¿Agustinismo político?, se preguntó Henri de Lubac
I.- El agustinismo político:
La nueva gramática de la lengua española, en los números 42.12 del V.II, al enunciado de la interrogación retórica, responde diciendo que “se suelen llamar interrogativas retóricas las que contienen implícitamente su propia respuesta o sugieren de forma velada la inclinación del hablante que las formula hacia una respuesta particular. Muchas de estas construcciones se interpretan como recursos que encubren afirmaciones o negaciones veladas”. La pregunta que formuló el P. Henri de Lubac --que es título del segundo ensayo o estudio, incluido en la llamada “Tercera parte” (Teología política) de la obra Teologías de Ocasión (publicada en España por la BAC en 2023)--, parece ser un buen ejemplo de interrogación retórica, encubriendo una negación, pues no parece ser de San Agustín lo que se le atribuye con el denominado “agustinismo político”.
En el Prólogo a La Ciudad de Dios, obra editada en 2006 por Homo legens, se afirma que san Agustín lloró amarga y frecuentemente con motivo del sacomano de la capital del Imperio y las graves consecuencias originadas en la cristiandad, hiriéndole profundamente que se achacase al Salvador la perdición y ruina del mundo. “Por eso yo, ardiendo en celo por la casa de Dios, y para refutar sus blasfemias y errores, resolví escribir La Ciudad de Dios”. Y en la Introducción a La Ciudad de Dios, obra editada en julio de 2025 (sexta impresión) por BAC Selecciones, se afirma que La Ciudad de Dios fue una grande y ardua empresa, cuyo resultado fue una obra magistral, muy bien documentada de apologética del cristianismo, demostrando la falsedad de la idolatría y el politeísmo, impotentes para defender el Imperio y librarlo de los males.
El Padre de Lubac en una nota a pie de página aclaró que el estudio o ensayo fue escrito en la década de 1930, y sin idea de publicación con pretensiones académicas, concluyendo la nota: “Esperemos, con su publicación, ayudar a arrojar luz sobre uno de los aspectos de la obra agustiniana, todavía hoy injustamente denigrados”. En la fecha de 1930, era habitual hablar o escribir de Teología Política, siendo de 1922 el libro emblemático de Carl Schmitt (Teología Política), un ya clásico de pensamiento político contemporáneo, “mezcla compleja de atracción y rechazo” según José Luis López de Lizaga (Carl Schmitt. Lucidez y ceguera, Alianza, marzo 2026). En aquel libro de C. Sxhmitt, de 1922, denso y complejo, se contiene la esencial afirmación: “Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”.
Sorprende la profundidad del pensamiento de Lubac en una cuestión ciertamente muy importante desde los puntos de vista filosófico, político, eclesiológico y teológico -la Teología política-, pero de algún modo fuera del núcleo de otras ramas teológicas en las que brilló el sacerdote jesuita con luz propia, antes, durante y después del Concilio Vaticano, como se indicó en anteriores artículos.
De ninguna manera sorprende el conocimiento del P. de Lubac sobre San Agustín y su obra, Padre de la Iglesia. Y es que “el agustinismo político” es un tema importante en los libros de Historia de las Ideas Políticas, en los diccionarios de Filosofía Política, en la Historia de la Teología y en la del Derecho Canónico. Se ha de partir de un hecho esencial: San Agustín fue el testigo privilegiado de la caída de un gran imperio, dedicando a ello casi la mitad del libro Civitas Dei (del Capítulo 1 al 10, ambos inclusive).
He de recordar que el tema del “dualismo cristiano durante la Edad Media”, una vez caído el Imperio romano, entre el poder político y el poder religioso, se explicaba en el programa de la asignatura de Derecho Canónico en las Facultades de Derecho (2º Curso). Y que tal dualismo estaba en el programa de oposiciones, de turno libre, a Letrado del Ministerio de Justicia, estudiando a papas como Gelasio, Bonifacio VIII, Inocencio IV, Gregorio VII y a figuras tan relevantes como San Isidoro de Sevilla, en cuanto teólogo o al monje San Bernardo de Claravall, todos citados en el ensayo de Lubac.
