que el Mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de las Misiones 2026 repite para la Iglesia una misión precisa: «Mostrar al mundo que la unidad es posible, que la unidad es real.

Tagle, en la Asamblea General de las OMF
Tagle, en la Asamblea General de las OMF | ctto
28 may 2026 - 21:09

(Agencia Fides).-. Con ocasión de la apertura de la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias Obras (OMP), en curso en Roma, en la tarde del 27 de mayo, el cardenal ha propuesto una lectura espiritual del Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de las Misiones 2026, partiendo de la oración de Jesús por la unidad y de la experiencia de las primeras comunidades cristianas.

El cardenal ha recordado que el tema del mensaje de León XIV, «Uno en Cristo, unidos en la misión», se hace eco de su lema pontificio de raíz agustiniana «In Illo uno unum» (en el único Cristo somos uno).

El Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización (sección para la primera evangelización y las nuevas Iglesias particulares) ha presentado una exégesis del capítulo 17 del Evangelio según san Juan, en el que se enraíza la reflexión del Papa, en particular la oración de Jesús: «No ruego solo por ellos» -es decir, por los discípulos- «sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos estén en nosotros, y el mundo crea que tú me has enviado».

«Permítanme subrayar esta parte de la oración de Jesús: “Que todos sean uno”», ha declarado el cardenal, «porque en ella se encuentran todos los hilos de la teología, de la espiritualidad, de la Trinidad, de la eclesiología y de la misión. Hermanos y hermanas, esta es la oración de Jesús antes de su muerte. Y creemos que, sentado a la derecha del Padre, intercediendo por nosotros, Él continúa rezando. Sigue dirigiendo al Padre esta oración: “que todos sean uno”».

La unidad por la cual reza Jesús -ha continuado el cardenal- no es «simplemente una cuestión de organización, de planificación o de estrategia, sino de comunión divina, compartida con los discípulos, y a la cual los discípulos son invitados, por gracia, a participar». La unidad es un don: «La unidad que Jesús desea, por la cual Jesús reza por nosotros, y que nos es concedida por la fe en el sacramento del bautismo. Es este tipo de comunión espiritual y eclesial la que nos es dada».

«Así, cuando preparamos nuestros materiales catequéticos para la Jornada Mundial de las Misiones, en respuesta a esta llamada del Santo Padre a ser uno en Cristo y, por tanto, uno en la misión, espero que no olvidemos volver a este aspecto fundamental de la comunión de los cristianos, que a menudo es descuidado o minimizado en favor de otras formas de llamada unidad», ha añadido.

Para el cardenal, este es el fundamento mismo de la misión: «Cuando hablamos del bautismo como sacramento de la fe, y también como sacramento de la misión, deberíamos volver a este elemento fundamental de la unidad, de la comunión con la Trinidad».

La unidad, condición de credibilidad misionera

Desarrollando la segunda parte del Mensaje de León XIV, dedicada a la «unidad en la misión», el cardenal Tagle insiste en que la unidad no es un bien exclusivo que deba vivirse en pequeños grupos elitistas, sino un testimonio para el mundo. «En la oración de Jesús no se trata de la unidad de personas que se dicen: “Yo te miro, tú me miras, yo te sonrío, tú me sonríes, estamos unidos, estamos bien juntos”. Para Jesús, la unidad -la verdadera unidad espiritual y la auténtica comunidad eclesial- no está orientada hacia dentro».

La unidad de los cristianos, en la oración de Jesús, es como una condición misionera: «una condición de autenticidad y de credibilidad misionera. La unidad de los cristianos es una declaración misionera de quién es nuestro Dios. Nosotros decimos, en cierto modo: “Miradnos, porque en nosotros habita el Dios de la comunión”. La vida de los cristianos debería ser, en sí misma, una Palabra viva para el mundo».

Partiendo de san Pablo, el cardenal ha descrito lo que llama «la mística de la unidad misionera»: «diversidad de dones, diversidad de lenguas, diversidad de generaciones, pero todos miembros los unos de los otros

Partiendo de san Pablo, el cardenal ha descrito lo que llama «la mística de la unidad misionera»: «diversidad de dones, diversidad de lenguas, diversidad de generaciones, pero todos miembros los unos de los otros, atentos los unos a los otros, trabajando por el bien común. Esta es la unidad misionera, la animación misionera».

