La Vida Consagrada, más a oscuras tras la muerte del claretiano Gonzalo Díez
Fue una especie de zahorí para la Vida Religiosa, siempre buscando un agua fresca y renovada con la que resistir la tentación de replegarse o quedarse anclada en el pasado
El pesar es muy hondo en la familia claretiana por la inesperada muerte de Luis Alberto Gonzalo Díez, donde ocupó diversos cargos y donde su voz se seguirá escuchando durante mucho tiempo.
En esa congregación, y muchas otras que quisieron prestarle oído, dentro, pero también fuera de España, la palabra de este religioso deja huella, y ahora que se le ha quebrado repentinamente la voz a los 61 años, se empieza a echarla en falta.
No siempre fue bien comprendido porque esa voz, que ha dedicado en la mayor parte de sus años de vocación y entrega a analizar el presente y escrutar el futuro de la Vida Consagrada, solía escocer a quienes se habían encomendado al siempre se hizo así, al mundo no nos entiende, al que cambien ellos.
Tampoco gustaba a quienes desde una falta de madurez que en no pocos ámbitos eclesiales sigue siendo un lastre, hacían del pasado un tiempo siempre mejor y pretendían traerlo al día de hoy simplemente reciclando el tejido de sus vestimentas pero igual de almibarados y ñoños en la entrega, y peligrosos en el adocenamiento.
La Vida Consagrada se queda un poco más a oscuras sin la guía profética de los análisis de Gonzalo hechos vida, testados primeramente hasta dónde pudo. Con esas reflexiones, “dejaremos de ocuparnos estérilmente de horarios y reuniones; de ausencias y asistencias; de cargos y encargos; dejaremos de luchar en batallas estériles de votos y capítulos, porque gustaremos la libertad que un día nos llevó a dejar atrás una vida y un pueblo, y hoy ser personas nuevas, solo discípulos”, como dijo durante su ponencia en el V Congreso Latinoamericano y Caribeño de la Vida Religiosa, organizado por la CLAR, y del que se hizo eco –me había enviado la ponencia con el deseo de su publicación en cuanto la hubiese pronunciado- Religión Digital.
También en nuestro portal apareció publicada, hace poco más de dos meses, su última entrevista, con motivo de la publicación de su último libro, ‘Iluminar, no deslumbrar’, sobre el liderazgo en la vida consagrada. Allí, sin paños calientes, como era él cuando la ocasión lo requería, me señalaba sin vacilar que “la vida consagrada no va a ciegas. Pero la situación es más grave y débil de lo que alcanzamos a reconocer. Gracias a ello pueden surgir aparentes liderazgos deslumbrantes que, en realidad no son tales”.
Desgraciadamente, con la marcha de Gonzalo, a quien este mediodía se le despidió con un funeral en Oviedo, la Vida Consagrada se queda un poco más a oscuras, un poco más ciega. Pierden las congregaciones religiosas –toda la Iglesia, en realidad– a un zahorí, como escribí en esta otra entrevista con motivo de otro libro suyo indispensable –“Crucemos a la otra orilla. El diálogo y el cambio de la Vida Consagrada (PS)–: “siempre buscando un agua fresca y renovada”.
