Víctor Moreno: "Monjes Urbanos no es un carisma ni un movimiento, lo que busca es llevar a la persona a su centro, convertir la ciudad en abadía"
El sacerdote y colaborador de RD abandera en Colombia, pero también en España e Italia, "una propuesta de vida contemplativa para todos, no sólo para religiosos o sacerdotes, sino sobre todo para laicos que buscan una vida más profunda, que ya agotaron el periodo de las palabras, del ritualismo, y que están buscando una experiencia de unidad con Dios"
Convertir la ciudad en abadía. Ese es el objetivo que busca el sacerdote colombiano Víctor Ricardo Moreno Holguín con la propuesta de los monjes urbanos, que nace, como reconoce en entrevista con Religión Digital (en donde mantiene un blog), del arquetipo de Raimon Panniker, y que está impulsando no sólo en Colombia, sino también en España e Italia, por donde pasó en septiembre.
"Es una propuesta para todo ser humano", reconoce este sacerdote, discípulo zen de Ana María Schlütter, y quien reconoce que no se trata de un nuevo carisma ni pretende ser otro movimiento eclesial. Se trata, simplemente, de dar cabida a "una dimensión contemplativa, en donde son superadas las palabras, el ritualismo, el moralismo con el que muchas veces entendemos nuestra vida, y empezar a abrirse a una dimensión mucho más profunda". Y a hacerlo en medio del bullicio de la ciudad, y consagrándose a ella a través de "la presencia amorosa en la polis que hace el monje urbano, y cada uno desde su contexto vital".
Pregunta. En pleno siglo XXI, en plena erupción de la nueva era que viene de la mano de la Inteligencia Artificial, ¿qué son los monjes urbanos?
Respuesta. Son una respuesta a las búsquedas espirituales del hombre del siglo XXI, precisamente. En medio no sólo del ruido interior, del ruido de la ciudad, sino ante el riesgo de la pérdida de la dignidad de la persona, por diversos aspectos, como la pobreza, la falta de vida comunitaria, el individualismo, los retos que la tecnología presenta al ser humano, el aislamiento, pero también el descuido de la Creación, de tantas cosas, hace que la persona esté, por un lado, en una búsqueda, pero también, por otro lado, en riesgo de ver perdida esa dignidad y diluirse en medio de todo.
R. Los monjes urbanos buscan volver a llevar a la persona a su centro. Para eso, retomamos la figura del arquetipo del monje de Raimon Panikkar, que busca que se despierte la aspiración primordial de la persona, que la persona ponga todo su empeño en lo más profundo, en lo real, en lo auténtico, en lo que le es propio de su dignidad.
P. ¿Cómo surge la idea de este renacer monástico?
R. Desde hace más de 15 años, la Escuela Salmos es una propuesta de vida contemplativa para todos, no sólo para religiosos o sacerdotes, sino sobre todo para laicos que buscan una vida más profunda, que ya agotaron el periodo de las palabras, del ritualismo, y que están buscando una experiencia de unidad con Dios.
R. Y para eso, se han ofrecido retiros de meditación, silencio, contemplación, estudio de los místicos, y la conexión que esto implica: interior, con los demás, con el Cosmos y con la misma presencia del Misterio que está en todo ser humano. Eso ha sido acompañado de un proceso de red de contemplativos y de una búsqueda, de una propuesta de hacer esta iniciativa muy concreta en la ciudad. Y de ahí salió que realmente lo que estamos buscando es que vivan como monjes, pero en la vida de la ciudad, viviendo sus vidas normales.
R. La mayoría son casados o tienen hijos, trabajan en una oficina o en una empresa o son estudiantes... y se busca que en medio de esa realidad concreta descubran que ese centro interior puede organizar toda su existencia, y que pueden dejar huella de la presencia del Misterio en medio de la vida de la ciudad. En definitiva: es hacer todo un camino para convertir la ciudad en abadía, porque la abadía de los monjes urbanos es la ciudad.
