Muere Enzo Bianchi: una vida en diálogo

Fundador y prior de la Comunidad monástica de Bose, referente para generaciones de católicos y para un numerosísimo grupo de no creyentes, ha fallecido hoy a los 83 años en el hospital Molinette de Turín

Enzo Bianchi
Enzo Bianchi | SIR
01 sep 2026 - 17:03

(M. Michela Nicolais / SIR).- Unidad, diálogo, búsqueda, no necesariamente en este orden. Con estas tres palabras se puede resumir la esencia espiritual de Enzo Bianchi, monje, fundador y prior de la Comunidad monástica de Bose, referente para generaciones de católicos y para un numerosísimo grupo de no creyentes, fallecido hoy a los 83 años en el hospital Molinette de Turín. Escritor y autor de numerosos ensayos, había colaborado a lo largo de los años con importantes periódicos y revistas. Además, fue fundador de Ediciones Qiqajon, la editorial de la Comunidad de Bose.

En el año 2000, tras su alejamiento —por decisión de la Santa Sede— de su comunidad en la zona de Biella, que había dirigido como prior hasta 2017, Enzo Bianchi vivió primero en Turín, alojado en casa de amigos, y luego, en 2021, en una filial del monasterio en la Toscana. A los 80 años, fundó la fraternidad monástica Casa della Madia y, a pesar de la enfermedad, durante lo que él mismo definió como un «nuevo comienzo», no dejó de reunirse con «hermanos y hermanas», viajar y hacer planes de futuro: en los últimos meses, asistió al funeral de su amigo don Antonio Mazzi, pero no pudo pasar unos días en la costa de su querida Cerdeña. A pesar de ello, su agenda seguía llena de compromisos: este otoño, por ejemplo, debería haber impartido un curso para cocineros. Así se cumplió, pues, uno de los imperativos confiados a las páginas de uno de sus libros: dar «vida a los días y no días a la vida», hasta el final.

Francisco y Enzo Bianchi
Francisco y Enzo Bianchi

En Bose, cualquiera que llamara a la puerta era acogido sin que se le preguntara su nombre: jóvenes en busca de sentido, personas sin hogar, políticos, sacerdotes, filósofos como Umberto Galimberti y Massimo Cacciari o cantautores como Lucio Dalla y Vinicio Capossela, protagonista junto a él el pasado 31 de mayo de una velada en Mondovì. Porque la esencia y el encanto de Bose es la acogida como rasgo distintivo de la «diferencia» cristiana: la fraternidad era la consigna que permitía a católicos y protestantes vivir juntos el celibato y una vida hecha de oración, contemplación y silencio, meditando en profundidad las Escrituras y, al mismo tiempo, trabajando entre los demás como enfermeros, profesores y obreros. Un «ecumenismo en acción» que convirtió a Enzo Bianchi en uno de los primeros intérpretes de los dictados del Concilio, él que podía contar entre sus amigos al hermano Roger Schutz, fundador de la Comunidad de Taizé, y al patriarca ortodoxo Atenágoras.

Nacido el 3 de marzo de 1943 en Castel Boglione, donde será enterrado, en su infancia tuvo que afrontar la pérdida de su madre, quedándose en casa con un padre ateo y comunista que le enseñó a amar a los más pobres. Tras obtener el título de técnico en contabilidad, comenzó a estudiar Economía en la universidad, pero pronto los abandonó para irse a vivir en soledad a una pequeña granja en la aldea de Bose, en Magnano (Biella).

Tres años después, en 1968, la Comunidad de Bose —formada inicialmente por un grupo de amigos, hombres y mujeres— comenzó a dar sus primeros pasos, no sin tensiones con las autoridades eclesiásticas. En el año 2000 fue reconocida como asociación privada de fieles.

La comunidad de Bose
La comunidad de Bose

«Un cristiano, un monje, que, desde cierta distancia de la vida del mundo, observa, reflexiona y luego comparte sus pensamientos, preocupado por dialogar también con los no cristianos». Con estas palabras, Enzo Bianchi, en 2024, explicaba su vocación monástica, trazando una especie de balance de su vida: «Porque lo que me interesa es la humanidad, la real, con la que uno se encuentra aquí y ahora en los distintos caminos recorridos juntos. Y me parece haber acompañado un cambio en la sociedad y en la Iglesia. He observado acontecimientos catastróficos e inesperados: desde la pandemia hasta el agravamiento de la crisis cultural en Europa, desde el resurgimiento del atractivo de la guerra hasta el naufragio de la cristiandad, que corre el riesgo de quedar reducida a patrimonio cultural en nuestro Occidente. El panorama humano y religioso ha cambiado, un cambio destinado a continuar».

Lo que no cambia, sin embargo, es la pasión por el ser humano y la historia, de la que debe alimentarse la trayectoria del cristiano, abrazando sus contradicciones, sus límites y sus fragilidades, junto a las pequeñas y grandes alegrías cotidianas: «La experiencia de fe es una experiencia de belleza, de un encuentro tan real como indescriptible, de una presencia más íntima para nosotros que nuestro propio íntimo».

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