Cristo está presente ahora con una presencia mucho más viva.
“Cristo vive aquí, no con una presencia física, limitada a un pueblo de Palestina. Cristo vive ahora en cada cantón, en cada pueblo, en cada familia donde hay un corazón que haya puesto en Él su esperanza, donde hay un afligido que espera que pasará la hora de su dolor, donde hay un torturado, hasta en la cárcel está presente, en el corazón del que espera y ora. Cristo está presente ahora con una presencia mucho más viva que cuando peregrinó treinta y tres años entre nosotros.” (7 de mayo de 1979)
En esta cita, monseñor Romero nos recuerda que el Cristo resucitado está presente en diversas situaciones.Comentaremos cada una de ellas.
«Cristo vive ahora en cada cantón, en cada pueblo». En cada tormenta tropical o huracán, miles de familias, sobre todo de las «comunidades» (como se llaman las zonas marginales de El Salvador) y de los cantones de las zonas rurales, se ven afectadas directamente. Cada vez vemos al Cristo sufriente en esas familias que han perdido su hogar, sus pertenencias, su comida, que lo tienen todo mojado y están aisladas, y otras que están de luto por la pérdida de un ser querido. Y, a la vez, podemos sentir la fuerza de la esperanza del Resucitado en las acciones de solidaridad entre los vecinos de esas comunidades y cantones, en la entrega de los cuerpos de socorro para salvar vidas y en la solidaridad de quienes no se han visto tan duramente afectados. Lo vemos en todos los países. El cambio climático acelera esos fenómenos con consecuencias tan dolorosas.
«Cristo vive ahora en cada familia que ha puesto su esperanza en Él». La época de la pandemia nos hizo vivir tiempos de mucha desesperación y desesperanza.La pérdida de oportunidades de trabajo y de acceso a la alimentación necesaria ha sido muy grave. Miles de familias vivieron la desesperación de la enfermedad provocada por el coronavirus. Y aunque la situación se haya recuperado, se sigue temiendo por las consecuencias. La fuerza de seguir a Jesús nos lleva a confiar y tener esperanza en aquel crucificado que ha resucitado y que genera nuevas esperanzas contra toda desesperanza. Lo hemos experimentado también durante los años de represión y guerra, y también ahora.Desde esa esperanza, tratamos de comunicarnos por teléfono, por Facebook, con videollamadas e incluso con encuentros virtuales. Y nuestro objetivo es siempre animarnos, escucharnos, darnos esperanza y fortaleza.
«Cristo vive ahora donde hay un afligido que espera que pase la hora de su dolor». ¡En cuántas familias hay personas gravemente enfermas! ¿Cuántas familias viven hoy con aflicción por el desenlace de la enfermedad, por la pérdida de sus hogares en situaciones de fenómenos medioambientales, por el hambre? La aflicción es quizá lo más común en nuestros días. A pesar de esa profunda aflicción, muchos logran esperar «que pasará la hora de su dolor». Esa es la esperanza de Cristo. Si nos unimos en familia y en comunidad, esa esperanza puede fortalecerse. Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estaré, anunció Jesús.
«Cristo vive ahora donde hay un torturado; hasta en la cárcel está presente». Hace unos años volvimos a ser testigos de cómo el racismo de los blancos en EE. UU. había provocado la tortura y la muerte de una persona de piel negra. No era una excepción. Esas torturas y asesinatos se producen con más frecuencia de la que podemos imaginar. En muchos países (no solo latinoamericanos) las cárceles están sobrepobladas y muchos presos y presas viven una tortura constante. Monseñor dice que Cristo vive en la cárcel porque Jesús sufrió esa tortura y murió violentamente en la cruz.En medio de su desesperación, los presos pueden vislumbrar un rayo de esperanza si se atreven a confiar en Jesús. Pueden descubrir algo de esa luz cuando reciben algún trato humano por parte de los vigilantes o de sus compañeros de celda. En Flandes, se desarrolla una iniciativa de voluntarios que visitan con regularidad a personas en prisión con el objetivo de contribuir a que haya más humanidad en la vida de los presos. Su presencia, su solidaridad en la soledad, su capacidad de escucha y atención transmiten un mensaje claro: no te hemos olvidado, eres más que los errores (o crímenes) que has cometido, miremos hacia el futuro. Desde la fe, ahí Cristo está presente.
«Cristo vive ahora en el corazón del que espera y ora». La desesperación, ya sea periódica o constante, puede minar nuestra resistencia. La decepción que provoca el sufrimiento causado por enfermedades, por la avanzada edad, por acosos en el trabajo o en otros ambientes, por fracasos en las relaciones, por la pérdida de trabajo, por la miseria cuando el salario o la pensión no alcanzan, etc., puede debilitar nuestra capacidad de mirar hacia el mañana. Monseñor nos invita a orar y a esperar en Cristo. Al orar y esperar, podemos sentir su presencia incluso en la noche más oscura. Quizá necesitemos de los demás para poder orar y esperar, como los colaboradore / amigos de Moisés, que le ayudaron a sostener los brazos hacia arriba (Éx 17, 11-14). Nuestra esperanza en Cristo puede fortalecer nuestra capacidad humana para resistir y enfrentarnos a situaciones de crisis profundas. Nos necesitamos unos a otros. Desde nuestra fe, podemos ser los primeros en sostener los brazos de quienes se arriesgan a perder la esperanza.
Cita 11 del capítulo II (Jesús de Nazaret) en el libro El Evangelio de Mons. Romero.