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Homilía del Papa en la catedral de Barcelona

León XIV, en la catedral de Barcelona | RD/Captura

Estimats germans i germanes, 

Amb gran goig començo la meva visita resant l’Hora sexta en aquesta Catedral amb tots vosaltres. 

[Queridos hermanos y hermanas: 

Con gran alegría inicio mi visita rezando la Hora sexta en esta Catedral junto a vosotros.] El Concilio Vaticano II define el Oficio divino como «la voz de la misma Esposa que habla al Esposo» (Sacrosanctum Concilium, 84) y «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (ibíd.). También la Lectura que hemos escuchado subraya que todos «hemos sido bautizados en un mismo  Espíritu, para formar un solo cuerpo» (1 Co 12,13). Podemos entonces dejarnos ayudar, en nuestra  reflexión, precisamente por estas dos imágenes: la Esposa y el Cuerpo. 

La primera nos recuerda que la Iglesia, y en particular esta asamblea, rica de dones y  carismas y de la variedad de las historias de cada uno, es ante todo una Esposa amada. Dios os ha  querido aquí, porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y  sagradas. Él os ha elegido a vosotros para representar hoy la “comunidad de los santos” (cf. 1 Co 1,2) que está en Barcelona. Y es con esta conciencia que os invito a renovar, concordes, el propósito  de caminar juntos, todos, fieles y Pastores, tras las huellas de Cristo, hacia la plenitud de la vida. La  Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios y, ante todo, crece dejándose  amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque sólo quien se deja amar por Dios  puede construir, con los demás, las obras del amor. 

A este respecto, el Papa Francisco, no hace muchos años, recomendaba a esta Comunidad  diocesana iniciar «desde el encuentro con Cristo» para crecer «en fraternidad, en el anuncio de la  Buena Nueva del Evangelio» (Videomensaje con motivo de la inauguración de la torre de la Virgen  María de la basílica de la Sagrada Familia, 9 diciembre 2021), y, un año después, repetía a los  seminaristas de esta misma Archidiócesis, peregrinos en Roma: «No dejen nunca de gustar y  rememorar este amor de predilección que se derrama y se derramará abundantemente en su corazón  […]. No apaguen nunca ese fuego que los hará intrépidos predicadores del Evangelio» (Discurso a  la comunidad del Seminario de Barcelona, 10 diciembre 2022). 

Sus palabras indican el clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes, en las familias, en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación, en los ambientes de la Curia y en cualquier otro ámbito de vida: un clima de familia, en el que se vive juntos, conscientes de la filiación y de la llamada común, solidarios, abiertos, capaces de misericordia, de sacrificio, de atención recíproca, de perdón. 

Estimats amics, Barcelona, en aquest sentit, té una gran tradició d’Església. Ho recordava  sant Joan Pau II quan, en la seva visita aquí, lloava «l’ànim acollidor que al llarg de la història ha  dut als barcelonins i catalans, a tots vosaltres, a compartir la ciutadania humana i cristiana amb  moltíssima gent» (Àngelus, Barcelona, 7 novembre 1982), i us animava a «proclamar davant  l’Església que aquesta ciutat i aquesta regió són un lloc ampli i obert a la fraternitat cristiana» (ibíd.). 

Amb les seves paraules trobem rostres de tants germans i germanes que entre vosaltres s’han  entregat i s’entreguen per construir harmonia i comunió, més enllà de tota polarització. I també avui  hi trobem confirmació en la vitalitat de tantes obres d’anunci, de formació i de caritat de les quals  tots vosaltres sou animadors i protagonistes.  

[Queridos amigos: Barcelona, en esto, tiene una gran tradición de Iglesia. Lo recordaba  san Juan Pablo II cuando, en su visita aquí, alababa el «ánimo acogedor que a lo largo de la  historia ha llevado a barceloneses y catalanes, a vosotros, a compartir ciudadanía humana y  cristiana con innumerables gentes» (Ángelus, Barcelona, 7 noviembre 1982), y os animaba a  «proclamar ante la Iglesia que esta ciudad y esta región son un hogar amplio y abierto a la  fraternidad cristiana» (ibíd.). 

En sus palabras encuentran un lugar los rostros de tantos hermanos y hermanas que entre  vosotros se han entregado y se entregan para construir armonía y comunión, más allá de toda  polarización. Y también hoy ellas se ven confirmadas en la vitalidad de las numerosas obras de  anuncio, de formación y de caridad de las que todos vosotros sois animadores y protagonistas.

