María Ángeles Villena, nueva presidenta de la Congregación Monástica de Santa Hildegarda: “Vivimos la fragilidad buscando vida”
La religiosa reflexiona sobre lo que la vida benedictina femenina puede ofrecer a la Iglesia y a la sociedad
El III Capítulo General de la Congregación Monástica de Santa Hildegarda, celebrado en Valladolid del 26 de enero al 4 de febrero, reunió a las comunidades para elegir el nuevo gobierno. Pocos días después de la elección, conversamos con la nueva presidenta, María Ángeles Villena, monja del monasterio de San Pelayo de Oviedo, para repasar el significado del Capítulo, los desafíos que afrontan hoy las comunidades y las prioridades del trienio 2026-2029.
Pregunta.¿Qué significado personal y comunitario tiene para usted haber sido elegida presidenta de la congregación en este III Capítulo General?
Respuesta. Para mí es un desafío y una gran responsabilidad, porque es la primera vez que se me encomienda una misión de este tipo. Comienzo esta etapa fortalecida por la confianza que me han brindado y respaldada por un grupo de personas, abadesas y hermanas de diferentes comunidades que forman el Consejo de la Congregación, así como por numerosas hermanas que colaborarán en los equipos de trabajo creados, con quienes recorreremos el camino de la sinodalidad y la corresponsabilidad fraterna.
P.¿Cómo lo vive a nivel personal?
R. Lo vivo como una vocación dentro de la vocación, que no podría realizar sin espacios de oración y confianza en el Señor que me acompaña, y que tampoco podría llevar a cabo al margen de mi propia comunidad.
P.Bajo el lema “Avanzando en comunión”, ¿cuáles considera que son los principales retos que enfrenta actualmente la Congregación de Santa Hildegarda?
R. Somos una Congregación monástica de apenas seis años de vida, que nace de cuatro federaciones diferentes, y por eso necesitamos seguir creando vínculos entre nosotras, conociéndonos y ayudándonos mutuamente.
P.¿En qué se concreta este camino?
R. En crecer en el sentido de pertenencia a la Congregación, fortaleciendo el cuidado integral de las hermanas en todas las etapas de la vida, cultivando la unidad en medio de la diversidad, promoviendo la formación no solo teórica sino integral de la persona, atendiendo a la intergeneracionalidad y multiculturalidad presentes en nuestras comunidades, y, sobre todo, buscando caminos de vida que permitan la presencia de nuestro carisma monástico.
P.¿Cómo se vive desde el Consejo la realidad de los procesos de fusión y unión de monasterios, especialmente en un contexto de envejecimiento y disminución vocacional?
R. Con mucha esperanza y gratitud. Las comunidades están demostrando gran generosidad, confianza y responsabilidad. En estos últimos tres años se han dado muchos pasos y afrontamos la fragilidad buscando vida, al unirnos con otra u otras comunidades.
P.¿Qué están aportando las experiencias que ya se han llevado a cabo?
R. Han sido muy beneficiosas. En las hermanas mayores, que con gran valentía están realizando un proceso de integración en una nueva comunidad, a pesar del desarraigo de su tierra, su monasterio, familiares y amigos, hay una gran fuerza y el entusiasmo de continuar viviendo el carisma monástico con esperanza y vitalidad.
P.¿Cuál es el papel del Consejo en estos procesos?
R. El Consejo acompaña todas estas situaciones, intentando discernir qué es lo mejor en cada caso y cuáles son las posibilidades según la realidad particular de cada comunidad.
P.¿Qué prioridades marcarán el trabajo del nuevo Consejo para el trienio 2026-2029?
R. El acompañamiento a las comunidades por encima de la resolución de tareas administrativas o de gestión. A veces estos trabajos consumen demasiado tiempo y restan energías, pero queremos que el hecho de estar cerca de las hermanas, sobre todo en etapas más significativas, sea lo más importante.
P.¿Alguna otra línea prioritaria?
R. Seguir creciendo en fraternidad, apoyando los diferentes procesos iniciados y potenciando la pastoral vocacional. Damos mucha importancia a la formación, pero no tanto a la formación teórica, teológica y monástica, que siempre se ha tenido en cuenta, sino a la formación integral de la persona en todas sus dimensiones. Que no se limite a acumular conocimientos técnicos, sino que prepare a la persona para afrontar la vida con equilibrio, madurez y plenitud, humana y espiritualmente.
P.Desde su experiencia monástica, ¿qué puede aportar hoy la vida benedictina femenina a la Iglesia y a la sociedad?
R. Muchísimo. En un momento de polarización, la vida en comunidad que trabaja, acoge y respeta la diferencia es, en cierto sentido, profética, como algo real y posible.
"En un momento de polarización, la vida en comunidad que trabaja, acoge y respeta la diferencia es, en cierto sentido, profética"
P.En medio del ritmo acelerado que vivimos, ¿qué valor tienen el silencio y la oración?
R. Son absolutamente necesarios para mantener a la persona en equilibrio, habitada por dentro, en contacto con ese Dios siempre cercano y lejano, pero que se deja encontrar si lo buscamos dentro de nosotros. Solo en este encuentro íntimo con Jesucristo podemos descubrir el sentido de nuestra vida y de la vocación de cada uno.
P.¿Qué demanda perciben de la gente que se acerca a los monasterios?
R. Cada vez nos piden más una palabra nacida del silencio. Ofrecemos espacios de silencio, simplemente de silencio y de escucha interior, y vienen personas necesitadas de detenerse, de encontrarse consigo mismas, de retomar el sentido, de disfrutar la liturgia pausada o la lectura orante de la Palabra.