En el mejor diccionario de Filosofía Política, bajo la dirección de Philippe Raynaud y Stéphane Rials (PUF 1966), la voz Agustín (354-430), de doce páginas, comienza así: “El concepto de agustinismo político pertenece a la historia de las doctrinas políticas medievales”. Y más adelante se añade:
“El agustinismo político sería así, no un conjunto de doctrinas cuya paternidad sería de Agustín, sino una corriente de pensamiento secular que los papas desde Gelasio (492-496) habrían ilustrado en la concepción de su poder vis-a-vis del poder temporal, creando así el equívoco durante toda la Edad Media y más allá”. Concepción que permitió la eclosión de la teoría teocrática, en concreto, formulada por el papa Gregorio el Grande y el teólogo Isidoro de Sevilla en el siglo VII, según la cual, el poder temporal está al servicio del poder espiritual”.
Y vayamos ahora al ensayo de Lubac. Cita a Mandonnet, para el cual “el agustinismo político se caracteriza en todos los ámbitos por una tendencia a absorber el orden de la naturaleza (humano) en el orden “sobrenatural”, pero el advenimiento del tomismo finalmente habría asegurado la clara distinción de estos dos órdenes”.
Tan errático planteamiento, el P. Lubac lo atribuye a plurales causas:
--Escribe de paradojas, contradicciones, confusiones de lenguaje: es a este precio que el mito del agustinismo político ha podido mantenerse.
--Escribe de una mala lectura de la gran obra de san Agustín, La Ciudad de Dios.
---Escribe que el sentido de la gran obra de San Agustín ha sido falsificado por historiadores.
--Escribe de que hay un malentendido fundamental sobre la interpretación: “cuando Agustín aborda el tema no es para tratar de fundar el Estado sobre la justicia evangélica de esta particular doctrina”. --En la página 318 escribe de un siempre malentendido fundamental, lo que alimenta la ficción de que un “agustinismo político” que estaría destinado a jugar un papel tan importante durante mucho tiempo.
En la página 304 se sentencia: “El agustinismo del que hablan con tanta insistencia no corresponde al verdadero pensamiento del gran doctor; tuvo que sufrir grandes modificaciones en el camino…”.
Lubac distingue entre los agustinistas de los verdaderos agustinos, siendo aquéllos los partidarios del sistema teocrático en la política, es decir, del doble poder espiritual y temporal de la autoridad religiosa. Y se cita a Nicolás Jung, que escribió que la mentalidad medieval no era agustiniana sino agustinista, siendo también la doctrina político-religiosa de un Alcuino, un Jonás de Orleans y otros, que merecen el nombre de agustinianos, no de carácter teocrático.
El P. de Lubac justifica su posición crítica analizando en detalle el tema de las dos ciudades (sociedades místicas), con los símbolos bíblicos de las dos ciudades, de Babilonia, la terrestre y de Jerusalen, la divina; la de las tinieblas y la de la luz, y las de los dos amores: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios (ciudad terrenal) y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo (ciudad celeste), mezcladas, opuestas y enredadas la una y la otra. Distinción que juzga Lubac de una fecundidad extraordinaria y también de una gran complejidad, y acaso no fácil de entender y fácil para no querer entender. Y “” San Agustín tiende -según Lubac- a distinguir radicalmente los dos conceptos “Iglesia” y “ciudad de Dios””.
Páginas laboriosas y de mucho conocimiento las dedica el P. de Lubac a estudiar el concepto agustiniano de la Ciudad de Dios, sirviéndose del apoyo del dominico P. Congar, que escribió:
“Nos equivocaríamos, si creyéramos que este libro (La ciudad de Dios), con su título, proporcionaba una especie de modelo para la realización de una sociedad cristiana temporal que era una ciudad de Dios en la tierra”.
Es en la última parte (IV) del trabajo ¿Agustinismo político? Donde Lubac hace un análisis meticuloso del pensamiento teocrático de Egidio Romano, autor de De ecclesiastica potestate, que sostiene la doctrina teocrática de la omnipotencia del papa, tal y como se había constituido sobre una base agustiniana, a partir de Gregorio VII, Inocencio III e Inocencio IV. Y destacando las referencias finales al importante Marsilio de Pádua, cuya empresa según Lubac- consistió, precisamente en una secularización llevada al extremo de las concepciones teocráticas.
