La Iglesia es testigo cuando no se desentiende
En el muelle de Arguineguín, el Papa deja una pregunta que debería estremecernos o hacernos sentir vergüenza, todavía más si somos cristianos: "¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?"
(Luis Miguel Modino/Alfa&Omega).- En un viaje que va decreciendo en tamaño, el Papa va con sus mensajes poniendo el foco en lo decisivo para ser cristiano. Y es que hay páginas del Evangelio que, aunque lo hagamos porque nos incomodan, «ningún creyente puede tomar a la ligera», como ha dicho León XIV en el Puerto de Arguineguín. Una de ellas es el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, que se concreta en esos lugares donde «llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca, nunca de su dignidad».
Nadie puede desentenderse
El desafío siempre es pasar de espectadores a reconocer a Cristo en los marcados por «el miedo, el hambre y la violencia». Al hacerlo somos grandes en humanidad. Y eso es algo que nos atañe a todos los cristianos, del primero al último: «el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles», ha dicho quien hoy desempeña ese ministerio. Con ello también recordaba a Francisco, el Sucesor de Pedro que manifestó repetidas veces un deseo que hoy ha hecho realidad León XIV.
Y junto con el Sucesor de Pedro, «la Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana». Algo que lleva a cabo la diócesis de Canarias, con su obispo, monseñor José Mazuelos a la cabeza, aunque algunos le ataquen por sus palabras. Es una voz profética «contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros», como ha dicho el Papa, a quien probablemente descalificarán los mismos que lo hacen con monseñor Mazuelos. Pero «la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas».
Nunca olvidemos que son personas, no cifras, que lo único que esperan y agradecen de corazón es un gesto de amor, que muestra que «la misericordia concreta puede salvar y puede cambiar vidas». A esas personas la Iglesia las dice: «eres hija, eres hermana, eres bendición… Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte».
Denuncia profética
Un Papa que, al frente de la Iglesia, denuncia a las naciones de origen y de tránsito, pero sobre todo a Europa, «que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas», y a la comunidad internacional, «llamada a una cooperación eficaz y perseverante». Denuncia en definitiva al Norte Global, donde los migrantes no nos gustan, nos molestan, aunque nos aprovechemos de ellos para hacer lo que muchos no estamos dispuestos.
Por ello, interpelarse ante ese drama es una exigencia para toda la Iglesia, para quien «la acogida al migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». Adorar a Cristo Eucarísitico va inexorablemente unido a vivir la caridad, «no podemos «pasar de largo» ante los cayucos y las pateras», subrayó el Papa. De ahí su pregunta, que debería estremecernos o hacernos sentir vergüenza, todavía más si somos cristianos: «¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?».
Las palabras de san Juan de la Cruz: «en el ocaso de la vida nos juzgará el amor» son una llamada a, en palabras de León XIV, reconocer a Dios «en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera». Una llamada a asumir y ser testigos como Iglesia de que el Evangelio se concreta cuando nos lleva a construir fraternidad.
Una Iglesia unida y cirenea
Con esa Iglesia que está en Canarias se encontraba el Papa en la catedral de Santa Ana de Las Palmas de Gran Canaria. Lo hacía con las palabras de san Agustín: «con ustedes soy cristiano y para ustedes, obispo», y les ha llamado a «construir juntos la Iglesia cimentados en Cristo» para «edificar el bien, armonizar nuestras diferencias y trabajar unidos en favor de todos». De ahí su invitación a «abrazar la cruz de Cristo» para superar «la incertidumbre y el temor».
A la Iglesia canaria el Papa agradeció, y esa es una llamada para quienes somos Iglesia, su condición de cireneos, que acompaña y ayuda «a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida». Por su «generosa labor de caridad y misericordia».
Del mismo modo, llamó a «cultivar una espiritualidad eucarística» y así «ahondar en «una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor»». Un camino para manifestar «la solidaridad cristiana», para testificar «el amor que se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles». Ese es el camino para ser testigos, no dejar de practicar la misericordia, detenerse ante quien está caído al borde del camino.