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Y un día te preguntarán: ¿Y tú? ¿Dónde estabas en el centenario de Gaudí?

Gaudí, redivivo en la Sagrada Familia

... y yo podré decir que estuve allí. Cargado con El aprendiz de Gaudí, portando el ordenador, agotado después de cinco días de intensidad absoluta. Pero estuve allí. Como había estado hace 16 años, durante la consagración de la basílica de la Sagrada Familia por parte de Benedicto XVI. Entonces, con una ruptura en el alma. Hoy, mientras León XIV bendecía la Torre de Jesús en un momento que pasará a la historia (costará encontrar un momento más memorable que éste, pese a la impresionante planificación de Madrid, y la no menos brillante de Barcelona), un querido amigo, un colaborador de RD, un magnífico fotógrafo (muchas de las imágenes icónicas publicadas estos días en nuestra web tienen la firma de Jordi Expósito) perdía a su padre. De un infarto. Mientras él caminaba desde El Raval para cubrir la explosión de drones, música, fuegos artificiales y belleza que supuso la bendición de la última gran Torre de Gaudí, en plena fachada del Nacimiento. A su lado, la de San Bernabé, la unica que Gaudí pudo concluir en vida. Hoy, justo, se celebra San Bernabé.

"A los cien años del fallecimiento de Gaudí, se ha ido para acompañarle, mi padre", me respondía al mensaje en el que le preguntaba si me iba a pasar fotos de fuera, que yo me ocupaba de las de dentro. Cien años después, Gaudí, a punto de ser santo (no hubo anuncio, pero la imagen del Papa acuclillado ante su tumba, encendiendo una vela y orando junto a la misma, es ya un gesto. Y si lo vivido después no es un 'milagro' cívico, cultural e identitario, nada lo será), tendrá compañía en el cielo.

Pero a lo que vamos, que Jordi me matará cuando lea esto.

El Papa, ante la tumba de Gaudí | Vatican Media

Hace 16 años, los que vivimos aquel acontecimiento en directo nos pellizcábamos las mejillas, seguros de que jamás veríamos algo similar. El Orfeón donostiarra, el Papa abriendo la puerta de la Gloria por primera vez, unas primeras vistas del templo, por fin, cerrado, y abierto a la Humanidad. De 2010 a 2026 muchas cosas han pasado. Las obras han tomado velocidad de crucero, se han profesionalizado aún más, y la visita de León XIV, marcada en rojo desde hace mucho tiempo (fuera quien fuese el pontífice, TENÍA que venir a Barcelona este día, 10 de junio de 2026), debía ser especial. Y vaya si lo ha sido.

Un auténtico espectáculo de fe, emoción, cultura y arte en tres horas de emoción, abrazos, lágrimas y ganas de seguir construyendo. Juntos. Esa es la magia de todo lo que ha sucedido esta noche. Que todos se han sentido parte de un proyecto, de una ilusión, con las lámparas encendidas y levantadas para acompasar el canto de los niños frente a la fachada del Nacimiento. Con los Reyes emocionados, con Pedro Sánchez pensando si no sería bueno esto de la fe, con un León XIV que ha roto esa coraza que algunos le habían puesto, consciente de que su pontificado ha comenzado para siempre, que no hay marcha atrás, y que todos sumamos más juntos.

La niña enseña a los Reyes y al Papa cómo es la Torre de Jesús | Vatican Media

La emoción arrancó con la llegada del pontífice, y su paseo, junto a los Reyes y un pletórico Omella (se merece este final, y no que se lo empañen con otras historias, que tienen otros tiempos), escuchando las explicaciones que les daba una niña ciega mientras percibía con las manos una maqueta de la Torre de Jesús. No pude evitar pensar en la Rosetta de mi novela, en la fuerza de la imaginación, en el poder del sentimiento compartido. La reina, por cierto, una profesional en lo suyo (y lo dice un republicano), impresionantemente cercana y afectuosa. Prevost, extasiado con la explicación. Tanto, que tardó en bajar a la cripta a reivindicar, con el silencio, con la mirada, con la luz (qué importante es la luz en toda esta locura de construcción) la figura de Antoni Gaudí. Cien años después, el genio de Reus (o de Riudoms) estaba más vivo que nunca.

Fuegos artificiales en la Sagrada Familia | Vatican Media

La ceremonia, impecable, con una marea de fieles que tuvimos la suerte de participar, con la palabra, con la música, con ese sentimiento de santo pueblo de Dios que cuando sea une en nombre de quien tiene que unirse, es capaz de transformar la realidad. Allí estaba Él entre nosotros. Una celebración muy pulcra, contenida, emocionante, con unos coros que llenaban, enviaban y devolvían el sonido entre las columnas arborescentes de la Sagrada Familia, mientras las vidrieras hacían suyo el juego de la luz del atardecer barcelonés.

Una organización perfecta: se nota que estamos hablando de una pieza muy bien engrasada. Se recordó a todos, no sólo a Gaudí, sino a todos los benefactores, colaboradores, trabajadores y soñadores que, a lo largo de estos 144 años, han hecho posible el sueño de toda una ciudad. Habló el Papa en catalán, bastante más de lo que se pensaba (algún día contaremos cómo ensayaba, cada noche, las frases que habría de pronunciar, y los cambios de última hora para evitar que alguien le hiciera meter la pata con cuestiones identitarias. A él, el Papa del multilateralismo), y clamó contra la guerra, por el esfuerzo compartido, por ese 'faro en el Mediterráneo' que es, que debe ser, la Barcelona de Gaudí.

Y, después, el apoteosis. Antes, sin explicar nada, los operarios fueron repartiendo entre los fieles lámparas que, a su debido momento, se iluminaron en mitad del movimiento de celebración. Antes, también, León XIV salió a la fachada del Nacimiento y, desde allí, bendijo la torre (también bendijo al pobre Omella, que se llevó un buen hisopazo. Por cierto, que en la misa, a la izquierda del Papa, se encontraba Joan Planellas. Sí, el presidente de la Tarraconense. Pero... ¿y si sí?) y bendijo a todo el mundo. Porque todo el mundo se sentía bendecido.

Y, finalmente, la sorpresa, en forma de música que se hizo luz, de luz que subió al cielo, y que tronó entre las vidrieras, y más allá. Desde dentro, el espectáculo fue vibrante. Desde fuera, debió dejar con la boca abierta a más de uno. La Sagrada Familia totalmente iluminada, fuegos artificiales resonando, tal y como soñó Gaudí que serían sus campanarios, empezando por el de San Bernabé (aquel mítico balcón hubiera sido un lugar privilegiado para contemplar la mirada pasmada y emocionada de medio planeta), y un ejército de benditos drones, de esos que sirven para crear, y no para matar sin remordimientos (hasta en eso hubo Magnifica Humanitas esta noche), con la figura de Gaudí, y una de sus frases míticas, y providenciales: "Primero el amor, después la técnica".

Y todos sentimos que, la noche del centenario de su muerte, Antoni Gaudí volvía a la vida. Y allí estará, viviéndola, seguramente con el padre de Jordi. Enseñándole cómo funcionan las cosas desde el cielo. Y cómo, si eres un genio, o un loco, o sucede uno de esos pocos instantes que de verdad pueden ser considerados históricos, te recuerdan. Y mientras te recuerden, sigues vivo. Porque el amor, y la belleza, serán las que nos salven en estos tiempos hipnóticos que nos han tocado vivir. Aunque en noches como ésta se mezclen las lágrimas de emoción con esas que se hunden en las entrañas.

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