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León XIV, «el Papa de los bebés»

"Ha recordado una verdad tan antigua como revolucionaria: que la fragilidad no es una debilidad que deba ocultarse, sino un lugar privilegiado donde se revela la dignidad humana"

El Papa abraza a una niña en la vigilia de oración en Barcelona | EFE

«Dejad que los niños se acerquen a mí» (Mt 19,14)

Hay personas que cambian la historia con grandes decisiones y otras que transforman el corazón de una época mediante gestos aparentemente pequeños. León XIV pertenece a estas últimas. En un mundo acostumbrado a medir la grandeza por el poder, la influencia o la eficacia, ha recordado una verdad tan antigua como revolucionaria: que la fragilidad no es una debilidad que deba ocultarse, sino un lugar privilegiado donde se revela la dignidad humana. Quizá por eso, cuando el tiempo decante lo esencial de su pontificado, muchos lo recordarán con un nombre tan sencillo como elocuente: «el Papa de los bebés». 

Los bebés ocupan un lugar privilegiado en la mirada de León XIV. Basta contemplar cómo se inclina sobre ellos, cómo los bendice, cómo los toma en brazos o cómo interrumpe cualquier recorrido para acercarse a una vida que comienza. En esos gestos habita mucho más que una espontánea simpatía hacia la infancia. Se adivina una mirada evangélica capaz de descubrir la presencia de Dios allí donde el mundo sólo advierte debilidad y vulnerabilidad. 

Los hijos son un regalo de Dios. Cada nacimiento es una pequeña victoria de la esperanza sobre el cansancio del mundo. Cuando nace un niño, la humanidad recibe una nueva oportunidad para creer en sí misma. En cada recién nacido se esconde una promesa que todavía no ha sido traicionada por el egoísmo, la violencia o la indiferencia. Los bebés son la forma más pura de la gratuidad. No producen, no compiten, no acumulan, no generan poder. Y, sin embargo, poseen un valor infinito. Por eso León XIV se acerca a ellos con una mezcla de ternura y reverencia. Como quien reconoce una huella de Dios en la vulnerabilidad humana.

Los bebés conservan una sabiduría que los adultos olvidamos. Habitan el mundo sin máscaras. No calculan beneficios ni diseñan estrategias

Los bebés conservan una sabiduría que los adultos olvidamos. Habitan el mundo sin máscaras. No calculan beneficios ni diseñan estrategias. Acogen la realidad como un regalo. No se preguntan si la luz merece la pena; simplemente la contemplan. No miden el valor de una caricia; la reciben. No teorizar sobre el amor; viven inmersos en él. Su sola presencia cuestiona una cultura obsesionada por la utilidad y el rendimiento. 

Quizá por eso Jesucristo colocó a los niños en el centro del Evangelio. Porque guardan intacta una riqueza que el mundo adulto pierde con facilidad: la capacidad de confiar. Creen antes de comprender, aman antes de calcular y esperan antes de exigir garantías. Su sola existencia recuerda que la vida no comienza con la conquista, sino con el don; no con la autosuficiencia, sino con la acogida. Y acaso ahí resida una de las claves más luminosas del pontificado de León XIV; haber recordado a nuestro tiempo que la verdadera grandeza nace siempre de la confianza, la ternura y el amor recibido. 

Los bebés son sólo el comienzo. Tras ellos aparecen también los ancianos olvidados, los enfermos, las personas con discapacidad, quienes luchan contra la soledad o los problemas de salud mental, quienes viven marcados por el sufrimiento o por el peso de los errores cometidos. Todos forman parte de una misma geografía espiritual: la geografía de la fragilidad humana.

Quienes lo acompañaron no recordarán únicamente sus discursos. Recordarán sus silencios. La forma de escuchar. La atención a los niños

Durante su visita a Barcelona, los días 9 y 10 de junio, esta convicción adquirió una extraordinaria fuerza simbólica. Quienes lo acompañaron no recordarán únicamente sus discursos. Recordarán sus silencios. La forma de escuchar. La atención a los niños. La cercanía con los enfermos. La paciencia con quienes buscaban una palabra de consuelo. Los grandes líderes dejan frases memorables; los grandes pastores dejan gestos inolvidables.

Especialmente conmovedora fue su visita al centro penitenciario de Brians. Allí, entre personas privadas de libertad, León XIV recordó una de las verdades más profundas del cristianismo: los errores del pasado no agotan la verdad de una persona. Ninguna equivocación puede borrar la dignidad humana. Nadie queda reducido a la peor página de su biografía. 