Muchos católicos ya han agotado el periodo de palabras, de ritualismos, de moralismo, que tanto se predica, y empiezan a hacer esas búsquedas profundas
P. ¿Es una propuesta específicamente dirigida para católicos?
R. Es una propuesta para todo ser humano. Uno de los arquetipos a los que hago referencia, e incluso en el libro de Monjes Urbanos, es a los Magos de Oriente, que aparecen en el Nuevo Testamento. Personas que, guiadas por la Luz, buscan precisamente el encuentro con el Misterio hecho carne, y en las Saagradas Escrituras no se dice de dónde son, no son judíos, no habla de su religión, solo habla de que son de Oriente. Esto se ha conectado con lo que dicen algunos salmos, y en el fondo lo que se trata es de presentarlo para personas que están en la búsqueda interior, en la sed de eternidad, en querer conocer o tener la experiencia directa del MIisterio. Muchos católicos ya han agotado el periodo de palabras, de ritualismos, de moralismo, que tanto se predica, y empiezan a hacer esas búsquedas profundas.
R. Pero la de los Monjes Urbanos es una propuesta que va dirigida a todas las personas, que ya han buscado en otras tradiciones o que simplemente tienen sed de eternidad, y aunque si bien nace dentro de la Iglesia Católica, porque soy sacerdote católico, es una propuesta abierta a todos. En eso quería incidir.
P. ¿Y cómo está acogiendo esta propuesta la institución, es decir, la propia Iglesia católica?
R. Quisiera partir, para responder bien, de que, ante todo, ha sido una experiencia de ruptura en mí mismo. ¿Por qué? Yo soy sacerdote católico diocesano. Yo me formé para ser párroco y todo lo que es la vida parroquial. Pero en este momento estoy viviendo solo en una montaña, casi como un ermitaño. Y sigo perteneciendo al Arquidiócesis de Bogotá, y sigo vinculado a la pastoral diocesana.
R. Ha sido un proceso de búsqueda interior, de ruptura interior, y de conocimiento profundo, personal. Pero lo he hecho en compañía de otros. Yo me formé en el zen, soy discípulo zen de la maestra Ana María Schlüter, en Zendo Betania. Ella misma me abrió la puerta del conocimiento, de la mística y de la contemplación en el cristianismo. Y vi que esa era mi puerta como sacerdote diocesano, que podía llevar a otros que vivían en la vida parroquial, en la vida de la ciudad, como yo, sacerdote diocesano, esta experiencia contemplativa. Entonces, lo que he buscado en el proceso ha sido decirle a la Iglesia diocesana que también un sacerdote diocesano tiene una dimensión contemplativa, como también todos los fieles la tienen.
R. No es un carisma, porque el carisma es, por decirlo así, opcional: si te gusta trabajar con los enfermos, trabajas con los enfermos, o con los niños en una escuela, o lo que sea. En cambio, la contemplación es una dimensión que debes descubrir, hagas lo que hagas. Y en ese sentido, mi búsqueda ha sido presentarle a la institución la posibilidad de que entienda que esta dimensión debe enseñarse.
En mi tesis de maestría presenté que, por primera vez, sean las diócesis las que asuman la formación de una escuela de mística y espiritualidad, pero para el siglo XXI, no para devolvernos a la Edad Media
P. ¿Y cómo la está acogiendo?
R. En mi tesis de maestría presenté que, por primera vez, sean las diócesis las que asuman la formación de una escuela de mística y espiritualidad, pero para el siglo XXI, no para devolvernos a la Edad Media. Obviamente, como toda novedad, tiene obstáculos. Tanto el arzobispo de Bogotá, el cardenal Luis José Rueda, como el arzobispo anterior, el cardenal Rubén Salazar, han acogido la propuesta, me han escuchado, tengo todo su respaldo, las licencias, y sigo ejerciendo en mi ministerio de esta manera, pero entre el clero no todos lo entienden, y es comprensible, y por lo tanto, ante lo nuevo, pues o se aíslan, o se bloquean, o lo rechazan frontalmente.