El cardenal ha evocado con dolor las situaciones de divisiones internas, incluso violentas, que hieren la credibilidad del anuncio del Evangelio, especialmente en los territorios de primera evangelización: «Lo que está en juego no es mi tribu ni mi región. Lo que está en juego es: ¿las personas creerán que Jesús ha sido enviado por el Padre?».

Las primeras comunidades cristinas, paradigma de la misión

Para ilustrar el llamamiento del Papa León XIV, el cardenal se ha referido explícitamente a los Hechos de los Apóstoles, donde ve el modelo de esta «mística de la unidad misionera»: «En los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos 42-47, vemos cómo vivían esto las primeras comunidades cristianas. Eran constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la oración, en la fracción del pan y en la comunión de los bienes. La calidad de la vida comunitaria -la unidad- se convertía en proclamación misionera. La gente, al verlos, quizá por curiosidad, comenzaba a unirse a la comunidad».

Estas primeras comunidades, de las cuales Lucas escribe que tenían «un solo corazón y una sola alma» y que ponían todo en común, pueden constituir un horizonte para la vida eclesial actual: «Según lo entiendo yo, el Santo Padre pide a nuestras parroquias, a nuestras diócesis, a nuestras comunidades religiosas y a nuestras escuelas que vivan esto, que lo hagan una regla de vida, para que esta comunión se convierta también en anuncio misionero de quién es nuestro Señor».

En un mundo «desgarrado, herido, dividido por la competencia, las desigualdades, la discriminación, la injusticia y la guerra», el cardenal considera que el Mensaje de León XIV repite para la Iglesia una misión precisa: «mostrar al mundo que la unidad es posible, que la unidad es real. En nuestra unidad con el Señor y en nuestra unidad entre nosotros -gracias a nuestra unidad con el Señor- deberíamos poder decir al mundo, con nuestras palabras y, esperamos, con nuestra vida comunitaria: “La unidad es posible. La unidad es real. Mirad el Cuerpo de Cristo”».

Una misión radicada en el amor

La tercera parte del Mensaje de León XIV, que el cardenal ha resumido hablando de «misión de amor», lleva a identificar la «sustancia» de esta unidad: «El amor es la sustancia de la unidad y también la sustancia de la misión», ha afirmado. «El bautismo es un renacer, ser recreados por el Dios que es amor. Somos recreados a imagen del Dios trinitario que es amor. Cuando bautizamos, no bautizamos en nuestro propio nombre: sería la forma más segura de crear división», ha observado con humor. «Lo hacemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y la persona se convierte en una persona de comunión».

Rememorando una visita a un campo de refugiados en Líbano, el cardenal ha testimoniado cómo esta «misión de amor» hace a Cristo deseable: en aquella ocasión, al ser preguntado por algunos refugiados sobre el motivo de la presencia de cristianos de distintos países ayudando a la población local, respondió: «Porque nuestro Maestro y Señor, Jesucristo, nos ha enseñado a amar a todos. Por eso estamos aquí». En ese momento -ha recordado el cardenal- una niña respondió: «Quiero conocer a este Jesús. Debe de ser un buen amigo».

Es esta dinámica la que el cardenal ha propuesto de nuevo a los más de cien directores nacionales de las Obras Misionales Pontificias: ayudar a todos, desde la infancia -también a través del trabajo de la Obra dedicada a la infancia misionera- a «decir no a todos los signos de división presentes en nuestra existencia, y optar por la unidad en Cristo», con el fin de «dar testimonio de otro tipo de comunión».

Y ha concluido: «Teniendo en cuenta todos los bellos aniversarios que celebramos este año, el mensaje del Papa León y el contexto mundial actual, creo que estamos verdaderamente llamados, como cristianos, individualmente y como comunidad, a vivir este don de la comunión. Por el bautismo, nos pertenecemos unos a otros. Y esta pertenencia se vive plenamente en el cuidado mutuo, en el preocuparse los unos por los otros por el bien común, y se convierte en un testimonio misionero para el mundo de hoy».

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