Especial luminosidad adquirió su encuentro con las mujeres privadas de libertad. Antes que condenas, León XIV contempló rostros; antes que expedientes, historias; antes que delitos, personas. Allí donde muchos sólo alcanzan a ver culpa y fracaso, él descubrió una dignidad intacta y una esperanza abierta al futuro. 

El Papa, con las reclusas de Can Brians

Porque el cristianismo no comienza con una acusación, sino con una llamada. No pregunta primero qué has hecho, sino quién eres. Y la respuesta es siempre la misma: una persona amada por Dios. Esta misma convicción sostiene sus palabras sobre las «noches» de la existencia. León XIV habla de la fatiga de creer, del cansancio del espíritu, de las incertidumbres que acompañan toda vida humana. Pero se niega a convertir la oscuridad en una condena. Las noches, afirma, pueden convertirse en lugares de renacimiento. Derriban nuestras máscaras y nos devuelven a lo esencial. Allí donde parece terminar un camino, Dios prepara discretamente un comienzo. «El pasado no condena el futuro»

Otro de los momentos más significativos de su estancia en Cataluña tuvo lugar en la Abadía de Montserrat, corazón espiritual de un pueblo que durante siglos ha subido a la montaña en busca de silencio, consuelo y esperanza. Allí, bajo la mirada de la Moreneta, León XIV dejó uno de los mensajes más hondos de su visita: la necesidad de custodiar el amor en medio de una sociedad cada vez más fragmentada por la polarización, la agresividad verbal y la indiferencia. «Aprendamos a custodiar y cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, para que el odio dé paso a la esperanza y a la paz», exhortó el Papa.

Durante el día recoge los reflejos del Mediterráneo; durante la noche se convierte en un faro para quienes caminan entre las incertidumbres y las sombras de la existencia

La estancia de León XIV en Barcelona alcanzó una de sus imágenes más poderosas con la inauguración de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. La gran aguja concebida por Antonio Gaudí se eleva sobre la ciudad como una plegaria hecha piedra, una flecha de luz que apunta al cielo sin dejar de hundir sus raíces en la tierra. Durante el día recoge los reflejos del Mediterráneo; durante la noche se convierte en un faro para quienes caminan entre las incertidumbres y las sombras de la existencia.

No es casual que esta imagen cierre simbólicamente una visita marcada por la cercanía a los más vulnerables. Desde los bebés que bendijo hasta las mujeres privadas de libertad a las que llevó un mensaje de esperanza en Brians; desde los enfermos hasta quienes atraviesan las noches de la fe y del sufrimiento, todo el itinerario de León XIV en Barcelona pareció girar en torno a una misma convicción: la dignidad humana nunca deja de brillar.

Antonio Gaudí formuló esa intuición con una frase que resume admirablemente la alianza entre fe, razón y humanidad: «Primero el amor, luego la técnica»

Antonio Gaudí formuló esa intuición con una frase que resume admirablemente la alianza entre fe, razón y humanidad: «Primero el amor, luego la técnica». Toda la Sagrada Familia nace de ese principio. La técnica calcula, organiza y construye; el amor otorga sentido, orientación y belleza. Sin amor, la piedra es sólo materia; con amor, se convierte en belleza, en plegaria y en catedral. 

También León XIV parece repetir hoy esa lección al mundo contemporáneo. En una cultura fascinada por la eficacia, los algoritmos y la velocidad, recuerda que ninguna tecnología podrá sustituir jamás una caricia, que ningún progreso científico puede reemplazar la ternura y que ninguna inteligencia artificial será capaz de ofrecer el consuelo que nace de una presencia humana. Porque la verdadera grandeza no consiste en dominar, sino en cuidar; no en acumular poder, sino en acompañar la fragilidad.

La abadía de Monserrat y la Torre de Jesucristo señalan hacia el cielo. Los bebés, los enfermos, los ancianos, los presos y quienes sufren nos obligan a mirar hacia la tierra. León XIV ha comprendido que ambos movimientos son inseparables. No existe auténtica trascendencia sin cercanía. No existe amor a Dios sin amor al ser humano. Y quizá por eso su pontificado está dejando una huella tan profunda: porque ha recordado a nuestro tiempo que el futuro no se levantará sobre la técnica sola, sino sobre la capacidad de amar, cuidar y reconocer la dignidad sagrada de cada persona. 

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