II.- El agustinismo político según el fraile agustino y de la Reforma, Martín Lutero:
Aquí estamos ante otra interpretación del agustinismo político, que también ha merecido el interés de los historiadores de las ideas políticas, de los filósofos de la política, y naturalmente de los teólogos. En la Introducción a La Ciudad de Dios, en la edición de la BAC Selecciones, se escribe: “En la Edad Moderna, la Reforma de Lutero, que leyó mucho y glosó La Ciudad de Dios, introdujo una nueva versión de las dos ciudades, desfigurando el pensamiento original del libro, porque radicaliza la soberanía del diablo, negando al hombre toda forma de colaboración en su construcción. Introduce además una lectura nueva en las doctrinas de los dos amores, de las dos ciudades y de los dos reinos que disputan entre si Dios y el diablo”. Una lucha entre dos iglesias: la papal y la que funda Lutero, la Reforma, quedando eclipsada la ciudad celeste por la ciudad terrena.
Mas que analizar el pensamiento de Lutero sobre las dos ciudades -no refiriéndose a él el Padre de Lubac-, me interesó señalar la condición de monje agustino del Reformador. Y señalar que el trabajo de Duncan B. Forrester sobre Martín Lutero (1483-1546) y sobre Juan Calvino (1509-1564), incluido en la magna obra Historia de la Filosofía Política, editada por el Fonso de Cultura Económica, me parece muy completo. Ciertamente que Lutero se opuso a las tesis inspiradoras que habían inspirado la teocracia de los grandes papas de los siglos XII y XIII o de San Bernardo. Y Lutero vuelve al tema agustiniano según el cual la verdadera justicia es la justificación sobrenatural que sólo procede por la Gracia, a la que opone el pecado (lectura del capítulo XXII de La Ciudad de Dios), debiendo carecer la Iglesia de todo poder temporal.
Concluyo este apartado citando a José Luis Villacañas, que en 2025 publicó Senderos que se bifurcan, en edición de Arpa, constando en el capítulo 8 “Carlos V o Lutero” escribe: “Para Lutero, el pueblo cristiano gemía bajo la cautividad de una nueva Babilonia, la Iglesia de Roma, cuyo rey se coronaba con la vieja tiara de los persas”. Líneas posteriores (16), continuaba: ”Solo cabía una salida: derogar todo el derecho canónico como una mera legislación humana, sin valor alguno frente a la Escritura.
III.- San Agustín, Padre de la Iglesia, y la vida monástica:
En la edición de la BAC Selecciones se incluye una breve Vida de San Agustín escrita por Posidio, que convivió con él fraternalmente durante más de cuarenta años. Son interesantes todos los capítulos, interesándome el capítulo 5 (Funda un monasterio) y 13 (Apostolado en favor de la paz de la Iglesia), teniendo en cuenta que el actual papa es fraile agustino y que episodios de la vida de Agustin son parte de la regla agustiniana. El capítulo V empieza así: “Ordenado, pues, presbítero, luego fundó un monasterio junto a la iglesia, y comenzó a vivir con los siervos de Dios según el modo y la regla establecida por los apóstoles”.
Este espíritu monástico y vivir en comunidad es una característica de los frailes mendicantes, hijos de San Agustín, y que se ha de conservar allí donde vivan. A punto estuvo León XIV de formar una comunidad de agustinos en el Palacio Apostólico del Vaticano, pero, según parece, eso no se logró, reduciéndose la comunidad a un par de curas y al nigeriano agustino vice/regente.
Por todo ello, me interesó el Discurso del Santo Padre, León XIV, a varias comunidades monásticas, pronunciado el lunes, 30 de marzo, en la Sala del Consistorio del Palacio vaticano. En ese discurso, dijo el Santo Padre:
“La vida monástica no puede entenderse como un simple aislamiento del mundo exterior. Es un instrumento para que en el corazón de los discípulos crezca un amor semejante al del Maestro, dispuesto a compartir y a ayudar, incluso entre monasterios. La vida monástica será así, cada vez más, en un mundo a menudo marcado por el repliegue sobre sí mismo y el individualismo, un modelo para todo el pueblo de Dios, recordando que ser misioneros, antes que hacer cosas, requiere una forma de ser y de vivir las relaciones”.