El Papa condena ante los obispos la "plaga" de los abusos y recordó a "aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos"
"El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales"
La sede y el aula de la plenaria episcopal vestía sus mejores galas para recibir a León XIV. A su llegada, el Papa fue recibido por el presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Javier Argüello, por el arzobispo metropolitano de Madrid, cardenal José Cobo Cano, y por el secretario de la Conferencia Episcopal, Francisco César García Magán. Al entrar, saludó a algunas autoridades eclesiásticas y se dirigió a la Sala de la Asamblea Plenaria, en la primera planta.
Si en las Cortes, el Papa pidió a España ser su aliada para combatir el poshumanismo, en el aula de la PLenaria de sus obispos proclamó, con la bella parábola del viaje, al proceso sinodal, iniciado popr Francisco, como la meta de la Iglesia. Definiendo, primero, qué es ese proceso: "El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales".
Y pintó ese proceso sinodal como viaje, ligeros de equipaje (dejar estructuras), con alforjas y comunicándose con la gente. "Estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América santo Toribio de Mogrovejo", dijo León XIV.
También habló de las realidades eclesiales, como la escasez de vocaciones, y aprovechó para condenar la plaga de los abusos del clero: "Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación".
Discurso del Papa a los obispos españoles
Queridos hermanos en el Episcopado:
Es con gran gozo que me presento ante vosotros en este tercer día de mi viaje apostólico en España. Después de saludar a los representantes políticos que me han recibido en el Parlamento, me gustaría ahora aprovechar estos momentos juntos para reavivar la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles (cf. Mc 6,31). Agradezco a Mons. Luis Javier Argüello García las amables palabras que como Presidente de la Conferencia y en nombre de todos me ha dirigido, espero que las mías puedan confluir en ese diálogo en el Espíritu que supone acoger todo lo bueno que el Señor nos dice a través del hermano. El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales.
Es un diálogo fecundo que como Iglesia vais definiendo en distintos modos. Uno concreto, que podemos evocar, es el de los congresos que estáis realizando. Me detengo en los celebrados en 2020 y 2025, que han tenido una especial repercusión: Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión. Sus temas inciden en las cuestiones esenciales: ¿cómo se pueden afrontar los retos actuales? y ¿quiénes están llamados a acoger este desafío?
En mi contribución a esta reflexión, se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón. Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que, por parecidas razones, llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre. Por otro lado, no conviene tampoco olvidar algo que aprendemos de las vicisitudes de tantos emigrantes: una persona sola, sin raíces y sin recursos, es alguien que sufre terriblemente y que con gran dificultad puede establecer vínculos sólidos en el lugar adonde llega.
De ese modo, en esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita. Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.
Otro tesoro que no podemos olvidar en nuestra alforja es el Viático del peregrino. El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación. No es un problema de cómo hacer más o menos atractiva la celebración, es sentir que, si somos parte de Él, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material. La vida sacramental va acompasando nuestra existencia como la de un niño que recibe el alimento de su madre, como la de un deportista que va midiendo las fuerzas necesarias para llegar a la meta.
Por otra parte, algo que suele costarnos mucho al viajar es comunicarnos con el otro. Sea debido a la lengua y la cultura distintas, sea por la desconfianza hacia lo desconocido, sea por las rencillas e incomprensiones que pueden darse incluso entre personas cercanas, nos sentimos limitados a la hora de expresarnos o de comprender a nuestro interlocutor. Es una experiencia que podemos llevar al anuncio del Evangelio, a la acogida del otro, a la capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo que nos rodea o a la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales. Si antes hemos dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino.
Como sucede a los peregrinos del Camino de Santiago, en nuestro viaje podemos encontrarnos con esas inmensas planicies castellanas, vacías a nuestros ojos. Los pocos encuentros de estos peregrinos con algunas personas mayores o con trabajadores extranjeros, pueden ser una metáfora de muchas situaciones sociales que por desgracia se perciben en algunas de vuestras realidades eclesiales. No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga: en el pasado, por ejemplo, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América y que pueden ayudarnos aquí en nuestra misión.
Como entonces, estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América santo Toribio de Mogrovejo, del que estamos celebrando el tercer centenario de la canonización, presentándolo precisamente como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial. Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades, con migrantes de todas las partes del mundo, también han cambiado, pero el espíritu debe permanecer.