R. Repito que es comprensible, pero la tarea está ahí: hacer que la institución vaya acogiendo esto, sobre todo desde la vida diocesana, porque si un franciscano fuese quien lo hiciese, no sería extraño, como no lo sería si lo hiciesen otros religiosos, pues ese es su mundo, pero ¿cuándo lo vamos a hacer los diocesanos?
P. Y de la acogida por parte de la institución, a la acogida personal. ¿Qué eco está teniendo la propuesta de Monjes Urbanos? ¿Están llamando a la puerta de esta 'abadía'?
R. Creo más bien que Monjes Urbanos es la respuesta a la solicitud que ya había, o sea, primero hubo la solicitud y después llegó la respuesta, y esto que ahora estoy presentando es una respuesta a lo que mucha gente está buscando. Y en este proceso de presentarlo a quienes ya lo estaban buscando, llegan personas que quieren curiosear, saber qué es esto. Algunos empiezan a encontrar resonancia con sus búsquedas, otros tal vez ven que todavía no es su momento, o como que no compagina con la vida de la fe que están viviendo.
R. Un asunto que les hago entender es que no es que no pertenezca a su fe, es que pertenece a otro proceso de la misma fe, porque una persona que dice 'a mí me basta con ir a la misa, yo rezo el rosario, recibo los sacramentos, colaboro con el párroco, yo estoy bien ahí, no necesito más, tengo una buena vida familiar, creo que ahí está lo mío', pues muy bien, debe seguir ahí. Pero hay unas personas que dicen 'no sé qué pasó, pero ya no disfruto, ya no le saco jugo a lo que estaba viviendo por tantos años en la parroquia, en los sacramentos y demás, ¿será que perdí la fe?'.
R. Lo que les sucede es que se están abriendo a entrar a la dimensión contemplativa, en donde son superadas las palabras, el ritualismo, el moralismo con el que muchas veces entendemos nuestra vida, y empieza a abrirse a una dimensión mucho más profunda y más abierta, que quien no conoce o no ha percibido ese despertar, no entiende cómo es que es. Dicen 'pero esto no es posible, porque la fe es sólo lo que siempre hemos conocido', cuando realmente hay más. Ese es el problema para algunos, pero la mayor respuesta está viniendo de los laicos.
P. Hay un aspecto que me resulta curioso. Usted incide en la cuestión de la urbe, pero vive como un ermitaño en una montaña...
R. Yo comencé en esa montaña, y allí estaba la sede de la Escuela de Contemplación, pero lo que he hecho durante estos últimos años ha sido volcarme a la ciudad y abrir lugares en ella ciudad. O sea que el monasterio, que ahora lo llamamos así, la casa en donde hacemos los retiros de contemplación, es para momentos especiales de retiro y de silencio, pero la vida está en la ciudad, lo que se trata es de despertar el camino de silencio interior ahora en medio de la ciudad, lo que Raimon Panikkar llamaba el mundanal silencio, encontrar el silencio en medio del ruido de la ciudad.
Cuando no estamos anclados en lo profundo y vivimos en la superficie, caemos en el frenesí de la ciudad. Pero si estoy anclado en lo profundo, aunque me meta en ese frenesí, sigo manteniendo mi mirada contemplativa, serena y profunda
R. Y no se trata precisamente de huir de la vida cotidiana, sino de consagrarla. Por eso yo no me he quedado en la montaña, sino que he ido a la ciudad, y en este momento hay mucha actividad y tenemos varios espacios en la ciudad a donde van las personas a practicar. Y cuando la persona ha logrado un camino interior, de anclarse en el silencio interior, su mirada sobre los ritmos de la ciudad empieza a cambiar, y su mirada sobre el caos que hay en la ciudad también cambia. ¿Por qué? Porque cuando no estamos anclados en lo profundo y vivimos en la superficie, caemos en el frenesí de la ciudad. Pero si estoy anclado en lo profundo, aunque me meta en ese frenesí, sigo manteniendo mi mirada contemplativa, serena y profunda.
R. Y entonces comprendo, y veo, e incluso, por decirlo así, trato de comunicar la paz que vivo desde mi práctica, en medio del caos de la ciudad, a quienes me lo permiten. Muchas veces ni se necesita hablar; basta con que yo suba al transporte público con esa actitud interior contemplativa que, por sí sola, comunica mucha paz, como me lo ha dicho mucha gente.