Esto nos lleva a la segunda imagen en la que queremos detenernos: la del cuerpo, objeto  inmediato de la lectura que hemos escuchado (cf.1 Co 12,12-13). Si Cristo es el Esposo que nos amó primero, Él es también la Cabeza a la que estamos unidos como miembros de un único organismo, unos al servicio de otros, «hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9),  todos animados por la acción del mismo Espíritu, todos llamados a la misma santidad. También esto  es importante, porque nos recuerda que para nosotros trabajar juntos no es una elección de “estilo”,  sino una necesidad fisiológica, fundada en la gracia concedida a cada uno «según la medida del don  de Cristo» (Ef 4,7), y a la que correspondemos poniendo en juego los carismas recibidos en el  respeto de los ministerios confiados. Es el Espíritu quien, como partes de una única estructura viva,  nos impulsa no sólo a entregarnos sin reservas allí donde la Providencia nos llama, sino a hacerlo  según los designios de Dios, en la obediencia y en la confianza. 

Como en un cuerpo, también entre nosotros hay miembros más fuertes y otros más débiles,  algunos visibles, que desempeñan funciones evidentes hacia el exterior, otros escondidos, que  actúan desde dentro, en algunos casos sin detenerse nunca y cumpliendo funciones vitales, sin que  nadie siquiera se dé cuenta. 

Son muchas las imágenes con las que podríamos ilustrar la variedad y la importancia de los  roles y de las misiones que encontramos entre nosotros, pero el mensaje es siempre el mismo: en la  riqueza de los dones recibidos, somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque  estamos animados por el mismo Espíritu, el Espíritu de Cristo, que es Espíritu de comunión para la  salvación de todos (cf. Ef 4,4). Por tanto, es importante, para cada uno de nosotros, no permitir que  nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras  día.  

Barcelona és anomenada “Cap i Casal de Catalunya”. Això dóna a aquesta comunitat, i a  tots vosaltres, barcelonins i catalans, una vocació i una responsabilitat especial per convertir-vos,  amb l’ajuda de Déu, en constructors d’unitat. 

Ara venerarem les restes de santa Eulàlia copatrona d’aquesta Catedral, d’aquesta  Arxidiòcesi i d’aquesta Ciutat.

[Barcelona es llamada “Cap i Casal de Catalunya”. Lo que da a esta comunidad, a todos  vosotros, barceloneses y catalanes, una vocación y una responsabilidad especial de convertiros,  con la ayuda de Dios, en constructores de unidad. 

Dentro de poco veneraremos los restos de santa Eulalia, copatrona de esta Catedral, de  esta Archidiócesis y de esta Ciudad.

San Agustín, hablando de los Mártires, decía: «No nos parezca poca cosa el ser miembros de  aquel de quien lo fueron aquellos con quienes no podemos equipararnos […] obedecemos al mismo  Señor […], perseguimos la misma caridad y abrazamos la misma unidad» (Sermón 280, 6). 

Queridos hermanos y hermanas: con este espíritu es que también nosotros, en un mundo  desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista,  queremos ser “mártires”, es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz,  incluso a costa de sacrificios y renuncias. Como la virgen Eulalia y tantos otros mártires, queremos  responder nuestro “sí”, dispuestos, en lo que sea necesario, a morir a nosotros mismos, a perdernos  para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para  siempre (cf. Mt 16,24-26). 

Això ens ensenya el Crucificat, a això ens conviden l’apòstol Pau i els exemples dels sants,  això volem fer plegats, segons l’oració de Jesús al Pare, durant el l’ Últim Sopar: « Que jo estigui en  ells i tu en mi, perquè siguin plenament u. Així el món reconeixerà que tu m’has enviat i que els has  estimat a ells com m’has estimat a mi» (Jo 17,23). 

Que Maria, Mare de l’Església i Mare de la unitat, ens ajudi a ser fidels a aquest compromís  i a aquesta missió. «Mare de Déu de la Mercè, pregueu per nosaltres». 

[Esto nos enseña el Crucificado, a esto nos invitan el apóstol Pablo y los ejemplos de los  santos, esto queremos hacer juntos, según la oración de Jesús al Padre, durante la Última Cena:  «Yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me  has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17,23). 

Que María, Madre de la Iglesia y Madre de la unidad, nos ayude a ser fieles a este  compromiso y a esta misión: «Santa Maria de la Mercè, pregueu per nosaltres».

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