¿Cuáles son los puntos esenciales de ese espíritu? El primero tiene que ver con la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse no sólo para comprender, sino para compartir. Sólo sobre la base de poner en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas. Para ello, lógicamente, hay que comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino. El segundo es la llamada a crear realidades capaces ellas mismas de comunicar la propia experiencia de fe. Capaces de llevar —como hizo Toribio— la experiencia de Granada a América, es decir, de atesorar en nuestro equipaje los recursos que nos permitan afrontar con franqueza los retos siempre nuevos de la evangelización en cada circunstancia.
Después de las llanuras desiertas, encontraremos también grandes ciudades, en ellas, el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos. Las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas, análogos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza. Los peregrinos suelen salir de noche y muchas veces esa oscuridad inicial del camino puede asustarlos. Podríamos evocar el himno de vísperas, La noche es tiempo de salvación, para decir que, si vamos en buena compañía, las dificultades del caminar y el peligro de extraviarse se reducen. Es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia y de cada una de nuestras historias, Él determina los tiempos. Nosotros caminamos tras de Él, más aún, caminamos con Él como miembros de un sólo cuerpo. Ese vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios. La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.
En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclamacustodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.
La comunión vivida de ese modo posee también una fuerza misionera. Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.
Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas. En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta: “¿Para quién soy?” resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.
Por eso, la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el Evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser nuevamente escuchada como promesa de vida.
Antes hemos hablado de equipajes cargados y los peregrinos del Camino de Santiago saben bien que en la mochila debe cargarse sólo lo esencial. Como en reiteradas ocasiones propuso el Papa Francisco, en el actual contexto vocacional, es necesario decir que la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con Centros Superiores de Teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos.
En este terreno, las dificultades pueden ser vividas como oportunidades. A veces nos resulta difícil presentar la vocación de los laicos y su integración en este viaje de vida que como Iglesia estamos realizando. Por otro lado, vemos como en muchas obras, tradicionalmente gestionadas por religiosos, se recurre a colaboradores laicos para poder seguir realizando la tarea. Es una dificultad que podemos convertir en oportunidad de encuentro, de diálogo y de comunicación. De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos, interiorizando el espíritu, sintiéndose parte de la misión que el Señor encomendó a los religiosos que la pusieron en pie.
Como veis, nuestro viaje está hecho de encuentros, en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos. Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.
Esta misma lógica vale también para los desafíos de un mundo secularizado. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre. La Iglesia está llamada a reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer, como Pedro y Juan al paralítico junto a la puerta del templo, el tesoro que les ha sido confiado: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar (cf. Hch 3,1-10). También cuando colabora con otras instituciones, religiosas o civiles, incluso cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Ese mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras. Así cada gesto de caridad cristiana que nace del Evangelio lleva en sí una promesa más grande: restituir a la persona el convencimiento de ser amada.
En nuestro viaje recorremos aquella que san Juan Pablo II quiso llamar «Tierra de María».[1] En la Santísima Virgen tenéis a vuestra primera compañera de camino y vuestro principal tesoro, pues ella nos muestra con su vida cómo acoger la Palabra y custodiarla en el corazón, cómo acompañar en este itinerario a los discípulos y permanecer presente en el camino de la Iglesia como madre de comunión y de esperanza. A ella encomiendo vuestro ministerio, para que os ayude a ser, en medio del pueblo que tenéis confiado, esa levadura escondida de la que habla el Evangelio. Pequeña a los ojos del mundo, pero capaz, cuando permanece unida a Cristo, de hacer fermentar la masa (cf. Mt 13,33). La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu.
En este camino os acompaña también san Juan de Ávila, patrono del clero español, en este año en el que recordamos el quinto centenario de la ordenación presbiteral. San Pablo VI lo definió «un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas» y, al mismo tiempo, «un simple sacerdote».[2] En este santo doctor, la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio.
Mirándole a él, pienso en aquellos que son los más cercanos compañeros de los obispos en este viaje, en esos “simples sacerdotes”, en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir el valor de esa esencia: ser presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. Presbíteros que encuentren en el obispo no sólo una autoridad reconocida, sino un padre que les acompaña; y en los otros sacerdotes hermanos con los que compartir las fatigas y las alegrías de esta peregrinación llena de encuentros, en la que todos buscamos a Cristo.
Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Sea esta también nuestra súplica: Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. Porque la Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.
Que Dios os bendiga. Muchas gracias.
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[1] Homilía en la celebración de la Palabra y Acto Mariano nacional, Zaragoza, 6 noviembre 1982, 1. [2] Homilía en la canonización del beato Juan de Ávila, 31 mayo 1970.