R. Y esa paz, ¿de dónde es? De una práctica diaria, continua, en medio de la ciudad. A veces allí, en el autobús, de pie, haciendo una práctica interior, mientras está uno en medio de las estrecheces del bus lleno, o mirando por la ventana. Y es la oportunidad también de reinterpretar la ciudad. El semáforo, la vía... son espacios de una abadía. Una abadía tiene esos pasillos largos, pues esa calle larga en donde se mueven las personas en la ciudad, son los pasillos de mi abadía. La reinterpretación, la relectura, la consagración de la ciudad, comienza en la práctica profunda que hace el monje en su ermita personal, que es su hogar.
P. ¿Y cuántas personas están ahora en esa abadía, por así decir? ¿Cuál es el proceso?
R. Ahí hay un doble reto que también, creo, tiene una carga de novedad. Normalmente, las nuevas propuestas en la Iglesia tratan de convertirse en un movimiento en donde quien lo ha inaugurado, lo ha fundado, empieza a aglutinar personas en torno a sí. Yo lo llamo 'amasar gente'. Entonces, cuando a veces me preguntan, ¿y cuántos discípulos tienes? Ninguno, yo no tengo ninguno, no busco tener ninguno. Yo lo que busco es ayudar a despertar en las personas a ese monje interior del que habla Panniker.
R. Y en cuanto a nuestra práctica, en algunos momentos participamos en retiros, encuentros, donde vamos a practicar, incluso a veces vamos a reuniones muy comunitarias, muy fraternas, como un cumpleaños, o, por ejemplo, en Semana Santa nos fuimos en grupo a diferentes lugares a vivir experiencias cercanas a lo que se celebraba en Jueves Santo, en Viernes Santo, en Sábado Santo.
R. Ante todo, lo que se busca es crear una red de personas contemplativas. Cuando alguien me presenta esa propuesta, yo le ayudo haciendo una pequeña evaluación de cómo va su camino y eso nos da una respuesta de en qué puedo ayudar para que siga trabajando en convertirse en el monje que debe ser.
R. No es la imitación de ningún monje, es el monje que debe estar en tu propia vida, porque tu historia de casado con hijos no puede ser la misma historia de una persona que es soltera, no es la misma historia de un hombre que trabaja en una empresa u otro que trabaja en una oficina, son mundos distintos y cada uno necesita descubrir ese monje cómo es. Entonces, sí, hay momentos de encuentro; sí, hay momentos de retiro, pero no se trata de decir 'yo ya tengo aquí un grupo de cien, doscientos, quinientos...' .Luego también hacemos red a través de las redes sociales.
R. Pero Monjes Urbanos no es un movimiento eclesial y no busca tampoco ser una nueva comunidad contemplativa, como las clarisas. Se trata de despertar al monje que hay en ti y mantenernos unidos en red. Y, junto a todo ello, hay también el trabajo social que se hace, porque esto no queda en la práctica intimista, sino en cómo te consagras a la ciudad, cómo sirves a la polis, es decir, la presencia amorosa en la ciudad que hace el monje urbano, y cada uno desde su contexto vital.
P. Y presentes en otros países también, además de Colombia. Acaba de visitar Madrid y Roma...
R. Queremos que esta experiencia se abra en Madrid, donde hay personas que tienen muchas iniciativas al respecto y están muy curiosas sobre cómo podríamos desarrollarlas. Por eso es que yo hablo de una red y de que no hay una uniformidad, sino de cómo se puede hacer un aporte en el contexto en el que vive cada uno.
R. Acaba de crearse un grupo en Roma, y será un estilo muy distinto a los grupos que hay en Bogotá y otros lugares de Colombia. No los voy a uniformar. Porque también deben responder a sus contextos. Pero lo que sí es importante es que cuenten con procesos de formación, como el que está el libro Monjes Urbanos. Místicos para el siglo XXI. Pero es una guía, no un manual directo.